Existen ciertos autores, los menos, que son capaces de cimbrar los pensamientos de un lector. Por regla general, se les encuentra en la adolescencia, esa época feliz en que se devoran libros sin discriminar la calidad, la época o la fama que precede un libro. Y de pronto, Bam!, un descubrimiento. Pasados los años, se refina el gusto. Y pasa uno a seleccionar con mayor cuidado, aunque un libro que esté a la mano difícilmente escapará a la lectura.

En mi caso, ese autor fundamental fue Milan Kundera. El libro es La insoportable levedad del ser. No entraré a debatir la calidad de esta novela porque la verdad ya se me ha desdibujado. Además, eso no es lo importante.

Antes de ese libro, habían pasado por mis manos los clásicos, antiguos y modernos. Kafka, Pérez Galdós, Neruda, Cervantes, Verne. Lecturas obligadas por deberes escolares y devoradas con gusto, pero sin entusiasmo. Y entonces, descubrí que existía la otra literatura.

La otra literatura es la literatura mágica. Y aquí no estoy hablando de García Márquez o Murakami (en alta estima el segundo, ahora que lo he leído por fin).  Estoy hablando del encanto que ejerce un texto sobre tu conciencia, el placer estético, indescriptible, de las imágenes que se graban en tu mente, del saborear una frase, quizá falsa, pero que se desliza como en sueños, que dibuja un paisaje, un sentimiento.

Lo intento, pero escapa a mi capacidad de explicación.

Hace más de diez años leí esa novela de Kundera. Y todavía hoy puedo evocar a la protagonista, con una paloma herida, tibia entre las manos.

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