León suspiró profundo y se talló los ojos con fuerza. Estaba exhausto de estar revisando documentos en la computadora y decidió hacer una pausa para no terminar odiando su tesis de maestría. Su estómago le recordó con un gruñido que no lo había alimentado en un buen rato, y decidió hacer algo para remediarlo.

Se sentía agotado y no quería prepararse nada. Pensó que lo más sencillo sería salir a la tienda de la esquina y comprar alguno de esos paquetes de comida preparada que sólo se meten en el horno de microondas y están listos para comerse.

Tomó su cartera y las llaves del departamento y, antes de partir, miró alrededor para revisar que no estuviera olvidando algo. Luego de unos segundos de pensarlo, concluyó que tenía todo lo que necesitaba. Caminó hacia el elevador, pero no pudo dejar de tener la sensación de que algo faltaba. Sentía como si hubiera salido sin pantalones a la calle.

No le dio tanta importancia a esa idea y, al abrirse las puertas del elevador, se enfiló hacia la salida del edificio. Cruzó el portón y comenzó a caminar hacia la tienda. Repasó mentalmente cuáles podrían ser las opciones de comida a elegir, para llegar con una decisión tomada y perder poco tiempo.

Se rascó la cabeza en forma instintiva y luego bajó la mano para acomodarse el cubrebocas. Aspiró profundo, abrió grande los ojos y sintió un golpe seco en el abdomen ¡Eso era lo que había olvidado! Se sentía no sólo desnudo, sino transgresor y suicida.

Cambió, apresurado, el sentido de sus pasos y entró al edificio, mientras observaba alrededor para detectar si alguien lo había visto. Caminó hacia el elevador, algo aliviado por pasar inadvertido, pero antes de ingresar, notó que uno de sus vecinos, de edad avanzada y con el cual solía discutir en las reuniones vecinales, lo había observado desde su ingreso al edificio.

No había forma de evadirlo. Saludó discretamente, ante la mirada inquisidora del anciano, e ingresó al elevador. De pronto, una ligera cosquilla comenzó a crecer en la nariz de León. Respiró fuerte para contenerla, pero avanzó en forma inevitable hasta salir como estruendoso estornudo. Alcanzó a atajarlo con el antebrazo, como recomendaban los cánones. El viejo le dedicó una mirada de asco y terror a la vez y se alejó rápido, sin voltear.

León se sintió derrotado, aunque no sabía si era por ser descubierto sin el cubrebocas, o como resultado de esa sensación de cansancio transitorio que queda luego de luchar contra la salida de un estornudo. Regresó a su departamento pero ya no tuvo ganas de salir. Era mejor cocinarse cualquier cosa. Esperaba que el haber estado expuesto ante aquel vetusto enemigo no tuviera consecuencias negativas.

Esa noche durmió tranquilo, pese a todo, y despertó contento. Había descansado lo suficiente y estaba listo para retomar sus actividades, pero antes debía ir al supermercado, pues la noche anterior se había percatado que, con esa última cena improvisada, se habían terminado los víveres.

Lavó sus dientes y rostro y se puso lo primero que encontró en el guardarropa. Ya se bañaría al regresar de las compras. Tomó lo necesario para ir al supermercado y salió con paso apresurado.

Ni bien había atravesado el pasillo que lo conducía al elevador, notó que tres de los vecinos se habían asomado en cuanto él cerró su puerta. Todos le dedicaron miradas de furia e inmediatamente después cerraron con fuerza sus entradas. Una cuarta vecina se apresuró para alcanzar el elevador, una vez que León lo había abordado, pero al notar que era el muchacho quien le acompañaría en el viaje, dibujó una expresión de horror y se dio la media vuelta, para tomar las escaleras.

León comenzó a sentirse preocupado, pero no quiso darle tanta importancia. Llego a la planta baja y caminó rumbo a la calle. Ni bien había avanzado unos metros, escuchó un atomizador activarse y luego esa lluvia de partículas alcoholizadas adhiriéndose a su piel y ojos, que ahora estaban irritados y eran incapaces de ver, momentáneamente.

Luego de unos segundos recuperó la visión y alcanzó a observar al portero, que a una distancia prudente sostenía el aparato desinfectante y le decía que eran nuevas políticas de higiene del edificio, acordadas recién esa mañana. León no respondió nada y continuó su camino, ya algo molesto.

Al regresar del supermercado notó que algunos vecinos del frente del edificio se asomaban, vigilantes, y que en cuanto lo vieron llegar cerraron sus ventanas. Al entrar al edificio notó que no había nadie en los pasillos -lo cual era extraño de por sí-, pero además, en la recepción había un letrero grande que decía: “condómino, si sospecha que está contagiado con el virus, no salga. Sea consciente y cuide a los demás”. Algo definitivamente estaba mal en todo esto.

Llegó a su departamento y observó que en la puerta estaba pegado un trozo de papel que decía: ¡no salga, sea consciente! Seguramente esto había sido orquestado por el anciano maldito, que algún rumor habría esparcido. No tenía importancia, León no se metía con casi nadie del edificio y no dejaba que nadie interfiriera en su vida.

Siguió con su rutina durante la tarde, pero decidió salir a estirar las piernas al pasillo de su piso. Nuevamente notó puertas que se abrían al mismo tiempo que la suya y personas asomadas por pequeñas rendijas. Caminó a lo largo del pasillo, ahora desafiante, intentando que alguno de los vecinos saliera y le diera la cara. Sólo escuchó puertas cerrarse y, en su paso por alguno de los departamentos, a un vecino llamar al portero y decirle: está afuera.

Un minuto más tarde, escuchó el sonido de las puertas del elevador al abrirse, y vio salir al conserje y aproximarse un poco, a suficiente distancia de León. Le dijo que otro de los acuerdos de la reunión de la mañana era que no se podía permanecer en los pasillos, pues sólo se podía transitar por ellos para acceder a los elevadores y escaleras, para evitar posibles contagios.

León estaba preocupado ahora sí. Le parecía excesivo. Emitió un gruñido y regresó a su departamento, de mala gana. Se sentó de nuevo frente a su computadora y siguió tecleando hasta que el cansancio lo derrotó y se fue a dormir. No cenó, porque el suceso de la tarde le había cerrado el estómago.

Despertó a las ocho de la mañana y tomó una ducha. Se sentía un poco mejor, pero comenzaba a tener miedo. No le gustaba la idea de permanecer encerrado por completo en el departamento y tampoco que se sospechara de su salud. Preparó un gran desayuno, porque no había comido desde la tarde anterior, y lo terminó con calma. Necesitaba pensar el paso siguiente.

Finalmente, luego de analizar lo sucedido con detenimiento, decidió que iba a hablar con el conserje para solicitar una reunión con los condóminos en la que les informaría que él estaba sano. Era la mejor forma de encarar todo esto.

Recogió los platos del desayuno y los depositó en el fregadero. Se lavó las manos y salió para llevar a cabo su plan. Se enfiló hacia el elevador y se acomodó para esperarlo, pero observó que tenía un letrero que decía: no funciona. Le pareció extraño, pero decidió bajar por las escaleras.

Le pareció extraño que en el siguiente piso no hubiera letrero y que la luz indicadora de la apertura y cierre de puertas estuviera prendida. Mientras lo analizaba, se dirigió a las escaleras nuevamente y comenzó el descenso. Ni siquiera había avanzado tres escalones cuando sintió una marea que desde arriba inundaba todo su cuerpo ¡Alguien le había aventado una cubeta de agua!

La ira comenzó a invadirle el cuerpo. Esto como broma había ido demasiado lejos. Se retiró el resto de humedad del cuerpo y, al bajar el brazo observó que su camisa se había desteñido ¡Estos imbéciles me acaban de aventar agua con cloro! gritó con todas sus fuerzas, al tiempo que el enojo comenzaba a convertirse en pánico. Corrió escaleras arriba hasta su departamento, lo cerró con llave y se dio nuevamente un baño para retirar cualquier residuo clorado.

No reconocía ni sus pensamientos y su cuerpo temblaba sin control. Salió de la ducha y se tendió sobre la cama, en posición fetal, mientras lloraba con fuerza. La gente había enloquecido con esta maldita pandemia, alcanzó a pensar entre sollozos.

El resto del día permaneció en su cuarto, casi en estado vegetativo. Sólo por la noche decidió acudir a la cocina por alguna cosa para comer. Se tiró nuevamente sobre la cama, a terminar el día como fuera posible.

Estaba exhausto, pero no lograba conciliar el sueño. Una y otra vez tenía la sensación del agua quebrantando su cuerpo y luego imaginaba que su piel de desprendía poco a poco, mientras sus músculos y articulaciones y huesos se diluían hasta volverse un charco. Despertó en cuanto se percató de lo absurdo de esa idea. Estaba teniendo una pesadilla.

Volteó a ver al reloj de pared. Eran las cuatro de la mañana. Intentó dormir de nuevo pero sólo consiguió hacerlo por espacios cortos, que eran interrumpidos por cualquier sonido que viniera de la calle.

Recién como a las siete y media de la mañana, más por cansancio que otro motivo, el sueño finalmente lo cobijó un par de horas. Despertó con una terrible punzada en la cabeza. Tomó un vaso de agua y se recostó de nuevo. Una hora después, sin lograr dormir de nuevo, se sentó en la cama. No podía estar así por siempre.

Lo más sensato era salir a practicarse un examen y esperar los resultados para mostrárselos a todos. Eso iba a hacer. Se lavó la cara y lo dientes y se cambió de ropa. Se dirigió a la puerta, tomó la perilla y la giró. Cuando se dispuso a avanzar, chocó con aquel trozo de madera. Se sorprendió y lo intentó nuevamente. Obtuvo el mismo resultado, pero esta vez escuchó que la puerta avanzaba un poco, aunque topaba con alguna cosa al otro lado.

Empujó nuevamente con más fuerza, pero la puerta apenas se alcanzó a desplazar medio centímetro. Eso era suficiente para observar lo que había tras la entrada. Era un mueble que la tapaba por completo. Sintió nuevamente pánico y pensó que ahora sí iba a morir pronto, una vez que sus provisiones se terminaran, porque definitivamente no volvería a salir de ahí.

Ese día, nuevamente, lo pasó casi inmóvil, pero ahora tirado en el suelo de su sala. No alcanzaba a comprender los motivos de un plan tan siniestro como éste. Decidió quedarse ahí, quieto, a esperar la muerte. Como había descansado poco, cerró los ojos y permaneció dormido buena parte del día y continuó así toda la noche.

A la mañana siguiente, ya descansado y con la mente más clara, decidió que no iba a morir de esa manera y que tenía que salir a practicarse una prueba. Si no podía hacerlo por la puerta, lo haría por la ventana. Se asomó y vio que como a un meto de la cornisa de su departamento estaba una escalera de emergencia.

Tendría que avanzar un poco con el vacío a un costado, pero si lo hacía lento, y luego pegaba un pequeño brinco, podía alcanzar la escalera. Avanzó a pesar del vértigo que sufría desde niño. Era más fuerte su deseo por terminar con esta mala experiencia.

Justo en la orilla, a punto de brincar, se resbaló un poco, pero alcanzó a estirar su brazo y a agarrar la escalera, aunque se dio un buen golpe contra ella y quedó sólo agarrado de esa mano. Rápidamente usó la otra para afianzarse y puso su pie izquierdo en el escalón más cercano. Luego de eso, bajó por completo y se dirigió al laboratorio más cercano.

Tras 45 minutos de espera, finalmente pudo realizarse la prueba y regresó a casa. Entró por la puerta principal, confiado, y dedicó una mirada de desprecio al portero, que lo observaba sorprendido. Subió por el elevador y, al llegar a su puerta, empujó la cómoda que impedía el paso a su hogar.

Ya adentro, se sintió más tranquilo y se dedicó al avance de su tesis durante los siguientes dos días. Había dejado de hacer mucho en estos días y tenía que recuperar el ritmo de escritura. Exactamente 55 horas después, recibió un correo electrónico con los resultados. Lo abrió nervioso y miró al final del informe: “resultado negativo al virus”. Soltó una risa nerviosa y respiró aliviado.

Después de eso, imprimió muchas copias del examen y las pegó en cuanto espacio común pudo. Quería gritarles a todos sus vecinos que ellos eran los verdaderos enfermos, pero se contuvo. Regresó al departamento y permaneció ahí el resto del día.

A la mañana siguiente decidió salir a comprar algo para desayunar y ver si así había resultado su estrategia. Se encontró con algunos vecinos y recibió lo mismo miradas de tímido arrepentimiento que de indiferencia, pero ninguna que mostrara empatía. Era como si la hoja de resultados estuviera escrita en otro idioma o anunciara con desgano la noticia que estuvo en los diarios la semana anterior.

No le importaba ya. Aunque no pensaba hacerlo aún, terminaría por vender ese departamento e irse de ahí, sin importar que hubiera sido la única herencia que le dejó su padre. No quería saber nada de ese lugar. Compró la comida y regresó al edificio. En la entrada nuevamente estaba el anciano maldito. Decidió no regalarle ni una pista de su enojo. Le dijo buenos días y siguió caminando.

El viejo le dedicó la mirada de desprecio acostumbrada y, antes de que entrara León al elevador, le lanzó un disparo de solución alcoholizada. El muchacho lo miró sorprendido y el señor le contestó burlón: por si acaso. León soltó una carcajada, todavía molesto y cruzó la puerta.