No se cuánto tiempo llevo aquí. Hacia cualquier lugar que mire, mis ojos perciben este espeso negro que se extiende por doquier. Lo único que puedo distinguir son sonidos lejanos que me sugieren que, más allá de estas fronteras que aprisionan mi visión, existe vida.

Extiendo mis manos, en busca de alguna textura que me proporcione una pista, pero simplemente recojo vacío. Una ligera aglomeración invade mi estómago, como premonición de un desastre que intento evadir, pero que se anuncia inevitable. Avanzo más en mi intento por descifrar el territorio que me rodea, pero apenas si logro deslizarme un poco en este mar de ausencia en el que habito. Es como si cada parte de mi cuerpo acabara de estrenarse y aún fuera incapaz de superar la atrofia inicial de mis músculos.

Siento una gran punzada en medio de mi cuerpo, que me hace doblarme. Es nuevamente la sensación de un angustioso y efervescente hueco que va creciendo cada vez más hasta saturarme de ansiedad. Junto a este inclemente virus, va creciendo en mí una asfixia que está a punto de derrotarme. Justo en ese instante, como último recurso de mi mente para salir a flote, comienzan a aparecer algunas imágenes en mi mente. Recuerdo, de pronto, a un hombre y una mujer cuyos rostros reconozco enseguida. Una fuerte emoción surge de mí cuando visitan mis pensamientos.

Aunque no los veo muy seguido, la presencia de ambos me reconforta. Cuando están cerca puedo percibir su olor y, de forma casi automática, me tranquilizo. Aunque recordar esto me ayuda a combatir el sofoco, la angustia no cede mucho. Desearía que aparecieran ahora para apaciguar este vaivén de sensaciones, pues mi cuerpo sigue en estado de alerta. A la par de esta batalla percibo un concierto de rumores distantes que me atemoriza. No se si sea el auxilio o la fatalidad lo que se aproxima junto con esa algarabía. Intento llamar al hombre y a la mujer de mis pensamientos para pedirles ayuda, pero mi boca apenas si alcanza a articular algunos gruñidos, como si este manto oscuro que lo cubre todo hubiera además restringido la capacidad de comunicarme. Ante tanta pesadumbre, un profundo llanto comienza a desbordarse desde mis entrañas y me inunda.

Luego de derramar este dolor, me descubro exhausto y mis párpados caen en forma súbita, para agregar una nueva oscuridad a la existente, como si me aislara por duplicado de este lugar: primero con el vacío allende mi piel y, ahora, con esta inflexión que ha llenado de silencio mi mente. Ya no tengo registro de sensación alguna.

Luego de un rato, regreso de la tregua. He comenzado a sentir cómo me agito sin control. El frío cala en mis huesos, pero mi cuerpo sigue sin responder a lo que le ordeno hacer. Me concentro un poco y logro al fin decir algunas palabras: ¡Vengan rápido en mi auxilio! ¡Por favor, tengan compasión de mí!

Casi al mismo tiempo que mi boca articula estos sonidos alcanzo a percibir que han salido en una lengua extraña, que desconozco ¿Cómo será posible que me entiendan, si ni siquiera puedo hacerlo yo? Luego de pensarlo, siento, de nueva cuenta, mucho miedo. No creo que acudan a mi llamado ¿Seguiré solo en este lugar, invadido por el frío?

Nuevamente aparecen las lágrimas, pero en esta ocasión con menor intensidad que hace un rato. Al parecer he comenzado a resignarme a este fatídico destino que llevo encima. Tal vez así estuvo escrito desde el principio. Suelto cada pedazo de mí y siento caer de nueva cuenta el telón opaco ante mis ojos. Con la ínfima conciencia que aún me queda me percato de la tranquilidad que decora, en este instante, mi espacio vital.

Luego de un rato, aquella extraña paz capitula nuevamente, atacada por numerosas estridencias que han llegado desde la distancia. Los sonidos lejanos de hace un rato ahora se han tornado excesivos, y siento que en cualquier momento harán estallar mi cabeza. Pienso recurrir de nueva cuenta al grito de ayuda, pero recuerdo que no ha servido de nada. Sólo un ligero sollozo escapa de mi garganta.

Tengo una profunda sensación de desaliento y una tristeza que duele en cada centímetro de mí. Yo sólo quería vivir y amar ¿Cómo terminé en este asqueroso hueco, abandonado? Suelto mi cuerpo una vez más, en espera de la muerte.

De forma extraña, y mientras siento que caigo por un precipicio imaginario, recupero mi aliento y la esperanza. A lo mejor si avanzo poco a poco puedo salir de esta larga penumbra. No tengo nada que perder. Muevo mi cuerpo con todas mis fuerzas y avanzo ligeramente. Lo intento por segunda ocasión y se registra otro breve desplazamiento. Sigo así una, dos, tres, seis, quince veces más. Cada intento le añade esperanza a mi alma, pero también una profunda fatiga a mi ser. La primera sensación es, en principio, más fuerte que la segunda, pero en algún punto ambas se cruzan hasta dejarme inconsciente y vencido.

Luego de incontables instantes, mis párpados se separan de nuevo y una luminosidad enceguecedora aparece ante mí. Logro, con dificultad, enfocar poco a poco y alcanzo a ver aquellos rostros conocidos. Aunque mi corazón en principio se llena de júbilo, una profunda ira le ataca y, luego de un corto pero explosivo enfrentamiento entre ambas emociones, me siento infestado de ausencia. Aquí están al fin, esos que iban a ser mis salvadores, pero ya no sirve su presencia: los necesitaba en el albor de mi angustia o, al menos, en el crepúsculo de mi tortura.

Él me aproxima un recipiente con una deliciosa savia que engullo más por necesidad que por gusto, en espera de que mi cuerpo se regenere. Mientras sorbo el líquido, escucho sonidos que provienen de ambos, pero que no comprendo. Intento alegrarme y luego enojarme otra vez, pero ya no logro llegar a estas sensaciones con tanta intensidad, como si hubiera sido infectado por un corto circuito que me retorna inevitablemente al vacío.

***

-Lucy, cariño, al parecer la recomendación del pediatra de dejar llorar a Adancito en la noche hasta que se canse ha funcionado de maravilla. Sólo lo escuché hacerlo un par de veces y luego creo que ha dormido profundo-

-Sí, Tomás, qué bueno que le hicimos caso. Sólo temí que despertara cuando los vecinos subieron el volumen a la música, por ahí de las tres de la mañana. Tenemos que hablar con el administrador del edificio para que no les permita otra fiestecita como la de anoche. No nos podemos dar el lujo de que Adán despierte a media noche y nos interrumpa el sueño-

-Tienes razón, querida, sobre todo porque ya regresas a trabajar pasado mañana. Lo bueno es que nuestro hijo estará en la guardería durante muchas horas y regresará cansado. Seguro que dormirá temprano y de corrido. Creo que muy pronto podríamos volver a ir al cine y le podemos encargar a mi mamá que lo cuide-

-Me encanta la idea. Tenemos más de un año sin ir y el libro que me regalaron mis padres sobre la crianza dice que si nos descuidamos podríamos terminar por divorciarnos-

-Ni lo digas. Mejor pensemos en disfrutar este tiempo, en lo que llega otro hijo que le haga compañía a Adán para que no crezca sólo-

Tomás y Lucy se detienen un instante a contemplar a su hijo. Muchos recuerdos vuelven a sus mentes de pronto. Tomás siente una furia insurgente que amenaza con emerger en un grito de dolor. Siente, al mismo tiempo, unas ganas enormes de abrazar a este pequeño indefenso que parece derrotado. Su mente retorna al equilibrio acostumbrado, mientras su voz interna repite que lo de anoche ha sido la mejor decisión. Se enfunda en un saco y deposita un beso pequeño en la frente de Lucy, antes de salir de casa. Ella lo contempla sin decir palabra alguna y, cuando cierra la puerta, voltea la mirada hacia Adán. Lo observa con ternura durante algunos minutos y acaricia su rostro. Anhela tanto poder desbordarse en besos y abrazos sobre este pequeño, pero su mente comienza a reprenderla. No le debe mostrar tanta condescendencia y afecto o lo volverá malcriado. Se siente culpable de pronto por haber mostrado un poco de debilidad, pero se recompone y gira la vista en otra dirección, justo donde se encuentra su guardarropa. Suspira un poco y camina hacia allá. Es muy importante decidir el atuendo que usará en su primer día de trabajo.