Quieren dejar todo el dolor a los otros.
A los pobres, a los ancianos, a los marginados.
Ellos son jóvenes en autos relucientes,
en esas calles de curvas que ni siquiera son necesarias.
La velocidad les acucia en las sienes,
van escapando de la pesadilla que les muestra
la imagen que negaron a Siddartha.

En la velocidad la verdad se desdibuja
Solo queda su propia juventud,
sus brazos fuertes en un volante tapizado de cuero
La máquina vibra,
y en esa vibración está el sexo que una mujer no puede darles,
porque las adolescentes son tan delgadas
que chocan caderas contra hueso.

La voz recargada de pastillas ríe desaforada
y  asusta a los pobres niños que se han colgado de oro y plata:
artefactos de silicio más caros que una semana.

Se quedan inconscientes sin saber de los muelles que arden,
ni saben de fronteras que acribillan a los niños que pasan

En sus sueños se revuelven los toros,
sin sangre y a pesar de ello repletos de sangre.
Sus puños, ojos cerrados aún sienten el temblor
del auto cuando acelera
y las curvas hacen que bajo sus pies rechinen las ruedas y el cromo.

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