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No me pregunten sobre la calidad artística de Arthur Conan Doyle, pues sé que muchos le consideran un fabricante de best sellers y nada más, y no soy yo quien reivindicará la grandeza de su pluma desde una perspectiva estética o formal.

Durante las horas muertas del último mes, he tenido a mano las Aventuras de Sherlock Holmes, el carismático personaje. He tomado y leído la obra una y otra vez, ya sea desde un relato suelto, hasta las tres novelas publicadas del detective: no hay una sola que desmerezca en interés, gracia, entretenimiento.

Las narraciones son frescas, los personajes son cercanos y familiares, las historias son ligeras y fascinantes al mismo tiempo. Hoy se venera la complejidad narrativa, para todo hay gustos, pero agradezco que los misterios del detective estén en manos de Arthur y no en las de Joyce, Cortázar o Murakami.

Las historias de Holmes son una bienvenida, un abrazo sincero, un aroma de lluvia en una calurosa tarde de primavera.

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