Me ha gustado la última columna de Jiménez Ortiz en Milenio.

El argumento que los justifica sostiene que la copia se convierte en un nuevo original gracias al acto consciente de recontextualización efectuado tanto por parte del artista como del público.

Para el caso, es mejor distinguir entre el plagio y el fusil. El fusil ocupa la zona demarcada entre copiar y ser influido, entre la apropiación y la referencia. Mientras quien plagia pretende presentarse al público como un original, el fusilador sólo aspira a ser percibido como miembro de un grupo exclusivo. El fusilador no busca sobresalir, sino pertenecer.

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