Las calles vacías de la que antes fue una ciudad convulsa yacen ahora dormidas. El gobierno central decretó hace algunas semanas un encierro obligatorio ante la amenaza inminente, pero ya desde antes muchos de los citadinos habían comenzado la retirada.

A mitad de una calle, como tantas otras, se divisa un edificio de departamentos color ocre, cobijado por un olmo. Sobre la banqueta, una sábana de hojas se extiende y vuelve difícil el paso de cualquier transeúnte que intentara pasar por ahí. Seguramente este árbol centinela ha decidido construir una muralla adicional que proteja a sus habitantes del inminente peligro.

Tras esta primera barrera, se erige una pared alta y larga a la que adorna solamente un único conjunto de ventanas de dos hojas, que se extiende a lo largo de seis pisos. En la más cercana de ellas, a nivel de calle, es posible observar a una joven familia que sobrevive a esta reclusión que amenaza con ser infinita.

Un hombre, de no más de 35 años, está sentado sobre la mesa del comedor y revisa un documento de un grosor cercano al de un tabique. Su rostro anuncia una profunda concentración, pero también angustia. Con el lápiz, que sostiene con su mano derecha, traza líneas imaginarias sobre una de las páginas y se detiene, de cuando en cuando, a plasmar algún garabato. Hay una prisa inconfundible en sus gestos pero, al mismo tiempo, parecería que no quiere terminar de revisar este texto, como si con el final de la tarea sobreviniera un infierno al que definitivamente no quiere volver.

Fija la mirada en una coordenada particular de la hoja y se concentra tanto en ella que, por unos segundos, parecería como si hubiera logrado detener el tiempo. Ni siquiera su respiración se puede ver o escuchar. Hay tensión en el ambiente y una quietud insoportable.

Súbitamente aparece al fondo, tras cruzar la puerta que resguarda la espalda del hombre, una niña de unos cinco años. Su cabello castaño enmarañado cubre la mitad de su rostro, como si se tratase de un superhéroe que busca proteger su identidad mientras combate al crimen. Sobre la comisura del labio visible de la pequeña nace una profusa mancha negra que se extiende sobre el resto de su fisonomía. Antes de formar parte de su disfraz, pudo haber sido perfectamente un caramelo que, a fuerza de restregarse sobre su piel, terminó por derretirse sin remedio y tatuar a esta pequeña combatiente, que ahora avanza tras su objetivo.

Lleva en sus manos un automóvil a escala y un martillo de plástico, que seguramente son las letales armas con que enfrentará al adversario. Avanza firme alrededor de la mesa hasta que encuentra a su padre y lo mira con una devoción digna de cualquier ritual religioso. Abre los brazos, también invadidos de la pegajosa savia, y se adhiere al torso de su redentor.

El hombre despierta rápido del letargo en el que se encontraba y levanta la mirada, por reflejo. Un segundo después, la mente le indica que es al sur donde debe dirigir sus ojos para descubrir al embate intruso que acaba de sacarlo de concentración. Observa a la pequeña con una mueca que combina enojo con asco, ahora que ha sentido sobre su brazo esta suerte de moco que se le adhiere a la piel y que proviene de esta enana mutante.

-Adela, la niña está en el comedor y no me deja trabajar, ven por ella- vocifera con voz firme y fuerte, mientras con su mano marca la distancia necesaria para mantenerla lejos del texto que aún revisa. Ninguna respuesta allende la puerta. -Papá, vamos a jugar a las aventuras ¿sí? estamos en una misión espacial súper secreta para descubrir nuevos planetas y tú eres el piloto de mi nave ¡Vamos!- sentencia la pequeña con una mirada pícara que intenta convencer al hombre. -No, Cata, papá está trabajando en algo importante y tengo que estar concentrado. Ve a tu cuarto a jugar y al rato te alcanzo- responde, un poco enfadado, pero seguro de resultar convincente.

-No, papá, tu nunca quieres jugar conmigo. Hoy no estás en el trabajo como siempre y quiero que estés conmigo-. Un espasmo punzante ataca al pecho del padre. Las palabra que acaban de decirle lucen como una pesada sentencia que resume no sólo el pesar de la pequeña, sino también las muchas frustraciones que ha vivido él por no poder estar más tiempo con su hija. Una voz interna le dice que ya después, cuando los ingresos mejoren, podrá compensarle todas las ausencias, pero que, por ahora, no puede distraerse. Se recompone y la observa severo, aunque en el fondo la garganta se le cierra y la mirada se le humedece un poco. -No puedo, Cata- alcanza a decir con la voz entrecortada, mientras respira muy hondo, antes de dirigir su reclamo hacia otro lado. -¡Adela! ¿dónde carajos estás? ¡Esta niña no me deja trabajar!- suelta ahora enfurecido.

Aparece en escena el personaje faltante. La mujer se presenta ataviada con vestimenta deportiva y un estropajo en la mano. -¿Tú crees que yo estoy descansando, Francisco? ¡Estoy lavando el baño, que tu tienes a bien ensuciar cada vez que usas y que ni por asomo limpias! Juega con tu hija cinco minutos, que buena falta que les hace a ambos convivir- responde, al tiempo que gira el cuerpo para regresar a su tarea. -Ni se te ocurra irte- le advierte el hombre. -Esta entrega la tengo que tener lista para mañana o no tendremos dinero para sobrevivir este mes. Además ¿qué tanto tiempo te puede tomar la limpieza de esta prisión de 60 metros cuadrados en la que vivimos?- dice mientras siente cómo la exaltación se va apoderando de su cuerpo.

-Si es tan fácil de limpiar deberías hacerlo tú. Por lo que te pagan, a lo mejor si te dedicaras a limpiar casas podríamos vivir mejor- responde la mujer mientras siente cómo el enojo de aquel sujeto, al que en este momento comienza a odiar, la va infectando progresivamente y sin remedio.

-Pues ese trabajo al menos me mantiene lejos de este asqueroso lugar seis días a la semana ¡No sabes cuanto me asfixia tener que vivir en esta ratonera, porque no podemos pagar otra cosa!- dice el tipo, ya notablemente enfurecido. Por un instante su rostro parece dibujar una mueca de arrepentimiento. Tal vez piensa que no debió decir esto último pero, inmediatamente después, su actitud vuelve a ser retadora.

El rostro de la mujer transita hacia un rictus que proyecta una ira contenida de muchos años. Está lista y dispuesta a dar una última batalla contra este infame que ahora se muestra bravucón. -Pues vete ya de esta prisión, como tú la llamas ¡Sal a la calle a encontrar la muerte, a ver si así terminas con esta pesadilla que es tu vida!- remata mientras las lágrimas se le escapan.

La niña, que al comienzo de la diatriba había decidido continuar con su juego, poco a poco comienza a poner atención a la escena, al principio con un poco de curiosidad, pero, conforme suben los decibeles, con una sensación de angustia, que se aproxima al miedo, cada vez más grande. Su carita desencajada parece advertir, como el más certero de los oráculos, el tramo que seguirá en esta representación.

-Te vas a arrepentir de tus palabras- grita encolerizado, mientras su puño derecho se encoge y se enfila hacia el rostro de este enemigo que lo desafía de una forma imperdonable con sus palabras. A unos milímetros de aterrizar en aquella quijada comprende que está cometiendo un error e intenta detener el impulso, pero ya es tarde. La cara de la mujer se descoloca y su cuerpo gira sobre su eje para luego desplomarse. El hombre horrorizado cae de rodillas con el mismo impulso de aquel puñetazo que acaba de asestar y, al instante siguiente, comienza a suplicar perdón entre sollozos.

La niña corre asustada a abrazar a su mamá, pero ella la separa de su cuerpo. Se pone de pié y, mientras se aleja, lanza a aquel hombre una final advertencia. -¡Nunca más!- le grita mientras corre y va dejando una estela de lágrimas tras su paso. La niña llora desconsolada y el hombre, casi intuitivamente, la abraza fuerte. Por las expresiones de todos, parece como una escena que se ha repetido demasiadas veces en este sitio.

No se puede entender por qué han llegado a este punto, si tienen cosas que muchas otras personas allá afuera les envidiarían: techo, comida, compañía, un mínimo de certeza que, ante la amenaza que emerge fuera de esas paredes, vale más que cualquier dinero. Al menos yo no puedo entenderlo. Me alejo rápido de aquella ventana, todavía confundido.

Son las dos de la tarde y todavía no sé si podrían admitirme esta noche en el albergue en el que he pernoctado desde que comenzó la contingencia. De hecho, ni siquiera estoy seguro de poder tener monedas suficientes para comprar algo de comida hoy. Avanzo unos pasos y aclaro mi garganta para emitir el aviso que podría atraerme algun dinero: -¡Haaaay eloooteeees calientitooos, compreeee eloootees calientes!-. Ninguna persona alrededor. Espero tres minutos a ver si alguien se asoma, pero es inútil. Avanzo desconsolado a la siguiente calle, en espera de mejor suerte.

Mientras camino siento, no obstante, un poco de alivio por no estar preso en un lugar como el que acabo de espiar. No se si podría soportar ese sufrimiento profundo que se respira en aquel sitio. A fin de cuentas, mi mayor dolor proviene de estos huesos viejos que tengo que arrastrar para ganarme el pan. Cuando menos tengo esta libertad para avanzar libremente en esta ciudad que, durante pocas semanas, me pertenece por completo, aunque este reinado transitorio no tenga gran cosa que ofrecerme para subsistir. Avanzo lento en dirección a cualquier parte, en espera de que estas calles no decidan acabar conmigo pronto.