Cuatro golpes bastaron para que Vulkor comprendiera que debía abandonar la ciudad. Dos de ellos le fueron dados por el mismo hombre, en dos ocasiones diferentes. Otro más fue accidental, pero no menos duro. El último, definitivo, le dejó una cicatriz que más tarde ocultó bajo la melena crecida y una barba descuidada. Este es el relato del golpe accidental, así como me fue contado por el propio Vulkor, aunque los videos que más tarde pude revisar le dieron una vuelta al asunto.

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