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El acero de Aquiles

febrero 1, 2011

Esperaba ver la dorada armadura del hijo de Peleo, una brutal espada de bronce refulgiendo al sol. Suciedad y polvo en los soldados que cansados esperaban que los dioses finalmente alejaran esa terrible peste en que se había convertido una guerra de hacía ya diez años atrás. En el libro, los hombres de ambos reinos (es un decir) celebraban cada opción que los enviara finalmente a casa, y el poeta se concentraba en los recuerdos que el hogar y los pequeños hijos despertaban en cada guerrero. Los dioses, entre tanto, celebraban consejo, aplazando el triste final sólo por diversión y por reñir entre sí mismos. Bueno, eso es lo que esperaba. Lo que encontré, en cambio, fue una magnífica ambientación, opacada por licencias que no puedo omitir como lector: muertes prematuras, ausencia de las crueles deidades que juegan con el destino de los hombres, motivaciones equivocadas y acero, acero por todas partes.

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