Un libro no abierto, una promesa de lectura.

Encontrar un libro entre sus pares, un ejemplar generalmente voluminoso, de presencia sólida, de páginas limpias.

La tipografía debe ser ejemplar. El espacio entre los párrafos, el vacío de los márgenes, la pulcritud de un dibujo formado por sus glifos.

Sin ilustraciones, por favor. Sin la fotografía del autor, sin ex-libris que presuman una genealogía de mercado.

La portada en colores sobrios, apagados. Una pintura al óleo, un dibujo al carboncillo y nada más.

Un inicio que arrebate, una zambullida con zapatos puestos. Un largo recorrido que canse y obligue a la pausa que no llega. Un final que colme de melancolía todos los miércoles del año. Los días que ya fueron, el porvenir.

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