PRIMER ACTO

El aliento tibio y luminoso del sol se desliza lentamente sobre la mesa de la cocina. La quietud, que no parecía tener fin hace un instante, se ve interrumpida por las tímidas notas que interpreta un pájaro desde el durazno que habita en el patio contiguo. De pronto, el andar histérico de los autos, allende las fronteras de la casa, se suma impetuoso a esta incipiente melodía de la mañana. Esteban entra a la cocina intentando no hacer mucho ruido. Lleva una playera ajustada por la que se asoma parcialmente su prominente panza. Su andar errático deja claro que aún no ha abandonado el estado de somnolencia. Detiene su paso y voltea a ver el reloj digital que está sobre la barra. Son las seis cuarenta. En su rostro se dibuja una mueca de desgano. Vierte un poco de agua sobre la cafetera y acomoda en ella un filtro nuevo. Toma la bolsa de café e introduce una cuchara tres veces. En el camino que las lleva a su destino final aparecen cientos de tránsfugas partículas que aterrizan sobre la barra. El hombre las reúne en la palma de su mano y las deposita en el fregadero. Pulsa el botón rojo que anuncia la próxima ebullición. Gira su cuerpo hacia la izquierda y abre la puerta frente a él. Observa detenidamente durante cinco minutos las diferentes cajas y latas acomodadas por tamaño. No parece encontrar alguna que satisfaga los deseos de esa barriga que ha comenzado a vociferar. Aguarda inmóvil otros dos minutos hasta que nota el vaho que ha comenzado a emitir su cafetera. Abre ahora la puerta que esta debajo de él y saca una taza. Se aproxima al artefacto y vierte profusamente el vital líquido marrón. Aproxima la taza a su boca y un estruendoso sorbido rompe nuevamente esta ausencia de sonido que había reconquistado el lugar. Conforme el brebaje recorre su garganta va sintiendo cómo cada centímetro de su cuerpo cobra vida. Es capaz de sentir ahora sí el olor amargo que emana de la taza. También acaba de darse cuenta que el sol invade ya toda la mesa. Siente un piquete en su mandíbula, probablemente producto de una barba de dos días que se asoma y lo ataca con fuerza. El cansancio primigenio va cediendo terreno. Camina hacia el refrigerador y saca un bote de leche, un trozo de melón y dos huevos. Luego de veinticinco minutos ha logrado acomodar en la mesa un plato con huevos revueltos, otro con melón partido en cuadros de gran tamaño y uno más con cereal con leche. Ha terminado su primera taza de café y se siente vigoroso. Repite la dosis de esa pócima maravillosa y se acomoda en la mesa. Se siente extasiado de pensar en la comilona que le aguarda. Suspira profundo y comienza por el huevo, que parece enfriarse rápidamente. Con su masticar extrovertido se va formando una nueva melodía que lo acompaña.

SEGUNDO ACTO

Ángela entra con prisa a la cocina. El golpeteo constante de sus tacones derrota de nueva cuenta al silencio. A su paso va dejando una estela frutal que invade la habitación. Luce impecable con su cabello rubio ligeramente húmedo, anudado en media cola con un discreto broche. Lleva puesto un pantalón negro de algodón y una blusa color azul rey. Camina con soltura, segura de dominar el espacio que va recorriendo hacia la cafetera. Tras su paso, se encuentra con la mesa y aquel troglodita que devora hipnotizado sus alimentos. Le dedica una mirada de desprecio y un poco de asco. Esteban levanta la cabeza y le devuelve, con los ojos, una profunda indiferencia durante un par de segundos, antes de regresar a su tarea. Ángela sirve un poco de café y lo deja en la barra. Voltea a ver la estufa y al no ver nada ahí, voltea nuevamente hacia su compañero de habitación y, aunque no emite sonido alguno, sus ojos parecieran escupir palabras, parecieran decir: ¡Hijo de tu puta madre, ni siquiera hoy pudiste prepararme el desayuno! Enciende la radio y se dirige hacia el refrigerador. Aparece una melodiosa voz femenina que llama la atención de ambos: Las mañanas que no escuchan su silencio y los días que parecen nunca terminar, la ciudad que duerme en mi cama y yo, intentando soñar. Ángela saca algunos insumos y los deposita al lado de la estufa. Sus movimientos son rápidos y precisos y en un par de minutos ha preparado un sandwich de queso panela, jamón de pavo, germen de trigo y rodajas de pepino y jitomate; un licuado preparado con fresas naturales y un plato de papaya con yogurth griego y miel. Mientras lo hace, su cara adquiere un semblante de hartazgo que acompaña con movimientos de su cabeza al compás de la canción. Mira al vacío como si intentase escapar de sí misma. Se sienta en la barra a comer, pero mientras lo hace, escucha como van creciendo, en decibeles, los sonidos que provienen de aquella mesa. Una cuchara que choca contra el plato con cereal, las mandíbulas de Esteban machacando el alimento, un tosido fuerte que se le ha escapado mientras engulle lo que queda de huevo, los dedos de aquel hombre rascándose la cabeza. Comienza a sentir una profunda asfixia, como si este tipo expandiera el volumen de su cuerpo con cada bocado hasta multiplicarse por un millón y dejarla a ella con apenas el oxígeno necesario para subsistir. Comienza a aspirar y a comer más rápido hasta terminar. Se dirige al fregadero y lava todos los artefactos que ha usado. Los deja perfectamente acomodados a un costado. Seca sus manos y se dirige hacia la sala. Regresa con una maleta grande que desplaza fácilmente hacia la puerta que conduce al patio, y de ahí, a la salida. Se detiene y mete su mano en el bolsillo. Saca un juego de llaves y lo deposita en la mesita que está junto a la puerta. Voltea a ver una vez más a Esteban y le dedica una última mirada de rencor. Del otro lado, ninguna respuesta. Ni siquiera atención alguna en lo que ella está haciendo. Abre la puerta y sale caminando despacio. Afuera se encuentra con el concierto de sonidos de la cotidianidad, que interpreta acordes profusos y exaltados. Una desconcertante angustia se aloja en su estómago. Intenta caminar sin éxito. Una tormenta se le desborda por los ojos durante algunos minutos. Retira los restos de humedad de su cara y decide, finalmente, partir.

TERCER ACTO

Esteban sigue absorto, mientras come. Toda la escena que ha montado Ángela ha sido como un zumbido lejano que apenas alcanza a percibir. Mientras la mujer preparaba su desayuno, ha sacado su teléfono para activar una aplicación que permite reconocer una canción mientras suena. Le ha fascinado aquella voz melancólica y derrotada que apareció en la radio. Su aparato le indica que ha reconocido la canción y, luego de darle un vistazo, bloquea su celular y lo acomoda a un costado suyo. Una vez que ha escuchado a la mujer cerrar el portón de la entrada, activa el dispositivo y reproduce la melodía nuevamente. Sólo le queda el plato de melón, cuyos trozos engulle masticando poco y lento. La euforia que sintió al sentarse a la mesa, cuando terminó de preparar el desayuno, se ha esfumado. Siente una pesadez indescriptible en su cabeza. Está exhausto de sentir. Experimenta un conato de enojo que se desvanece muy pronto. No le queda ánimo ni siquiera para eso. La canción se aproxima al final: Las bocinas que no tienen paciencia, los motores que no dejan de andar, mis oídos sangran lágrimas en silencio y mi mente nunca para de gritar, please make silence, make silence. Engulle el último bocado y siente cómo se atora en su garganta. Tose profusamente sin conseguir que se mueva aquel bocado. El aire se le acaba rápido y, al mismo tiempo que piensa en hacer algo, un letargo lo invade. No le queda fuerza para emprender esta última batalla. Su campo visual se va oscureciendo y cae al suelo. Algunos pocos movimientos aún se asoman por su cuerpo, hasta  extinguirse. El mundo entero se ha detenido a observarlo sin emitir sonido alguno. Esteban yace tranquilo y silencioso.

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