Hoy ha sido un día difícil en la oficina. Mi jefe estuvo todo el día detrás de mí para que terminara los reportes de cierre de mes. La jornada parecía no acabar jamás y el tiempo se escurría lentamente, como gotero que va marcando el compás de una muerte que, aunque cierta, se va apareciendo de a poquito. Al llegar a casa me recuesto en el viejo sillón de la sala y enciendo el televisor casi por inercia. Comienzo a navegar entre programas y anuncios sin que algo atrape mi atención. Un ligero temblor emerge de mi estómago y comienza a crecer con fuerza. Recuerdo que no he probado alimento desde las dos de la tarde y me levanto con desgano para preparar cualquier cosa. Abro el refrigerador y ante mí aparece una solitaria cebolla que, ante tan desolador escenario, seguramente ha considerado el suicidio desde hace días. Esto de estar atrapado entre informes me ha hecho olvidar los asuntos básicos de supervivencia. Me dirijo hacia la entrada de mi departamento, me pongo de nueva cuenta el saco y tomo mi cartera y las llaves. Un profundo bostezo amenaza con boicotear esta emocionante travesía en busca de alimento, pero el hambre es más fuerte y más cabrona.

Ya en la calle me llevo la primera decepción, pues la tienda más cercana está cerrada. Recuerdo que a unas cinco calles está el supermercado ese, medio mamón, que abre las 24 horas y, resignado, me dirijo hacia allá. En mi trayecto, voy cantando en mi mente una de esas canciones de moda que suenan en la radio y de la cual sólo recuerdo el estribillo. Últimamente hasta he perdido el buen gusto musical y pongo cualquier cosa que me distraiga.

Llego al supermercado y tomo uno de sus carritos sofisticados. Apenas entro y recuerdo por qué odio este lugar, con sus productos orgánicos y sus vinos caros y sus quesos de nombres impronunciables. Me dirijo directamente al área de salchichonería para comprar un poco de jamón de cerdo. Nada de pechuguitas de pavo o de productos de soya, o de cualquier cosa que no suene a animal muerto. Al llegar al departamento correspondiente, descubro con tristeza que la fila es larga, a pesar de la hora y aguardo con desgano. Busco nuevamente aquella melodía pegajosa de hace rato, pero mi mente está demasiado agotada como para recordarla. Observo el piso laminado del lugar, que comienza a mostrar algunas grietas pequeñas. Me parece demasiado para este lugar pretencioso ¿Qué opinarían los clientes si fijaran un poco su mirada en el suelo? Sigo con los ojos la secuencia de separaciones y de pronto detengo el avance. Acabo de descubrir, a unos cinco lugares de mí en la fila, un par de tobillos desnudos, enfundados en esos zapatos de tacón que desafiarían cualquier dictamen estructural. Comienzo a elevar la trayectoria de mi cabeza y descubro un par de piernas espectaculares. La exploración me conduce ahora hacia un vestido gris claro que se ciñe perfecto a un cuerpo voluptuoso que desentona con el lugar. En ella no hay nada de «light» ni de «gluten free«. El cuerpo de esta diosa es vasto y dibuja una topografía digna de exploración. Avanzo el último tramo en mi viaje ocular y descubro un rostro simétrico y facciones delicadas que acompañan a ese par de ojos azules que le dan sentido a este cuadro.

Me he quedado observándola por tanto tiempo que ya no recuerdo si era mi turno para avanzar en la fila. Rápidamente un dedo amenazante toca mi espalda y me avisa que debo moverme. Dirijo nuevamente la mirada hacia mi objetivo buscando saber si lo que he visto es real y en mi camino descubro, divertido, las reacciones de todos los hombres del lugar. Algunos se fijan discretamente en la muchacha, temerosos de ser descubiertos por la mirada fulminante de sus esposas, mientas que otros abiertamente le dirigen expresiones lascivas. Mis ojos llegan nuevamente a ella, que mantiene una ligera sonrisa en su rostro y la mirada rígida, puesta al frente. Es como si se percatara perfectamente de lo ocurrido y se negara a concederle a estos caballeros el placer de hacerles ver interés alguno. Al mismo tiempo, observa y desmenuza los objetos que yacen en su carrito, como si quisiera comunicarle al mundo que sus únicas preocupaciones en este instante son contar los productos que lleva y hacer un repaso mental de la lista de pendientes. La fila avanza nuevamente y ahora es el turno de la chica para hacer su pedido. Posa su mirada en el dependiente solo los segundos necesarios para indicarle lo que llevará y luego baja la mirada. El empleado escucha hipnotizado el pedido y aguarda unos instantes más, en espera de un poco de su atención. Ninguna respuesta de parte de la mujer. El hombre se da la vuelta, resignado, toma un paquete que acomoda en una maquina y comienza a rebanar. Fijo mi atención nuevamente en la mujer, que sigue con la mirada abajo, distraída, y casi podría afirmar que sus pezones se acaban de endurecer un poco mientras mastica lentamente la escena. Percibo cómo se acelera un poco su respiración. Puedo jurar que tiene un millón de ojos que le permiten ver esta danza de machos alrededor suyo. No puedo dejar de sentirme irremediablemente atraído hacia esta fémina de poderes sobrehumanos. El empleado interrumpe nuevamente la escena y le entrega un paquete a nuestra diosa. -¿Algo más, señorita?- le pregunta esperanzado. -Nada, muchas gracias- responde la chica mientras en pago le deja un ligero arqueo de los labios, que bien podría interpretarse como una sonrisa tímida. La veo alejarse, caminar derecho hasta perderse en los pasillos. Aguardo impaciente mi turno, hasta que cinco minutos después puedo continuar mi camino. Tal vez si busco una mayonesa tendré una última oportunidad.

Avanzo rápidamente, mientras esquivo a personas distraídas que observan con rigor excesivo los productos y a los audaces conductores que se atraviesan sin avisar. Llego al área de mayonesas y doy una rápida inspección. Nada de la chica voluptuosa a la redonda. Suspiro decepcionado y me dirijo al estante. De pronto, una fuerza extraña me hace girar a la derecha y ahí la veo dar vuelta y entrar a este pasillo nuestro, a éste que puede ser el territorio común que necesitamos para comenzar a escribir una historia. Nos separan unos 50 pasos. Giro el carrito en dirección a este venturoso destino que me aguarda a la distancia, enfundado en un trozo de tela gris que, tarde o temprano, tendrá que caer para abrirme ante sí ese territorio virgen que anhela ser conquistado. Avanzo hasta quedar a un metro de distancia y finjo elegir la misma marca de pan que la del paquete que ella ahora observa, en búsqueda de una fecha de caducidad. Volteo rápido a verla, en un intento por que se percate de mí, que se dé cuenta que ahora es el foco de mis miradas. Ninguna respuesta. Sólo esa sonrisa permanente que anuncia que no habrá capitulación alguna en esa misión suya de ser inalcanzable. Desesperado, intento aproximarme un poco más para derrotar a esta distancia que es cada vez más insoportable. Permanece inmóvil, mientras acaricia aquel paquete que parece no darle la respuesta que busca. Sólo quedan unos cuantos centímetros para alcanzarla. Debo ser cuidadoso con mi avance. Aproximo mi mano al pan más cercano a ella y, justo cuando estoy por alcanzarlo, su cuerpo se desplaza en dirección contraria. Arroja el suyo al  carrito y sigue su marcha.

¡Estuve tan cerca!

Me quedo inmóvil unos minutos, repasando la escena. Tomo aire y decido ir por un poco de queso y emprender mi camino a casa. Me resulta imposible asimilar tanta cercanía y distancia con aquella mujer. Cinco minutos después estoy en la fila para pagar, que al igual que las otras 15 dispuestas a ambos lados de la mía, luce totalmente llena. Repaso lo ocurrido y me río un poco al descubrir lo patético de mi persecución. Lanzo miradas aleatorias a las otras filas para verla por última vez, pero no hay suerte. Hago un último intento y encuentro, como a 20 metros de distancia, a la mujer voluptuosa esperando turno. Desmenuzo su cuerpo, su cabello crespo, su sonrisa fingida, su respiración que sigue agitada. Decido dedicar los últimos segundos a esa mirada distante y me encuentro con que sus ojos miran los míos, al fin, durante unos instantes. El corazón se me desboca y golpea fuerte mi pecho. Me falta la respiración. No puedo dejar de verla y, por una breve eternidad, parezco encontrar refugio en ese océano de su mirada. Un instante más tarde, deja caer los párpados y comienza a abrir su cartera. Nunca más volverá a fijarse en mi rostro. O al menos eso pienso ahora. Una agridulce sensación me invade. Obtuve una pequeña victoria, pero en mi cabeza no deja de sonar aquella vieja canción «Mujer que no tendré» de Pedro Guerra.

Sigo mi camino y le entrego al cajero un billete medio doblado que emerge de mi cartera. Tomo la bolsa con mis cosas y me apresuro hacia la salida. No puedo evitar pensar una y otra vez en esos ojos que han encontrado a los míos hace unos minutos. Comienzo a construir, a partir de esa mirada, los más irreales e hilarantes escenarios: imagino a esta mujer recostada en mi pecho mientras me cuenta de su vida, imagino sus pechos tibios danzando al ritmo de nuestros más desenfrenados impulsos, imagino sus labios húmedos aterrizando en mi boca mientras declaran golpe de Estado a mi mente. Las posibilidades son infinitas y me conducen a una realidad tan distante a la mía que ni siquiera reparo en el hecho de que acabo de abandonar la banqueta y he avanzado media calle. Me mantengo sumergido en mis ensoñaciones hasta que siento un golpe seco y el crujir de algunos de mis huesos. El tiempo se ha vuelto irremediablemente lento y puedo percibir una de esas camionetas enormes que acelera e invade cada centímetro de mi espacio vital. Tras el volante puedo ver de nueva cuenta esa sonrisa perfecta esculpida en piedra, mientras sus ojos azules observan en el celular una conversación que seguramente es muy divertida porque no le permite mirar al frente a tiempo, ni quitar la sonrisa. Mientras el vehículo se va deteniendo ligeramente al contacto con mi cuerpo, floto en dirección contraria y alcanzo a percibir su mirada, inundada de pánico, y acompañada siempre por esa sonrisa infinita. Aterrizo unos metros más adelante y a mi caída la acompaña un nuevo crujir de huesos, mientras mi cabeza interpreta un remate doble sobre el piso. Miro a la distancia cómo la mujer baja del vehículo y luego todo se vuelve difuso. Un poco de ruido blanco invade mi oído y después un silbido que me enloquece. Aparece por última vez el recuerdo de su mirada abrazando la mía… y luego, nada.