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En la esquina que une la calle Prados con la Avenida Central se ubica el muy conocido jardín de la duermevela. A unos cinco metros sobre la entrada principal yace, custodiada por un par de árboles viejos, una banca color ocre que aguarda…

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Justo frente al jardín de la duermevela se encuentra un edificio de 10 pisos. Con la retirada del sol, se puede observar a un tipo que sale de ahí. Se le nota apesadumbrado. Se detiene por un instante antes de cruzar la calle. Ve pasar un auto y continúa su andar. Se sienta en la banca, con la mirada distraída.

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Al lado derecho del parque se ve, como a diez metros de distancia, a una muchacha que sonríe y baila. La llegada de la noche no parece ahuyentar su júbilo. Mueve sus manos en todas direcciones y platica con el viento. Voltea en dirección al jardín y se dirige hacia allá. Elige la banca color ocre como asiento y se dedica a contemplar todo lo que le rodea, minuciosamente.

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Andrés salió de su oficina un poco atribulado. Caminó un par de metros hasta llegar al límite con la calle, mientras miraba al piso. Intentó cruzar pero una fuerza extraña lo detuvo. Subió la mirada para descubrir un vehículo que, a gran velocidad, acababa de pasar apenas a unos milímetros de su cuerpo. Suspiró fastidiado. Volteó a su derecha y observó aquel jardín vació de enfrente. Notó entre los árboles la banca solitaria y decidió que ahí se sentaría un rato. Cruzó a la otra acera, esta vez con sumo cuidado, y arribó al lugar previsto. El mundo le pesaba más que nunca.

Había sido un día soleado y maravilloso. La noche había llegado mientras caminaba y Sara tenía una sensación extraña en la boca del estómago, como un cúmulo de excitación que pronto se le desbordaría hasta abandonar su cuerpo y cubrir todo lo demás. Se detuvo un instante a contemplar la avenida y no pudo dejar de notar el bello jardín que estaba al otro lado de la calle. Decidió dirigirse hacia allá y quedarse un rato. Al llegar al lugar, notó aquel asiento custodiado por un par de castaños. Aterrizó en la banca y miró a su alrededor. Todo en este momento era absolutamente perfecto.

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Aquel hombre enfundado en su traje gris caminaba con desgano rumbo a la salida de aquel calabozo autoelegido, que sus compañeros llamaban oficina. Tendría unos 40 años pero el semblante cansado bien le podría añadir cinco años más. Miró la puerta de salida y la sola idea de abrirla le generó un efecto mezclado entre la pereza y el temor. Abandonó el lugar y mantuvo el andar pausado hasta que se detuvo, al filo de la banqueta. La muchacha bailoteaba y se reía sola mientras los caminantes parecían ignorarla. Desmenuzaba a las personas y sus gestos para adivinar sus estados de ánimo. Encontró muchas caras largas y miradas distraídas. Intentó infructuosamente cambiarles el semblante con una sonrisa. Ninguna respuesta. Ni siquiera la volteaban a ver. Sintió un poco de lástima por ellos. A sus 22 años ya había encontrado más respuestas a las cosas trascendentes que la gran mayoría de los que ahora la ignoraban. Se detuvo un instante a contemplar el horizonte y aquel jardín de la contraesquina la sedujo. Ese era su siguiente punto en la ruta.

Andrés examinó un poco los autos que pasaban furibundos frente a él, incluyendo aquel que por poco lo arrolla. El ruido que emitían le fastidiaba demasiado. Necesitaba un lugar tranquilo para no pensar en nada. Caminó hacia el parque de enfrente y eligió el lugar más apacible para sentarse. Sara atravesó la calle hasta donde se veía aquel edificio de 10 pisos para, de ahí, cruzar hacia el jardín. Tuvo la extraña sensación de que algo le faltaba por hacer. Impedir algo. No había una sola persona cerca y los autos estaban parados, en espera de la señal del semáforo. Llegó finalmente al lugar elegido y encontró un sitio para detenerse a saborear su gozo. La banca que ahora la recibía le permitiría hacer una pausa necesaria para digerir todo esto.

La vida se había ensañado con este sujeto los últimos meses y el embate parecía no tener fin. Comenzó a hacer un recuento de tragedias y la vista se le nubló un poco ¿Se trataba de un conjunto de malas decisiones tomadas por él o la mala fortuna se había instalado en forma permanente en su vida? Sólo sabía que desde hacía mucho tiempo había dejado de vivir y actuaba simplemente por inercia, mientras recibía cada vez un golpe más fuerte. Ella recordaba aún que, en alguna época lejana, su existencia carecía de sentido. Todo le resultaba innecesario e incómodo. Tal vez no había pasado tanto tiempo desde entonces, pero lo percibía muy distante. En algún punto de su vida comenzó a quejarse cada vez menos y a observar. Percatarse del milagro que está oculto en cada cosa le había llenado progresivamente de esperanza ¿Cuál había sido el punto de inflexión? ¿Qué circunstancia lo había cambiado todo? Por más que se esforzó, no pudo recordarlo.

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Aquel hombre que caminaba apenas, como si llevara al edificio que acababa de abandonar a cuestas, atravesó la puerta de cristal y se encontró súbitamente con ese frenético mundo del que se aislaba durante doce horas de lunes a viernes. Andrés observó su reloj y refunfuñó. Eran las ocho y media de la noche. Observó la línea que fracturaba la banqueta hasta desembocar en la avenida y la siguió con los pies. Su cuerpo dejó de responderle, de súbito, al llegar a la frontera entre el territorio de los caminantes y el de los vehículos. Era como si el universo hubiera decretado una pausa interminable. Unos instantes después, que le parecieron eternos, descubrió que podía mover su cabeza y decidió levantar la vista para ubicar su posición. Alcanzó a sentir aquel automóvil azul que casi rozaba su espacio vital. Tuvo una sensación de terror que se le agolpó en la boca del estómago. -Bueno ¡qué más da! hubiera dado lo mismo morir en este lugar-pensó a continuación, mientras exhalaba un poco, en señal de desdén.

Buscó alguna coordenada hacia la cual dirigirse y encontró aquel jardín que observaba todos los días con curiosidad desde la ventana de su oficina. Siempre había querido visitarlo, pero nunca tenía tiempo o ánimo suficiente para hacerlo. Tal vez ésta era la ocasión perfecta, pues lo que menos deseaba era regresar a casa. Mientras cruzaba aquella arteria, identificó una grada que se resguardaba entre aquel par de centinelas arbolados. Parecía un buen lugar para desconectarse un rato de esta realidad que le asfixiaba. Se sentó lentamente mientras observaba, quizás por primera vez en muchos años, el cielo estrellado que cubría esta noche fría. -La vida era tan sencilla antes ¿En qué momento se complicó?- pensó mientras su mirada se concentraba en algún punto del horizonte. Aunque no había nadie más en el jardín, se sentía acompañado.

Caminar por aquella avenida era la mejor forma de terminar una jornada estupenda para Sara. Hoy había entendido muchas lecciones valiosas sobre la vida. Los sonidos de los habitantes transitorios, que iba encontrando la muchacha a su paso, parecían sincronizarse hasta formar una melodía bellísima. El viento acariciaba su cuerpo y la envolvía en una sensación de completud que apenas si podía describir. Lo más parecido que encontraba como referencia era esa señal de saturación en el estómago que pudo experimentar al ser embestida por una enorme ola que intentó engullirla. Al menos eso le había ocurrido en un sueño algunos años atrás. Mientras caminaba tenía la impresión de no tocar el piso.

A unos 10 metros, del lado contrario de la calle, encontró un hermoso jardín solitario que la invitaba a visitarlo. Sacó su celular del bolsillo y lo encendió. Eran las 8:30. No tenía un mejor lugar al cual llegar en este momento y deseaba seguir saboreando este júbilo que se le desbordaba por los poros. Tras cruzar la calle y llegar al lugar, se tomó un par de minutos para realizar una inspección visual detallada. Casi cualquier punto de este parque era bueno para seguir con su celebración a la vida, pero llamó su atención poderosamente la banca tímida que se escondía bajo aquellos árboles, que lo resguardaban con ternura. Caminó en esa dirección y rápidamente abordó aquel asiento que, aunque frío, resultaba muy acogedor. Observó detenidamente su entorno durante algunos minutos y luego cerró los ojos. Recordó por un momento aquellos tiempos en que todo parecía derrumbarse en su existencia y pensó en lo lejano que le resultaba aquel recuerdo.

Andrés levantó la mirada y comenzó a experimentar una incontenible rabia. Aunque no había ni un alma a la redonda, sintió la necesidad de explicar sus motivos. Escupió frases sueltas, cargadas de dolor, durante unos 10 minutos. Cada idea que salía de su boca le raspaba la garganta y dolía al convertirse en sonido, mucho más que el gélido viento que golpeaba sus huesos. Sara terminó de inspeccionar su entorno y se sintió tranquila. La emoción había cedido un poco para dar paso a una calma que casi podía arrullarla. Una idea ocupó sus pensamientos de pronto: tenía que explicar las razones de su felicidad. Como si compartirlas infectara al mundo de su alegría. Era la misión más importante de su vida hasta ese momento. Comenzó a platicarle a la nada las muchas cosas que habían cobrado sentido durante la mágica jornada de hoy. Andrés detuvo la perorata y se percató que el dolor se había ido. De hecho, ya no sentía absolutamente nada. Sara quiso continuar con su prédica pero notó que se le habían agotado las palabras. Sintió su cuerpo vibrante, lleno de emociones que ahora le impedían moverse. Se había convertido de pronto en una prisionera de su regocijo.

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Ha sido un día fatal. Uno más de una larga lista. Sólo la vista de los árboles de aquel parque que se ve más allá de mi ventana logran aquietar un poco mi angustia. Debería mudarme indefinidamente a ese jardín donde la vida parece sencilla. Eso necesito, exiliarme de tanta complicación.

Hoy hace exactamente un año Ruth me pidió el divorcio. Es cierto que pasábamos buena parte del tiempo peleando estos últimos años, pero habíamos construido una vida juntos. Una que parecía sostenernos ante cualquier tormenta. No es justo que haya roto nuestro pacto, aunque ya no nos soportáramos. No haber tenido hijos hizo fácil su partida y de ahí, sobrevino la vorágine: la muerte de mi padre hace tres meses; la hipoteca impagable de la casa que estoy a punto de perder; el anuncio, la semana pasada, del recorte de personal que al parecer me alcanzará…

Este lugar me asfixia. Debo salir de aquí pronto. Tomo mis cosas y me encamino lentamente a la salida. Ya afuera todo me es indiferente. Me acuerdo de pronto de aquel oasis verde que me tranquiliza todos los días. Allí estaré un rato. Luego de casi ser atropellado por un estúpido conductor, que no vio que iba a atravesar la calle, me repongo y llego finalmente a mi destino.

Al sentarme, todas mis tragedias se aglutinan en mi boca y salen furibundas. Qué más da que alguien me escuche. Me siento tan sólo que estaría bueno que alguien más comparta mi dolor ¡Maldita seas, Ruth! ¡Te rendiste demasiado pronto! ¡Maldito tú también, papá, que te fuiste sin regalarme siquiera un abrazo en toda tu vida! ¡Detesto tu obsesión por tener siempre el control de ti mismo! ¡Maldita vida adulta que nos obliga a valernos por nosotros mismos y a pagar cuentas y a tener que depender de un trabajo aburrido y rutinario! Algunas lágrimas logran al fin escaparse de mi cuerpo. Este sabor amargo en la boca, que he tenido desde la mañana, va cediendo poco a poco.

No recordaba un día tan feliz como éste. Es cierto que desde hace un tiempo los días y las semanas han sido cada vez mejores, pero creo que esta vez alcancé el máximo de alegría posible. He podido comprender al fin la gran obra de teatro que es esta vida.

Había estado escuchando que cada acto de cada persona en todo el mundo tiene un sentido que se articula con el de los demás en perfecta armonía, pero hasta hoy pude ver nítida esa cadena de razones y sentidos bajo la que opera todo. Observar al anciano apacible que vende jugos esta mañana o a la señora enfurecida del supermercado me hicieron entender que ellos forman parte de mi aprendizaje. Me muestran que esta cosa de la existencia se trata de disfrutar las cosas tal y como son ¡Mejor aún! se trata de no encontrarle sentido a nada, sino de simplemente observar cómo cada suceso va formando las notas de una fabulosa canción que nos hace bailar durante todos y cada uno de los instantes de nuestra vida ¡Me siento muy contenta de haberlo descubierto!

He festejado todo el día este hallazgo, pero creo que debo concluir mi celebración con algo grande. Examino los alrededores y mi vista se encuentra con un hermoso parque que parece ser una gran opción de cierre. Atravieso la calle para colocarme en la esquina del edificio grande y de ahí cruzar hacia el jardín. En espera de la luz peatonal en verde, tengo la sensación de que otra cosa más hace falta ¿Acaso omití algo en este manual de la felicidad recién adquirido? No creo, casi estoy segura que en aquella floresta encontraré la conclusión perfecta a mi día.

Llego a sentarme a un lugar inmejorable y observo nuevamente la belleza explícita de lo que me rodea. Comienzo a contarles a todos la magia que habita en todas las cosas. Lástima que no haya nadie que me escuche, pero ¡qué importa! Compartir mi alegría será la nueva misión en mi vida. Cansada de cantar, me detengo por un momento y comienzo a sentirme invadida por una duda ¿Cuando comencé a tener las cosas tan claras? ¿Por qué no puedo recordarlo? ¿Será esto sólo un sueño? ¿Por qué siempre terminamos por dudar de la felicidad? De repente, los recuerdos comienzan a llegar uno tras otro. Estoy petrificada.

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Andrés sintió que todo le estorbaba: la silla, el escritorio, la computadora frente a él; incluso su cuerpo le resultaba molesto. Era hora de abandonar este sitio asqueroso. Salió del corporativo y caminó hacia aquel jardín que anhelaba visitar.

Estuvo a punto de no llegar a su destino gracias a aquel vehículo que, tras su rápido paso, le dejó temblando de miedo y que, al mismo tiempo, le hubiera resuelto casi todos sus problemas. La vida seguía siendo sumamente frágil.

Tomó asiento e hizo el recuento doliente de sus muchos infortunios. Al parecer sus pesares, al desgranarse con esta diatriba, se habían llevado el enorme peso que había cargado todos estos meses.

La humedad que comenzó a salir de sus ojos terminó por derruir esa angustia que lo había mantenido esclavizado. Recordó aquel vehículo que unos minutos atrás estuvo a punto de terminarlo todo y comenzó a entender. La existencia era algo más que dolor.

Estaba decidido a vivir nuevamente. El tiempo que le quedara, lo dedicaría a agradecer por las muchas cosas buenas que tenía: su mente y sus manos para sobrevivir; un techo, todavía, y las muchas posibilidades, que ahora veía tan nítidas, para cambiar el rumbo.

Se levantó de la banca y se dirigió a casa. Necesitaba dormir muchas horas y reposar estas ideas que habían transformado la ruta de colisión que estuvo a punto de completar. Observó los árboles por última vez y se despidió de ellos, agradecido.

Sara se sentía incómoda consigo misma. El cuerpo era ya una prisión que no le permitía expresar este alborozo que había germinado en su alma las últimas semanas. Eligió el jardín, que se asomaba allende la avenida, para culminar esta travesía. Avanzó desbordante de emociones los siguientes 10 metros, tras sortear algunos obstáculos y experimentó una sensación de incompletud antes de cruzar la calle.

Comenzó a invadir aquel jardín con el éxtasis que aún no encontraba acomodo. Buscó impregnar de felicidad cada árbol, cada arbusto, cada centímetro de pasto, cada banca. Eligió al fin una para reposar.

Desde su nueva fortaleza, gritó loas a la vida y a toda la mágica armonía con que entendía al mundo desde esta mañana. Se sintió exhausta de sentir. Hizo un silencio para poder balancear este exceso que la había paralizado.

Se cuestionó por primera vez en mucho tiempo los motivos de tanta algarabía y el origen de su visión renovada. Se sintió preocupada al no poder obtener una respuesta a ambas cosas. Súbitamente comenzó a recordar. Un amargo llanto se hizo presente.

Había sido exactamente un año atrás cuando caminaba por aquella calle, pensativa. Buscaba escapar de una vida sin sentido que la había ido marchitando a pesar de su corta edad. Sintió la necesidad de detenerse en algún lugar a meditar y el parque frente a ella era idóneo. Los autos circulaban rápido y amenazantes. Un hombre se paró a su lado, distraído. Comenzó a cruzar la calle sin fijarse y ella intentó detenerlo pero, como si estuviera frente a un holograma, no pudo tocarlo. El impulso la llevó a aterrizar en la calle, donde sintió un embate fuerte contra su cuerpo. Todo el peso de un automóvil la atravesó y la dejó abatida. Una ambulancia llegó al lugar 20 minutos después pero ella no podía moverse ni hablar. Alcanzó a escuchar a uno de los camilleros decir: estaba muy joven. No merecía morir así.

A partir de ahí, vio ese día reproducirse en bucle, hasta que poco a poco entendió las cosas importantes. No obstante, había ido olvidando que ella ya no habitaba en este plano. Descubrir eso ahora la había llenado de una profunda tristeza, pero conforme lloraba, su angustia se iba diluyendo junto con su cuerpo, que acabó por desaparecer. Comenzó a observar una luz brillante que abarcó toda su visión y pudo sentir al fin una calma infinita.

Ahora yace ahí, silencioso, el jardín de la duermevela, que ha terminado de contar la historia del día de hoy. La noche aguarda una vez más, helada y expectante. Nuevos relatos se contarán mañana en este lugar. Por ahora, Andrés y Sara, ambos, descansan.