Ginger Quinn camina con prisa y también con temor. Lleva un trozo de tela color negro que le cubre la mayor parte de las pecas y del rostro. Sus cabellos rojos, largos y ondulados, danzan al ritmo de sus pasos. Más bien, pareciera como que brincaran sin orden ni control, mientras enseñan la urgencia de esta muchacha, que respira agitada.

Todos los días camina dos kilómetros para llegar a la estación de transporte subterráneo más cercana que, luego de recorrer 15 estaciones, finalmente la deja en su odiado trabajo como vendedora telefónica de una compañía de seguros. Este singular rencor a tan chispeante ocupación ha crecido durante las últimas semanas, debido a la contingencia decretada ante la eminente llegada del mortal virus.

Ella preferiría permanecer segura, en casa, a salvo de cualquier contagio, pero en las oficinas centrales han decidido que lo mejor es trabajar las jornadas completas, en tanto las autoridades no les pidan lo contrario, pues el pánico de la gente ha provocado un incremento en la demanda por seguros del 300 por ciento en los últimos dos meses.

Ginger odia esa absurda explicación, que es repetida cada lunes para “incentivar” a los empleados. -Como si nosotros recibiéramos siquiera algunas migajas de las ganancias que se está embolsando la compañía en estos meses- se repite la chica, en voz baja, después de escuchar el infame mantra.

De pronto se ha percatado que, por ir pensando en esto, ha olvidado fijarse, durante las últimas dos calles, si alguna persona ha pasado muy cerca de ella, o si todos y cada uno de los transeúntes portan el cubrebocas o la careta obligatorias. Ha tomado como un reto personal esto de cazar infractores e insultarlos por arriesgar a los demás con sus imprudencias. Regresa la atención a su caminata, pues ya sólo faltan tres cuadras para entrar a la estación.

Imagina que está por ingresar al abismo, o peor aún, a las puertas del infierno. No puede evitar que en su cabeza empiece a sonar aquella vieja canción highway to hell, que reproducía su tío cuando ella era adolescente. Amaba aquella versión cantada por Bon Scott, con esa sexy voz rasposita que le invitaba a vivir sin ataduras: living easy, living free, season ticket on a one way ride.

No obstante, todo lo que consigue su mente, en este momento, es reproducir la versión con la espantosa voz de Brian Johnson, como si un cortocircuito en su mente la obligara a vivir encadenada a ese tono chillón. Intenta acallar la interpretación un par de veces pero es inútil y, ahora, ella debe concentrarse en que su entrada a la estación sea lo más segura posible.

Decide ignorar ese estribillo, que se reproduce en bucle en sus oídos. No puede dejar de pensar, en forma irónica, que tal vez esa vida desenfrenada de la que habla la canción es muy similar al festín infeccioso del que ahora serán partícipes los cientos de personas que en este momento, junto con ella, caminan escaleras abajo para abordar el tren.

Comienza a sofocarle el calor corporal acumulado de la gente que avanza sin pausa. Puede percibir perfectamente los cuerpos pegajosos e infestados, invadiéndola. La canción en su mente sigue dando vueltas y vueltas: hey mama, look at me, I’m on my way to the promised land. Una profunda nausea amenaza con salirse de su cuerpo y salpicar a estos zombies que ahora danzan a su lado, en dirección al averno motorizado que está por arribar.

Aborda el vagón y descubre un asiento vacío. Se apresura a ocuparlo y cierra los ojos. Prefiere no pensar en los antecedentes higiénicos de la persona que estuvo sentada antes de ella. Aspira y suspira profundo. La tonadita en su cabeza al fin ha capitulado. Está harta de su rutina esclavizante. De ambas, de la de acudir a su estúpido trabajo y de la novedosa labor de vigilar en todos los rincones en busca del virus.

El sopor la adormece durante tres estaciones pero, repentinamente, en medio de esta pausa onírica, ha tenido una revelación. Debe intentar recuperar su vida con un último acto liberador. Recuerda haber visto de reojo a un tipo, con una guitarra, entrar al mismo vagón que ella y también que su tío le enseñó hace algunos años los acordes de aquella canción que hoy ha traído en la cabeza. Seguro será fácil recordarlos.

Abre los ojos e inspecciona las cercanías. A tres asientos está parado el muchacho con el instrumento musical. La loca idea termina de madurar en su mente. Aunque ella es muy tímida, en este momento está dispuesta a romper con todas sus ataduras y dirigirse directo al infierno: Taking everything in my stride, don’t need reason, don’t need rhyme, ain’t nothing I would rather do

Se para, sin algún signo de duda, y camina firme en dirección al músico. Toma su guitarra y, ante la mirada desconcertada del tipo, emite un pequeño guiño sugestivo que parece invitarlo a ser su cómplice silencioso en esta travesura que está por comenzar. Él, enmudecido, cambia la expresión de su rostro a una que parece de curiosidad. -¿Qué estará pensando hacer esta pelirroja subversiva?- pareciera pensar, a decir del gesto que dibuja ahora.

Ginger avanza hasta la esquina más próxima del vagón. Se recarga un poco y enfunda la guitarra, dispuesta a comenzar la insurrección. Con un primer rasgueo, anticipa a los viajantes lo que está por comenzar. Las miradas, todas, se posan sobre ella. La expectación se ve aderezada por una serie de arpegios que mantienen la tensa calma que está a punto de fenecer.

De pronto, los primeros cantos, en un nítido registro de contralto, comienzan a florecer de la garganta de Ginger. Por momentos, parecieran emular a una versión suburbana de Norah Jones, tal vez con algunos toques de entonación contestataria de Amy Winehouse. La gente no puede ya dejar de mirar a la chica. Algunos incluso han comenzado a mover la cabeza o las manos al ritmo de la canción.

La pelirroja se siente al fin en control de algo en su vida. Está extasiada mientras interpreta la canción que mejor describe el momento presente. Decide entonces que es momento de llevar las cosas al límite. Suelta su voz para que explore en libertad los confines de su capacidad. Ya en alguna ocasión alguien le había dicho de las posibilidades de su voz de llegar a niveles de soprano, pero había sido escéptica al respecto. Ahora sabe que es cierto.

Con el cambio de voz, la gente parece haber encontrado una invitación a la disidencia absoluta. Algunos comienzan a brincar sin control, mientras otros cantan en forma desgarradora y potente. La mayoría se ha despojado de sus cubrebocas e invaden el espacio vital del resto. En el ambiente se respira euforia, sudor y viralidad. Nadie parece preocuparse ya. Ginger termina su interpretación en lo más alto y con un solo de guitarra que se despliega, emancipado, hasta desaparecer.

Ya no hay más música. La gente, aún excitada, repite algunas veces más el coro, hasta que se percatan que la interpretación de Ginger ha terminado. Comienzan a germinar los rostros de incertidumbre. Las voces se vuelven más bien rumorosas y entrecortadas. Todos, incluso la muchacha, esperan a que ocurra algo que indique el paso a seguir. 

Uno de los pasajeros, que permanece oculto entre la masa, lanza un feroz grito de repente y los demás los siguen. La catarsis ha llegado a su punto máximo. Luego de eso, varios de los pasajeros de hasta atrás se mantienen solitarios, disfrutando aún de esta breve sensación de libertad, pero muchos comienzan a conversar entre sí. Algunos proponen realizar estos actos en el transporte público como medida de protesta. Otros más se aproximan a Ginger y le plantean comandar las acciones de resistencia, que ahora incluyen las pintas en lugares públicos y la proclama de consignas a ciertas horas del día.

La chica sólo alcanza a sonreír, pero no responde. Eso parece no importarle a este grupo que ahora se centra en discutir la pertinencia de los actos propuestos. Ella se percata, en ese momento, que la siguiente es su estación y devuelve la guitarra. El dueño del instrumento lo recibe con gusto, pero apenas si le pone atención, porque está discutiendo, con algunos de sus amigos, sobre las posibles canciones contra el virus que habría que escribir ahora.

Ginger toma posición en la puerta de salida del vagón, junto con otras 10 personas. El tren llega a la estación y ella comienza a colocarse de vuelta el cubrebocas, algo apenada por haber incumplido con la norma sanitaria. Observa a las otras personas que la acompañan en esta peregrinación y muchos también han devuelto la pieza de tela a sus rostros. Una cosquilla le invade el cuerpo mientras camina. Sus pasos le pesan un poco, pero al mismo tiempo el resto de su cuerpo parece flotar. Se siente infectada por una sensación de claridad mental y determinación. Arribará en dos minutos a la oficina de su jefe y le dirá que renuncia desde este momento. Ahora tiene claro que ella sólo quiere cantar. Lo que venga con ello, será el pavimento de su propia ruta hacia el infierno.