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En la vasta y erudita producción de Borges, sólo existe un cuento romántico, y se titula Ulrica.

Lo primero es leer el libro, y saborear las delicadas perlas que lo componen:

Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o de furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad.

Me agrada Blake, pero esa frase tiene una connotación de profunda melancolía, una belleza que no existe en la línea original. Es una descripción que contiene toda la carga de un hombre que extraña un objeto perdido sin remedio. Como expresa Joaquín Sabina, no hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedio. En Ulrica estaban el oro y la suavidad.

Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos… Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera.

En el resto de los relatos de Borges se desborda un sutil terror intelectual. El miedo a lo desconocido, a lo incomensurable, a lo vagamente cercano pero profundamente ajeno. Una inquietud, una congoja apenas sugerida: los sueños, la locura, la muerte. Dios. Pero en Ulrica, tenemos el relato de un hombre y de un sueño.

Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaban muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba el tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.

Un deseo en lo profundo del alma, y un ejercicio de exorcismo destinado a fracasar.

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