Una de las cosas que me duelen de la modernidad es la pérdida del misterio en muchos de sus frentes.

Hace años, pude haber citado un pasaje oscuro de un poeta desconocido para  celebrar mi erudición fingida; podía desgranar una novela perdida, un epitafio recorrido entre sueños; era posible imaginar de nuevo una frase de un francés moribundo.

Hoy las frases crípticas de Umberto Eco aparecen en sitios anodinos, en sobremesas sin alma, en frases sin espíritu.

Nos quedará a nosotros una tarea inversa: desandar el laberinto de Ariadna, deshacer los cordeles y confundir los mapas, hay que reivindicar la oscuridad y el misterio, la duda, la esperanza.

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