Hoy ha sido un día difícil en la oficina. Mi jefe estuvo todo el día detrás de mí para que terminara los reportes de cierre de mes. Tal parece que el hecho de que yo sea mujer le incomoda, porque suele pedirme antes que a nadie las entregas. No importa, ya estoy acostumbrada. Por eso siempre programo desde antes los avances que reportaré y así cumplo sin desgastarme demasiado. Al llegar a casa observo al sillón de la sala que me invita en forma seductora para que lo invada, pero no me puedo dar ese lujo ahorita. Son casi las nueve. Ariel, mi esposo, está por llegar a casa y seguramente vendrá hambriento. Cuando no cena al llegar de la oficina se pone de un humor terrible y, sinceramente, no quiero dificultades en este momento. Me quito la ropa de oficina casi en automático y olvido ponerme la pijama, porque sólo puedo pensar en lo que prepararé para cenar. Abro el refrigerador y aunque siempre está lleno, he olvidado comprar su jamón favorito y seguro que me pedirá que le prepare su sándwich especial. En ese instante recuerdo que hay un supermercado, no muy lejos, que abre hasta tarde. Podría ponerme unos jeans y una playera para salir cómoda pero esa voz interna que siempre me escolta, y que suena demasiado a mi mamá, me dice que una mujer debe cuidar siempre su imagen y que sería terrible ir vestida así. Me dirijo rápidamente hacia el armario y veo aquel vestido gris que me regaló Ariel hace un mes. –No es la ocasión ideal para estrenarlo, pero es fácil de poner- pienso mientras, simultáneamente, lo deslizo por mi cuerpo. Estoy lista. Me dirijo hacia la entrada de mi departamento y tomo mi bolsa y las llaves de la camioneta. Aunque siento que mi cuerpo se podría desmoronar en cualquier momento por este cansancio tan profundo que siento, una fuerza dentro de mí emerge y me lleva, casi por inercia, al vehículo.

Mientras conduzco voy pensando en lo mucho que disfrutaría con hacer una pausa en mi vida. Un par de días en los que no tuviera que hacer nada para nadie. Dos días en los que ni siquiera me acuerde de mi nombre. Me acabo de percatar que, mientras lo pienso, aparece de nueva cuenta esa estúpida sonrisa falsa que pongo cuando me siento estresada. Cada vez que lo hago recuerdo perfectamente a mis padres diciéndome que, ante la adversidad, lo mejor que puede hacer una mujer es sonreír, porque si una sonríe, conquista al mundo y los problemas desaparecen. Sonaba tan fácil cuando era niña, aunque muy pronto me di cuenta que eso en nada cura al alma.

Ya en la tienda me dirijo directamente al área de salchichonería para comprar el jamón de Ariel. Conforme avanzo siento que cada vez hay más miradas sobre mí ¿Será que este vestido es horrible? O tal vez olvidé retocar mi maquillaje en el camino. Muy pronto me doy cuenta que en realidad las miradas son casi todas masculinas. Comienza a crecer una sensación angustiante en mi estómago. No me gusta ser el foco de atención. Procuro cuidar mi cuerpo, pero eso no le da derecho a nadie de observarme así. Tomo algunas cosas de los estantes, más por escapar de las miradas que por necesitarlas. Apresuro el paso y llego a la fila, que es un poco larga, para pedir el jamón y salir huyendo. Tal vez si no hago contacto visual con ninguno de estos hombres terminarán por perder el interés y voltearán a otro lado.

Ahí está nuevamente la sonrisita estúpida, intentando salvar la situación. A veces quisiera tener un poder mágico y que esta mueca me hiciera invisible. Suena el mensajero de mi celular. Seguramente es mi marido, que está enojado porque no me vio en casa.

-¿Dónde estás?

En el super, amor, comprando tu jamón

para prepararte una deliciosa cena

 

Pero por qué carajos no tomaste previsiones

y lo compraste antes ¡Muero de hambre!

 

Lo siento, seré más cuidadosa con eso. Ya casi me toca pedir

y en 15 minutos máximo estoy en casa.

 

Ya ni traigas nada, ahorita veo

que compro para cenar

 

No amor, te juro que en

15 minutos estoy de regreso

 

Mmmjh…

 

Guardo el celular y me doy cuenta que sólo falta una persona por atender antes de mí. Suspiro involuntariamente y ahí, de nueva cuenta, como carcelero, como marca tatuada a mi rostro, está la sonrisa que me persigue y me atormente con su falsa tranquilidad. Ahora que lo pienso, hace mucho que no me recuerdo sin ella. Supongo que una se acostumbra a vivir estresada todo el tiempo y la sonrisa es una especie de pararrayos, de campo de protección que me protege hasta de mí misma. No he terminado de pensar esto cuando el dependiente me pregunta por mi pedido. También tiene una sonrisita estúpida, pero supongo que, en su caso, es más bien una muestra de que el amigo bajo sus pantalones está de lo más divertido mientras él me observa. Hago el contacto visual necesario para pedirle el jamón de Ariel y giro la vista al carrito. Me acabo de percatar que tomé un salero y una toalla de manos. Una carcajada, ahora sí sincera aunque irónica, resuena en mi cabeza ¡Pero en qué estabas pensando, Michelle! me digo reprendiéndome, aunque en el fondo la voz suena nuevamente a mi mamá. Acabo de recordar que, ya que estoy en el departamento de salchichonería, podría pedir ese salami que me gustó la otra vez. Suena el mensajero de mi celular de nueva cuenta. Observo la pantalla y veo 15 mensajes de Ariel. Siento un vacío profundo en el abdomen y una sensación de calor que se expande por mi cuerpo.

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¡Carajo, respóndeme!

Ignoro el celular y volteo a ver al dependiente, que viene con mi pedido -¿Algo más, señorita?-, –Nada, gracias-, contesto y salgo de ahí hacia ninguna parte. Siento la cabeza aturdida y un miedo que está a punto de paralizarme. Se me dificulta respirar y cierro los ojos para concentrarme. Inhalo fuerte y sostengo el aire. Suelto lentamente y vuelvo a sentir mi cuerpo. No puedo llegar ahorita a casa y lidiar con la ira de Ariel y menos con la mía. En este momento sería capaz de inundarlo de insultos e incluso de irme de casa. Por alguna razón, siempre que llego a ese punto un miedo me detiene y comienzo a pensar en escenarios catastróficos. Sentir ese miedo me hace enojarme nuevamente y de ahí al estrés y de nuevo a la sonrisa absurda y falaz.

Cambio de pasillo y tomo, casi en automático, un pan que veo en el estante más cercano. No puedo vivir así toda mi vida. Intento buscar respuestas en mi mente, pero los pensamientos fluyen demasiado rápido y se contraponen unos con otros. Entre la maraña de ideas, emerge una imagen algo vieja. Un recuerdo que pensaba que había perdido. Estoy sentada en la cochera, tocando la guitarra, mientras garabateo cosas en una libreta. Seguramente no tendría más de 13 años, pero ya soñaba con escribir canciones y viajar por el mundo para descubrir nuevos sonidos. Esa imagen al fin ha logrado tranquilizarme ¿en qué momento se escurrieron esos sueños?

Me percato que, mientras paseo por ese maravilloso país de los recuerdos y los planes inacabados, le he estado dando vueltas al mismo empaque de pan. Volteo ligeramente a mi derecha y veo que un tipo está demasiado cerca de mí. He perdido rápidamente esta ausencia de angustia y vuelvo a esa interminable danza que arquea mis labios y me hace sonreír de manera forzada. No sé si moverme o dejar que tome un paquete y se vaya. Aproxima su mano a la mía y una fuerza dentro de mí hace que tire mi paquete al carrito y salga rápidamente hacia la caja.

Busco la fila más corta. Me asomo de nueva cuenta hacia el celular y veo que la cuenta de mensajes subió a 30. Se me nubla la vista un poco y siento otra vez el nudo en el estómago. Volteo a mi alrededor para distraerme y veo a lo lejos al tipo del pan. Me está mirando. Bajo la cabeza. Volteo de nueva cuenta pero él ya no me mira. Quizás se sintió intimidado y descubierto al ver que lo observaba. En el fondo me parece que no me miraba con tanto morbo como los demás, pero no puedo confiarme de nadie. Afortunadamente está en una fila muy lejana. Pago mis cosas y apresuro el paso hacia la camioneta. La enciendo y no puedo evitar ver nuevamente el mensajero. Mientras avanzo lentamente me doy cuenta que son ahora 45 mensajes, y el último de ellos dice que ni se me ocurra engañarlo con alguien o me mata. El enojo emerge volcánicamente de mí, desbocado. No pienso soportar más humillaciones ni insultos, ni desconfianza, ni nada. Es tanta la rabia que se apodera de mi cuerpo que acelero sin darme cuenta. Acabo de notar, sin embargo, que ahí está de nueva cuenta la sonrisa, constante, inquebrantable, diciéndome que no podré escaparme de ella, que el miedo volverá a dar golpe de Estado y que nada en el fondo cambiará.

Siento un golpe seco y levanto la cabeza. Veo un proyectil humano alejarse y caer. Me bajo de la camioneta en automático y reconozco el rostro de aquel tipo que me observaba hace unos minutos. De pronto, un océano se me desborda de los ojos y va purificando mi cuerpo conforme lo recorre, en dirección al sur. Este torrente glorioso ha sido capaz de derrotar a la sonrisa y asesinarla de una vez por todas. No sé qué pasará a partir de ahora pero, de pronto, me siento muy ligera. Seco mis lágrimas, hasta donde el caudal me lo permite, suspiro muy fuerte… y luego, todo.

 

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