Abro los ojos y siento cómo mi cuerpo sale lentamente de este letargo. La cama en la que he estado desde hace un par de semanas me resulta insoportable ya. Durante meses observé al virus aproximarse a mi vida en forma lenta y continua pero no hice nada. Supongo que lo consideraba un rumor que se escucha a la distancia, un zumbido molesto pero inocuo.

Primero, la inminente llegada de la enfermedad paralizó toda actividad en los países vecinos; luego cerró todos los lugares de convivencia en mi patria; después, canceló el acceso a mis pocos lugares favoritos en esta soporífera ciudad: la cafetería del centro, el parque frente a mi casa, la biblioteca universitaria.

Un poco después, empezó el acecho personalizado: los viejos conocidos fueron infectándose uno a uno; luego los amigos; después los parientes, unidos a mi memoria por un pasado lleno de recuerdos y pocas coincidencias presentes; y, finalmente, mi hija, que solía visitarme cada domingo para desayunar.

Siempre le exigí quitarse esa mordaza maldita, pero obligatoria, al llegar a casa. Me resultaba insoportable la idea de no poder observar su boca dibujando las palabras con las que llenábamos las tardes de convivencia. Debí suponer que era cuestión de tiempo, de velocidad del tiempo tal vez, para que la letal partícula me condujera a los brazos de esta peste. Ni bien comencé un día a sentir un malestar general, cuando ya mi hija me estaba llamando para avisarme que su resultado era positivo, y que yo debía extremar precauciones.

Tardía advertencia que no pudo evitar la veloz propagación del bicho en mis entrañas. Aparentemente, a mis 75 años, los pulmones ya no responden igual, lo que también ocurre con el resto de mis órganos; y, luego de dos semanas, estoy aquí, atado a este mueble inmundo y a un invasivo tanque de oxígeno que ha mantenido por algunos días mi ritmo respiratorio ligeramente estable, hasta hace dos días, que la sensación de asfixia se volvió más recurrente. Desde entonces, he comenzado a aceptar que mi tiempo aquí, en este plano de la vida, está por concluir.

Esta mañana, en cuanto he despertado, decidí quitarme el artefacto de la nariz, levantarme y dar un último paseo en el parque. No puedo terminar mis días en esta asquerosa habitación, o al menos no sin los recuerdos frescos de aquel lugar en que podía sentarme por horas a pensar o, incluso, a dejar de hacerlo y simplemente mirar a mi alrededor.

Con dificultad, y luego de 45 minutos, me pongo una chamarra y el cubrebocas. Tomo un bastón para apoyarme durante estos casi setenta pasos que me separan de mi banca favorita. El parque luce estupendo, con esos árboles frondosos y los pájaros interpretando melodías fascinantes. A mi gozo se le puede sumar el hecho de que casi no hay personas circulando por este lugar. Las pocas que se atreven, lo hacen presurosas y aterradas. Puedo ver en sus miradas ese pánico que nace de la incertidumbre.

Centro la vista en el viento que acaricia el follaje frente a mí. Vienen a mi mente muchos recuerdos de la infancia, pero lo que predomina es esa sensación de sencillez con que el mundo aparecía ante mis ojos en aquellos años. Nada era definitivo y no había ningún destino manifiesto por cumplir. Sólo existía ese asombro constante ante el mundo y sus manifestaciones. Sólo ese acto de descubrir las cosas simplemente por hacerlo.

Entonces, el mundo se puso demasiado serio. Nos rendimos, primero, ante la dictadura de lo racional; después creímos que el amor era lo único necesario; más adelante pensamos que aquel capitalismo rampante del que renegábamos en las aulas caería inevitablemente ante el paraíso de lo colectivo; luego nos volvimos un poco más modestos, pero también ingenuos, y pensamos que sería la libertad de elegir, entre un saco a rayas o uno a cuadros, entre un representante verde o uno colorado, lo que resolvería los intrincados laberintos de la existencia. Finalmente, nos resignamos a pensar que cada uno sería responsable de intentar sobrevivir en esta insana representación teatral de un mundo que pelea todo el tiempo contra algo o contra alguien, que compite en una desenfrenada carrera por llegar a ningún lado.

Mientras pienso con nostalgia en todo esto recuerdo, de súbito, aquella película que vi hace un cuarto de siglo: la haine, que ya nos advertía un poco sobre la catástrofe que se estaba gestando, cuando en aquel estrujante relato inicial decía: “es la historia de un hombre que cae de un piso cincuenta. El tipo, según va cayendo, se repite sin cesar, para tranquilizarse: hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien… pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”. Luego, aquellos imberbes protagonistas descubrirían dolorosamente la magnitud de la llegada al suelo. Tal vez todos hemos sido ellos: Vinz, Said y Hubert, jugando a vivir, repitiéndonos que todo estaría bien, mientras el colapso nos alcanzaba.

Tras pensar en esto último me siento exhausto. No estoy seguro de estar satisfecho con lo que he vivido, pero sí me siento contento con la posibilidad de despedirme de esta travesía, con este parque como acompañante, con sus murmullos que cobijan mis ideas, con esta brisa envolvente que casi no puede atravesar mi nariz para inundarme del vital oxígeno.

De pronto, unos alaridos me sacan de este maravilloso estado de meditación. Las personas corren, atemorizadas, en dirección contraria a la banca en la que me encuentro. Piden auxilio o clemencia o alguna cosa que no alcanzo a dilucidar tras ese ruido que exhalan sus bocas.

Observo a un costado y veo el cadáver de alguien que ha perdido esta batalla al fin. Luce tranquilo, con la mirada fija en los arbustos que resguardan el jardín frente a mí. Lo observo con ternura y lo acaricio durante algunos minutos. Su rostro apacible me conmueve demasiado.

Espero que haya tenido una vida interesante. Ojalá también que su muerte lo haya alcanzado, intempestiva y silenciosa, mientras recordaba algo agradable. Comienzo a especular sobre las circunstancias que le acompañaron en los últimos instantes, sobre las ideas, las emociones, las palabras o los silencios que se conjugaron en esta última andanza de su vida.

De pronto me han dado muchas ganas de despedirme de mi hija. De agradecerle por nuestras charlas y también por las ausencias prolongadas que nos permitieron extrañarnos. Por los nietos que no me dio, por los muchos reclamos que me hizo a tiempo y por los que nunca pudo confesarme. Por las canciones que entonamos juntos y jubilosos, por las inseguridades y certezas que me permitió sembrarle, por lo que compartimos y por lo que no pudimos vivir juntos.

Me apresuro a ponerme de pie y lo comprendo todo. Dedico una última mirada a ese cuerpo que alojó mis sueños, mis temores, mis andanzas. Le agradezco por haber sorteado el aterrizaje. Me despido de él -de mí-, con una sonrisa grande y me preparo para el último viaje.