Abro los ojos súbitamente y me descubro con las rodillas aproximándose a mi cara, y los brazos envolviendo mis piernas, mientras una punzada bajo el ombligo me exige abandonar este territorio de los sueños en el que estaba hace apenas unos segundos.

Toda mi concentración está puesta en este latido punzante que busco pulverizar apretando duro el abdomen y las piernas. En este estado aletargado y doliente en el que me encuentro por ahora no puedo completar un solo pensamiento.

De un instante a otro, el dolor se ha convertido en una urgencia, en una prisa que me levanta de la cama mientras voy golpeando cosas, y me deposita en el inodoro. Todos mis pecados son arrastrados al sur de mi cuerpo en un caudal que parece interminable y que al mismo tiempo me libera un poco -¡Lo que me faltaba, tener diarrea justo ahora!- pienso mientras descubro en el primer trozo de papel un poco de esa habitual sangre que anticipa unos días infernales. -¡Mierda, ahí vamos de nuevo!- murmuro ya enojada, al tiempo que descubro que aquella punzada sigue intacta y constante en mi abdomen.

Termino la limpieza de rigor y busco rápidamente aquel grial que recién compré, guiada por las insistentes recomendaciones de mis amigas. -Verás que es lo más cómodo del mundo, ni se siente y además hasta ecológica es- me dijeron una y otra vez, hasta que decidí hacerles caso. Lo introduzco lentamente y subo mi ropa interior. Aún tengo sueño y ni siquiera sé qué hora es.

Camino hacia la habitación y siento como la punzada se sincroniza con mis pasos y cómo el dolor me recorre de punta a punta. Llego a la cama y observo el despertador. Son las 4 y media y aún podría dormir un par de horas más antes de tener que levantarme para ir a trabajar. Me meto rápido bajo las sábanas, pero conforme lo hago voy sintiendo como soy vulnerada por esos hilos que en este instante parecen cuchillos, o peor aún, agujas que danzan vigorosas sobre mi cuerpo. No soporto ni siquiera mi piel y quisiera arrancarla de un sólo tirón.

Más tarde llamaré para reportarme enferma, sin duda. No puedo soportar ni mis ideas. Total, en la oficina pueden sobrevivir sin mí un día. Aunque, pensándolo bien, hoy tenía que entregar ese reporte de resultados a mi jefe para que lo pudiera estudiar para la reunión de pasado mañana ¿Y si no entiende los puntos a resaltar? Creo que no puedo darme el lujo de ausentarme hoy. Tengo que dormir un poco más entonces, para poder estar fresca.

Apenas cierro los ojos y siento como ese flujo de plasma, glóbulos blancos, rojos y plaquetas avanza desbocado e intenta huir de mi cuerpo, llevándose consigo lo poco que me queda de fuerza. Siento también cómo, a su paso, el caudal va llevándose cachitos de mí, como si me fuera desmoronando por dentro en forma silenciosa y lenta.

Me coloco en la orilla de la cama y enciendo mi celular ¿Cómo se llamaba aquella página de consulta de medicamentos? ¡Ah, claro, Vademecum! Reviso minuciosamente las opciones y sigo sintiendo los embates cada vez más potentes del dolor en mi vientre. Es un poco como si yo fuera en este momento dos seres habitando el mismo espacio: ese cuerpo doliente que yace vencido y sin esperanza, y esta mente veloz que busca desesperada una pócima que logre redimir mi sufrimiento ¡Ya está! Este medicamento tiene paracetamol, cafeína y pirilamina. Creo que lo tengo en la cocina. Con eso será suficiente para transitar este martirio.

Tomo la pastilla con un poco de agua y me recuesto nuevamente, navegando aún entre el dolor. Me concentro un poco en mis punzadas, con la esperanza de que disminuyan su cadencia pronto. Es curioso porque, mientras voy contándolas, siento como si el torrente me estuviera limpiando también. Como si cada golpe seco que llega a mis ovarios los liberara de a poquito. Además que el dolor me va haciendo consciente de mis órganos, aunque suene extraño. Los puedo sentir ahí, vibrantes, palpitando al compás de esta aparente tortura. Comienzo a pensar que incluso es una señal inequívoca de que estoy viva, de que soy un ser fecundo, pero no porque pueda tener hijos, sino porque en mí habita esa posibilidad de destruirme y resurgir de mis cenizas en forma cíclica. Viéndolo bien, ya no me siento tan adolorida. De hecho, he dejado de sentir mi cuerpo desde hace rato. Incluso mis ideas son más pausadas y distantes.

Abro los ojos súbitamente y me descubro con las rodillas aproximándose a mi cara, y los brazos envolviendo mis piernas, mientras un océano de calma y silencio me rodean. Soy consciente otra vez de mi dolor, pero ahora, por alguna razón, sé que se irá extinguiendo inexorablemente hasta que nos volvamos a encontrar, la próxima ocasión. suena el despertador y me dirijo al baño, con la ilusión de que la ducha termine de purificar mi cuerpo.