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Con olor a pasto

Novela on-line de Edgar Sandoval Gutiérrez

Capítulo 1.

-No hay nada mejor que entrar a un estadio y oler el césped mojado antes de que los jugadores salten a la cancha- le dijo aquel hombre a su hijo justo antes de tomar el pasillo que conducía a las gradas. -Hoy una niña me dijo que huelo a tierra mojada- respondió el niño. -Entonces has heredado el olor de los dioses- contestó su padre. El pequeño no alcanzó a entender, pero sabía que aquel hombre que lo arropaba por las noches tenía todas las respuestas. Lo tomo de la mano y sintió cómo se le apretujaban los músculos de la panza. Su equipo disputaba por primera vez en diez años la final del torneo.

Cernunnos ha desarrollado una extraña pero comprensible obsesión por el fútbol. La imagen de su padre explicándole la estrategia de juego en un estadio es el recuerdo más nítido que tiene de su infancia. Un día, recién cumplidos los diecisiete años, en pleno desarrollo de un partido y jugando la posición de volante por izquierda, realiza un desborde desde afuera de su propia área.

La cancha parece interminable y alcanza a sentir el roce del hombro del contrincante que lo intenta derribar… de pronto cae en un sueño profundo y se ve corriendo sobre la orilla de un río, perseguido por un ciervo que logra darle alcance en pocos segundos. En ese momento logra ver en la mirada del animal una clara expresión de miedo. No obstante, el ciervo no deja de correr. Cernunnos se pregunta quién persigue a quién… el sueño desaparece súbitamente y se encuentra a si mismo en el campo de juego. Ha puesto un pase de ensueño que a través de un certero testarazo se ha convertido en gol. El muchacho descubre que en su mano tiene una semilla de álamo y un trozo de papel que dice: “La simiente es el inevitable final”.

Cernunnos ha estado consternado los últimos días con la visión el ciervo… y con la persecución. Sabe que en los ojos del animal reconoció los de alguien más, pero no recuerda los de quién. Procura olvidar el incidente y se dispone a entrenar duro para el torneo de fútbol que está por comenzar.

Cernunnos tiene una novia, Marta, a la que ve cada viernes. -Soy un hombre ocupado y no puedo dedicarte más que ese día- le habría dicho al comenzar el romance. Además de ella, frecuenta a muchas otras féminas en encuentros ocasionales porque piensa que debe saborear todas las pieles posibles. Es por eso que no hace distinción alguna por estatura, complexión física o color de piel. A él le interesa la experimentación y se sabe dueño de nadie y aventurero en el mundo. -Un buen jugador de fútbol ha pisado todas las canchas. Ha jugado en el llano y en el estadio y por eso entiende a la perfección los caprichos del balón- les repite a sus amigos tras contar sus experiencias de cama.

Este viernes ha decidido no visitar a Marta y de pronto relaciona este hecho con la visión que ha tenido. – ¿Será acaso que ella es el ciervo del que voy huyendo?, ¿es acaso simple temor al compromiso como me reclama siempre? ¡No, sería demasiado obvio!, además no le tengo miedo a ella, es sólo que me aburre demasiado. ¡Es más, no estoy huyendo de nada! Fue sólo un alucine estúpido y nada más-. Cernunnos continúa caminando con la vista baja, pero alerta, como quien ha visto las nubes maquilladas de negro, anunciando tormentas y se resiste a guardarse bajo techo, porque piensa, paraguas en mano, que no puede llover antes de que llegue a su destino.

Ha estado soñando mucho últimamente… ha visto lugares montañosos donde la hierba se esparce infinitamente y los pocos árboles resisten el embate del viento. Al pie de una colina se ve una mujer vestida de blanco sosteniendo un alcatraz, con la mirada puesta en el horizonte. Sus cabellos negros contrastan con el azul océano de sus ojos y con su mirada incierta, que resguarda una delgada y asimétrica nariz. De pronto, durante la cuarta noche, la mujer posa la mirada sobre Cernunnos y le inquiere: -¿no te acuerdas de mí, querido ciervo? Debes recordar tu promesa y dejar de tener dudas de una vez por todas-. Él despierta con una tranquilidad deliciosa… una tranquilidad que jamás ha sentido… prende un cigarrillo y cierra los ojos: aun puede recordar el olor a bosque de la mujer, sus mejillas rozando el aire…. despierta agitado… no está seguro de estar despierto…

El muchacho le ha contado a Marta su sueño con la mujer del alcatraz. Ella ha adoptado la actitud comprensiva y paciente de una madre que conforta al retoño por una pesadilla ordinaria. -No te preocupes, Cachito, de seguro estás tenso porque vienen los exámenes finales y el partido por el campeonato. Vas a ver que en unos días te vas a sentir de lo mejor-. Él ha decidido visitarla por segundo día consecutivo y ella no puede evitar sentirse emocionada. Tras su interpretación de consejera sentimental, toma su rostro con ambas manos y le dedica unos 20 minutos a repetirle que lo ama. Él ha intentado escucharla todo este tiempo, pero le es imposible; sólo alcanza a percibir una sección de cuerdas vibrando fuera de su boca. Cansado, decide recostarse en los hombros de Marta y cerrar los ojos… y ella en rezadera del padre nuestro amoroso: te amo, te amo, te amo, te amo, te amo, te amo… y él todo oídos atento al sermón: la menor, fa sostenido, sol mayor, do mayor, mi menor…

Cernunnos ha estado algo ocupado con la escuela estos días. Casi no ha tenido tiempo para entrenar con el equipo de fútbol y eso lo tiene algo frustrado. Un día, al salir del campus universitario decide visitar la nueva cafetería ubicada en contraesquina.

Al llegar al lugar, descubre a una linda mujer atendiendo el establecimiento. Sus ojos verdes lo cautivan inmediatamente al igual que ese aire de despreocupación que muestra ante los clientes. Sus cabellos rubios ondean ligeramente invitándolo a abordarla. Si Cernunnos acabara de llegar a este planeta juraría que esta fémina posee todos los sonidos del lugar; juraría que esta mujer hace música con cada movimiento.

Sin darse cuenta ha entrado a la fila dispuesta para ordenar los alimentos y ha llegado hasta donde se encuentra la muchacha. –¿Que vas a ordenar?- le pregunta ella. Al contrario que con Marta, cuando ella habla todo se vuelve silencio. Sólo se alcanza a escuchar su voz profunda y cavernosa; lenta como asfixia. –Una hamburguesa por favor- contesta apenas el muchacho. -¿C o n   p a p a s?- alcanza a escuchar él. No puede responder nada. Esta mujer en verdad que es asfixiante. El aire se espesa con su sola presencia, pero al mismo tiempo, es cautivadoramente interesante y hermosa. -¿Con papás?- vuelve a preguntar ella. –si, gracias- balbucea él.

Se ha ido a su mesa a esperar la hamburguesa y no deja de mirar fijamente a la muchacha. Definitivamente tiene que saber más de ella. La mujer se acerca para entregarle el pedido y Cernunnos aprovecha para comenzar su plan. –Oye, que bien se ve esta cafetería-; -Gracias, acabo de instalarme hace una semana-; -Espero que la comida esté tan bien como el lugar-; -Pues ojala que te guste y vengas seguido-; -Cernunnos, me llamo Cernunnos-; -no es un nombre común en esta ciudad-; -Lo sé, mi padre me lo puso en honor a un dios celta-; -esa manía de los padres por buscar nombres extranjeros para sus hijos, ¿no?, que casualidad, a mi también me pusieron un nombre celta-; ¿Cómo te llamas?-; -Tanwen, Ana Tanwen; ¿no te parece una combinación estúpida de nombres?, por eso uso el nombre de Ana-.

Cernunnos permanece inmóvil por unos minutos y ella decide marcharse y continuar con sus actividades. Cernunnos recuerda a la mujer de su sueño y se pregunta por qué esta muchacha no es como aquella: ligera y fresca… sutil. Ésta es indigerible, pero al mismo tiempo hipnotizante. ¡Se parecen tanto!

***

-¿En que piensas, Cernunnos?-, preguntó Tanwen al hombre que estaba sentado sobre la colina, observando el valle. -Pienso en el pequeño bosque que se ve allá a lo lejos, en el riachuelo que lo atraviesa, en el follaje que inunda todo el valle… me han contado tantas historias sobre este lugar que por eso decidí venir a conocerlo, pero no se parece en nada a las narraciones fantásticas o terribles que me han hecho… no entiendo porque la gente miente respecto de lo que ve. ¿No sería más sencillo decir que lo que describen como una fortaleza protegida por centinelas de madera que engulle a todo lo que entra en ella no es más que un grupo de quince árboles apilados en desorden o que el río de fuertes aguas que lo cruza en realidad es una modesta corriente de agua? No lo entiendo-.

La mujer evitó decir palabra alguna. Ella misma se sentía abrumada por la hermosa vista. Incluso hubiera sido capaz de describirla con tales adjetivos como los que Cernunnos despreciaba en este momento. Jugueteó un poco con el pasto que se enredaba entre sus dedos como buscando alguna idea, alguna oración que encajara y rompiera este silencio que se volvía cada vez más incómodo. –Cada uno decide ver lo que quiere- se apresuró a decir, -el mundo es un lugar incierto y solitario, y por eso construimos una imagen mezclada entre lo que vemos y lo que queremos ver. Por sí misma, la vida parecería demasiado hostil e insoportable. Cada cual le agrega su pequeño riachuelo o su gran bosque a las cosas. El hecho de que tu lo veas de esta forma significa que, en parte, le estas poniendo los colores y las texturas que consideras adecuadas para darle sentido. Sabes, a veces pienso que no existe tal cosa como lo verdadero. Pero en todo caso, nuestra existencia siempre se construye con una combinación de verdades e interpretaciones sobre las cosas-. Decidió callar de nuevo.

Se sentía satisfecha con la respuesta que había dado, aunque en el fondo, no estaba segura de si ese argumento era su forma de sobrellevar la incertidumbre abrumadora del mundo. Él la miró tranquilo. –es sólo que a veces me siento exhausto ante la forma que asumen las cosas cuando las observo-. Siguió mirando el valle unos instantes y después, se volteó y pasó su mano entre los cabellos de Tanwen. Respiró profundo y le besó los hombros. Ambos se recostaron lentamente sobre la hierba y se dispusieron a observar el concierto de grises que se asomaba en el cielo.

***

Esa mañana Cernunnos se levantó un poco molesto. El despertador había sonado 10 minutos antes y el sueño se le había ido. Caminó lentamente hacia el baño y se miró al espejo. Esbozó una sonrisa ligera con cierto aire de desprecio. Observó su cabello revuelto y se tranquilizó: todas las mañanas despertaba del mismo humor. Giró las llaves de la regadera y se apresuró a entrar en la pequeña cortina de agua que lo esperaba impaciente. Ocho minutos con cuarenta segundos después estaba en su cuarto poniéndose la camisa azul de cuadros y el pantalón beige de todos los martes. Medio calcetín arriba y escuchó a Ana con el anuncio de rutina. -¡Amor, ya baja a desayunar!-. A partir de aquí, a lidiar con el cotidiano masticar: en la mesa un pan tostado con mermelada de durazno, no de fresa, ¡jamás de fresa!, un jugo de naranja sin semillas ni grumos, un par de huevos con tres tiras de tocino al lado (ni muy quemadas ni muy crudas) y una taza de café caliente con una cucharada de azúcar. Terminar 25 minutos antes de las 9, con el tiempo justo para lavarse los dientes, salir a calentar el carro, pasar por el puesto de revistas, comprar el periódico y llegar a la oficina a las ocho horas con 58 minutos.

Había conseguido hacía diez años emplearse como asistente del área de ventas de un pequeño negocio distribuidor de insumos para papelerías y fotocopiadoras. Ahora era el encargado de las finanzas. No había estudiado ninguna carrera. Un día simplemente optó por buscar un empleo que le permitiera ganar un poco de dinero para vivir sólo y pagar algo de comida cuando decidió que quería recorrer el mundo en lugar de ser un profesionista aburrido como anhelaban todos sus conocidos. Su plan era mantenerse temporalmente empleado en un negocio pequeño pero con futuro para ir escalando rápidamente posiciones y en un par de años haber reunido dinero suficiente para conocer Escocia e Irlanda, de donde eran su abuelo y abuela respectivamente, quienes le habían contado muchas historias y leyendas de estos países. Su mismo nombre le había sido puesto en honor al dios celta de la abundancia, a propuesta del abuelo, que aun conservaba el culto por la antigua religión de sus ancestros.

Un día, cuando tenía ocho años, el abuelo le había hecho prometer que alguna vez visitaría Escocia, donde se encontraba un pequeño tesoro, guardado por generaciones en la familia, que lo estaría esperando. Cernunnos recordó años más tarde su promesa y un poco antes de cumplir los dieciocho decidió que era tiempo de recibir su premio. De acuerdo a lo planeado, no tuvo dificultades para ascender rápidamente hasta convertirse en el encargado del manejo del dinero en el negocio. Sin embargo, Cernunnos dejó de lado, con el tiempo, su plan. Ahora podía rentar un departamento grande y comer fuera de casa todos los días.

Unos años después conoció en un parque a Ana: una bella mujer de piel bronceada y ojos oscuros como las noches de infancia en que soñaba con viajar. ¡Era la segunda con ese nombre que conocía!, aunque de la primera sólo se acordaba vagamente. Inmediatamente quedó fulminado por su mirada, pero su timidez le impidió acercarse a ella. Decidió ir todos los días al mismo parque hasta volverla a encontrar y decidirse a invitarla a salir. No tuvo que esperar mucho, porque al día siguiente Ana estaba en el mismo lugar sentada, esperando volver a ver a Cernunnos, con su mirada azul profundo y sus cabellos de fuego.

Después de cinco días, el muchacho al fin se decidió a abordarla, flores en mano, para pedirle una cita. Ana aceptó encantada y desde entonces no se separaron un día más. Un año y medio después decidieron irse a vivir juntos en el nuevo departamento que Cernunnos había adquirido, como resultado de un aumento recibido por haber realizado un recorte a los costos de la empresa del veinticinco por ciento, luego de un concienzudo análisis que le significó noches enteras de desvelo.

Ocho meses después, Cernunnos y Ana decidieron casarse, ante la alegría de los padres de ambos, que habían empezado a preocuparse por la situación “irregular” en que vivían sus hijos. Ahora, el muchacho de antaño había logrado hacerse de un respeto en la empresa, de un hogar con esposa, muebles, casa, viajes ocasionales a las playas cercanas dos veces por año y un futuro prometedor una vez que el dueño decidiera retirarse del negocio. Le había dicho un año antes que quería dedicarse a la escultura, su pasión secreta, después de veinte años encerrado en la empresa, y que quería que él se encargara por completo de su manejo. No tardaría más de dos años, le había dicho. Cernunnos tenía grandes planes para expandir el negocio y hasta había imaginado empezar a abrir sucursales fuera de la ciudad.

Cernunnos subió al carro y arrancó. El puesto de revistas quedaba a unas cinco cuadras de su trabajo, pasando por la avenida principal y dando vuelta a la izquierda en el segundo semáforo. Giró en esa dirección y avanzó tres cuadras. De pronto le pareció notar un edificio azul de tres pisos que jamás había visto. Decidió ignorar este detalle. Más adelante se encontró con un par de casas derruidas, una vieja hacienda, un establo, un riachuelo… -¡donde diablos estoy!- se preguntó. El agua era tan clara y el parloteo del viento lo iba hipnotizando lentamente. De repente se dio cuenta que se había bajado del auto y estaba olfateando el pasto. Se acercó a la orilla del riachuelo, se hincó y bebió un poco de agua. Se estremeció y despertó agitado. Tanwen lo tomó de las mejillas y le besó la nariz. -Sólo fue un mal sueño- dijo.

***

¡Aprisa, corre que vamos a perdernos la puesta de sol! Le dijo Ana a Tanwen. Las dos hermanas habían acordado visitar el bosque y aprovechar el atardecer para realizar unos conjuros de amor. Los habían encontrado en el libro de manuscritos de la abuela, ocultos en el sótano de su choza. Tanwen aceleró el paso pero su vista estaba distraída con el viento fuerte que soplaba esa tarde. La sensación del aire golpeando su pecho le inquietaba sobremanera, especialmente porque la noche previa había tenido un sueño revelador.

En éste, caminaba por senderos construidos con un material similar a las piedras. Las chozas eran gigantescas. A los costados se veían circular carrozas metálicas que emitían sonidos infernales y la gente gritaba encolerizada. De pronto, esa sensación del viento acariciando la piel… Tanwen decidió cerrar un poco los ojos para controlar la nausea que estaba experimentando. Al abrirlos de nuevo vio frente a si a un muchacho de cabellos rojos. -Tanwen, soy Cernunnos. Te esperé por siglos y finalmente te encuentro- susurró.

El sueño la había mantenido despierta buena parte de la noche y durante todo el día había tenido impregnado un cierto olor a tierra húmeda. Casi podía sospechar que ese olor provenía de aquel extraño visitante de sus sueños que se hacía llamar Cernunnos. Conforme avanzaba tirada del brazo por su hermana optó por no dar importancia al suceso. El único Cernunnos que conocía era el viejo herrero del pueblo que por ningún motivo despertaba sus pasiones y que llevaba casado con Syblith por más de cuarenta años.

Recordó que su abuela Gwen le había contado hacía unos días que aquel viejo la había abordado un año antes de casarse. –Cernunnos se acercó un día, a mitad de la plaza y me dijo que yo era la mujer más hermosa que había visto en su vida. ¡Vaya patraña! Yo estaba enterada de que él cortejaba a todas las mujeres del pueblo en cuanto cumplían 16 años, así es que le agradecí por sus palabras y le dije que si no fuera por su cojera al caminar y su imperdonable olor a fango habría caminado discretamente hacia él y le habría besado la mejilla. No volvió a molestarme nunca. Yo sabía que no podía soportar que alguien se refiriera a él de tal forma-. La nieta recordó esa conversación y se convenció de que probablemente el sueño estaba relacionado con dicha confesión.

-¿Ya viste que bellos son los suspiros naranja que se dibujan en este lienzo azul que tenemos frente a nosotros?- preguntó Tanwen a Ana. –No lo diría con esas palabras, pero ciertamente es bello este atardecer- respondió. La muchacha había olvidado que su hermana odiaba que ella describiera todo de una forma tan rebuscada e incluso cursi. Tanwen, en cambio, adoraba hablar de las cosas así. Más adelante, se enfrentaría con otras personas que le reprocharían eso mismo y ella se defendería diciendo que cada cual elige los colores y texturas con que quiere enfrentar esta vida incierta.

Se apresuraron a elegir un árbol para acampar e iniciar con el ritual. Los cabellos dorados de Ana parecían brillar más cuando el sol convaleciente la cubría con su resplandor. ¡Se veía tan bella con sus diecisiete años recién cumplidos!, su piel nítida y rosada invitaba a contar historias de guerreros que combaten desde la planicie intentando escalar sus pronunciados senos hasta la punta rugosa e imperceptible escondida entre sus ropas. Sus formas generosas y abundantes prometían un banquete sólo celebrado por los dioses, en donde cada cuerpo se volvería la extensión del siguiente. Sus labios húmedos y profusos capaces de reverdecer este viejo bosque bajo el que se arropaban las dos muchachas saludaban al viento con una arrogancia insoportable. Sus parpadeos marcaban los acordes con los que danzaban los árboles y el mismo follaje. El riachuelo ubicado a unos cuantos pasos se abalanzaba hacia sus pies invitándola a penetrarlo.

Tanwen, de dieciséis, por el contrario, era tan breve e imperceptible que la brisa traspasaba su cuerpo sin emitir sonido alguno. Casi se podía decir que estaba hecha de silencio denso y asfixiante. Su cabello oscuro presagiaba la muerte de este sol que las contemplaba agonizante. Tenía que admitirlo, la muchacha envidiaba a Ana porque hasta la luna misma posaba su mirada de plata sobre el delicioso territorio de su hermana.

Recogieron algunas ramas y las apilaron en forma triangular para encender una fogata. Ana tomó un puñado de hojas secas y las arrojó al fuego, incitándolo a despertar. Tanwen recogió un poco de agua en un cuenco y lo colocó el lado de la fogata. Se sentaron una frente a la otra y se tomaron de las manos y resoplaron fuertemente hacia el centro cuatro veces. – ¡Señor y Señora, cúbranme con sus poderosos brazos, cúbranme con su luz! ¡Que la luna y el sol sean el cuerpo que me abraza esta noche, que cada ser que respira en este momento sea el mensajero de vuestro infinito amor!-. El viento se detuvo por un instante y el riachuelo y la floresta contemplaron disciplinadamente a las dos mujeres por incontables segundos. Aun el fuego contuvo su ira ante la escena. El agua depositada en el cuenco, por el contrario, danzaba con cada suspiro que escapaba de la boca de Tanwen y Ana. El horizonte exilió los marrones que aun circundaban en el ambiente y se vistió de negro.

Cernunnos despertó agitado. Había vuelto a ver a aquel ciervo al que perseguía sin fin a un lado del arroyo. La última vez que soñó con él tenía diecisiete y aun jugaba fútbol con el equipo de la colonia. Había sido durante un partido en el que se enfrentaban contra los campeones del torneo anterior cuando, en un desborde por la banda como el que siempre había soñado realizar, vio a aquel animal en plena huida y lo persiguió hasta darle alcance.

No podía evitar esa sensación de sentirse perseguido él también por el ciervo ¿o había sucedido al revés? Al llegar a un viejo árbol ambos se detuvieron al contemplar a una mujer que sostenía un alcatraz entre las manos. Acaso tendría más de quince años y se percibía virginal e incorruptible. La muchacha volteó a ver a ambos y suspiró de forma tímida. Miró a Cernunnos y dijo: -¿no te acuerdas de mí, querido ciervo? Debes recordar tu promesa y dejar de tener dudas de una vez por todas-.

Ahora el sueño había sido más raro aun. Había salido de su casa rumbo a la oficina y de pronto se había descubierto oliendo el pasto, a orillas de una vieja hacienda. Bebió un poco de agua del arroyo que se asomaba a unos metros y al levantar la mirada se encontró con un ciervo que lo observaba fijamente. Separó los labios y de su boca surgieron las inquietantes palabras: -la simiente es el inevitable final-. Se despertó confundido y descubrió que aun balbuceaba algunas frases. –Duérmete, son las cuatro de la mañana y tienes una pesadilla- le dijo Ana.

Después de una hora, las dos hermanas abrieron los ojos y dejaron de tomarse de las manos. Estaban algo aturdidas y su vista era borrosa. Ana sonrió discretamente y esperó a que Tanwen dijera algo, pero su hermana menor tenía la mirada perdida y masticaba el momento. Decidió hablar primero. –He visto a un hombre que perseguía a un ciervo a lo largo de un riachuelo y se ha detenido a observarme, se llama…-¡Cernunnos!- interrumpió Tanwen, -y me ha dicho que me ha esperado por siglos-. –¡Exacto, eso es lo que me ha dicho!- apuntó Ana. -¿has visto lo mismo que yo?… sabes, una de las dos deberá casarse con él, me lo ha dicho este bosque entre susurros mientras realizábamos el conjuro -. –Así sea- respondió Tanwen.

***

Cernunnos quedará maravillado después de aquel encuentro con la muchacha de la cafetería. La visitará todos los días con el pretexto de la hamburguesa con papas acostumbrada. Ana Tanwen empezará a sentir angustia en las pupilas cada día, quince minutos antes de las dos de la tarde, esperando al flacucho pelirrojo que entrará a su mirada diez minutos más tarde y le contará detalladamente las estrategias y alineaciones utilizadas en ese curioso deporte de veintidos cavernícolas persiguiendo un balón en espera de humillar al contrincante, de la mano de un selecto grupo de caudillos que aleatoriamente introducirán la bola en la portería y se desbordarán unos segundos después en alaridos interminables de triunfo.

Cernunnos le relatará también la historia de su abuelo y abuela, quienes decidieron salir de Escocia e Irlanda, respectivamente, después de repetidos sueños en los que conocían al amor de su vida en una tierra lejana. Habrían decidido emprender el viaje por las mismas fechas -sin siquiera conocerse ni saber de la similitud de sus historias- ante la sorpresa de sus familias. Apenas un par de días después de haber arribado al país extraño se conocerían en un café y decidirían no pasar un día más separados.

Él sólo había cargado con una pequeña maleta y un libro escrito por su padre donde narraba las hazañas de unos parientes que habían vivido en el siglo doce y ella con un poco de ropa y una compilación de hechizos heredado a las mujeres de la familia por siglos. Ana Tanwen le dirá que es una historia maravillosa que demuestra que el amor existe y Cernunnos le responderá que es sólo un cuento cursi que probablemente los abuelos han inventado para hacer su vida más llevadera. Ana, Tanwen, Ana Tanwen sentirá un escalofrío insoportable al oír esas palabras y se preguntará si el corazón de Cernunnos está frío.

La muchacha, por su parte, le compartirá al futbolista sus deseos de estudiar literatura y contar historias olvidadas por los pretenciosos escritores de la época. Le confesará también su oculto anhelo por incursionar en el modelaje y se sonrojará al pensar en lo absurdo de combinar ambos mundos. Cernunnos le dirá que le resulta apasionante la sola idea de emprender tal aventura. Ana Tanwen lo mirará fijamente y sentirá un silencio suave y arropador en el ambiente. El muchacho se preguntará si el corazón de ella será capaz de escuchar la música que emite el espacio angosto que los separa en ese momento.

Tres días después, Cernunnos terminará con Marta, no sin antes escuchar de su boca un enfurecido concierto de reclamos y súplicas que el muchacho interrumpirá para salir a la calle bendecida por una tormenta. Las gotas inundarán cada una de sus ideas y reverdecerán los sueños dormidos por tanto tiempo. -La simiente es el inevitable final- se repetirá sin tregua hasta llegar a la cafetería. Cruzará la puerta y le parecerán interminables los veinte pasos que lo alejan de aquella mujer misteriosa. Ella lo saludará y percibirá un cierto aroma a pasto húmedo proveniente del muchacho. Él se abalanzará hacia sus labios y los envolverá con la humedad que recorre su cuerpo. Cada uno de los trescientos veintiocho segundos que sucederán después, sin distancia de por medio, se escurrirán lentamente para Cernunnos. Para Tanwen, en cambio, los siglos acumulados correrán desesperados entre los callejones de su piel atrapada en este vendaval. Él no emitirá palabra alguna y se conformará con mirarla detenidamente las siguientes dos horas.

Dos días más tarde, después de interminables horas de batalla sobre el cuerpo del otro, ella lo mirará fijamente y le dirá que tiene que emprender un viaje largo y sin retorno. Le agradecerá profundamente por el tiempo compartido y se marchará dejándolo inmóvil a la orilla de la cama. Él escuchará un coro gigantesco de aficionados entonando el himno de su equipo. Sus piernas intentarán despertar y alcanzar a la muchacha, pero el piso será fangoso y no le permitirá avanzar más de un metro. Se verá a si mismo caer derrotado con la portería a cuestas y el balón incrustado. Ana correrá a la tribuna a festejar levantándose la playera. El árbitro acercará el silbato a su boca y decretará el inevitable final. Las primeras gotas de lluvia caerán de su rostro y él esperara tendido a que el estadio se vacíe. Permanecerá un mes exacto en cama, escuchando los discursos preparados para la ocasión por sus padres, que al final, sólo serán música repetida secuencialmente en sus oídos: la menor, fa sostenido, sol mayor, do mayor, mi menor.

Decidirá buscar el tesoro prometido por los abuelos y olvidará el fútbol. Al día siguiente empezará a comprar el periódico rutinariamente para sumergirse en los anuncios clasificados. Tres meses después, a mitad de la página 5-F leerá: Insumos para Negocios S.A. solicita ayudante de ventas. Interesados comunicarse con el señor Rogelio al teléfono… a la semana siguiente reunirá sus ahorros y meterá un montón de ropa en su mochila. Rentará un pequeño cuarto a cinco cuadras de su nuevo empleo. Borrará de sus recuerdos aquellos labios de mujer silenciosa.

***

Tanwen tomó el cuenco en sus manos y se levantó para reincorporar el agua al riachuelo. Su hermana se quedó jugueteando con el fuego que nacía de aquellas ramas secas que había apilado al atardecer. Se podría decir que hacía magia con las manos, porque cada vez que las pasaba cerca de la llama ésta se retorcía al ritmo que Ana marcaba. Era casi como una demostración del poder que esta muchacha tenía sobre todas las cosas esa noche.

Lentamente, pero a voluntad, iba marcando lo que sucedería al siguiente instante en aquel bosque. Y Tanwen la admiraba porque parecía como si Ana ignorara lo que era capaz de hacer. La mirada de la rubia carecía por completo de soberbia. Todo era un gran juego sin importancia. Pero al mismo tiempo envidiaba a su hermana porque era capaz de provocar todos los milagros en los que Tanwen creía… ¡y ni siquiera se daba cuenta de esta habilidad tan escasa y maravillosa!

Se sintió culpable y decidió regresar al pie del árbol desde el que Ana contemplaba al cielo. Se sentó a su lado silenciosamente, tratando a toda costa de no interrumpir a su hermana. Ana suspiró profundamente y volteó a ver a Tanwen. La muchacha de ojos negros se sintió descubierta y estuvo a punto de confesar la envidia que estaba sintiendo en ese momento. Ana la atajó acariciando sus largos cabellos. -¿Quién crees que lo conozca primero, Tanwen?- preguntó. -¿A Cernunnos?… me parece que tú, Ana. Eres la más hermosa de las dos y de seguro él quedará fulminado con una sola de tus miradas- dijo. -¡Ay, hermanita! Entiendo que digas eso porque me quieres, pero tú tienes un aire de mujer misteriosa. Eres casi inalcanzable y nadie parece adivinar tus pensamientos. Estás distante de todas las cosas que suceden en el mundo y eso vuelve locos a los hombres. Yo soy una mujer ordinaria y débil-.

Tanwen sintió en ese momento más admiración que nunca por su hermana. No importaba la forma tan bella como la había descrito. Era más bien esa ingenuidad con la que Ana ignoraba todo lo que aportaba al mundo hasta el punto de considerarse frágil, cuando en realidad esa era la más grande de sus fortalezas. –Cernunnos perderá el aliento desde que escuche tu voz por primera vez, Ana-. Ambas rieron agitadamente. Tanwen sabía que en parte deseaba que eso último no fuera cierto y se preguntó si su hermana estaría pensando lo mismo. Se apresuraron a recoger los diferentes instrumentos traídos para el ritual y apagaron la fogata. Empezaron a caminar de regreso a su casa. Afortunadamente Tanwen había recorrido ese camino de noche muchas veces y no temieron perderse. La luna las bendijo con su luz durante el trayecto. Estaban exhaustas y sus camas las recibían seductoramente al llegar a casa. Ambas esperaban obtener más respuestas en este sueño que ahora la hipnotizaba.

***

Cernunnos había estado durmiendo muy mal los últimos días. La imagen de un ciervo mirándolo fijamente mientras él le decía cosas sobre un inevitable final le generaba una sensación de angustia. No era tanto el hecho de hablarle a un animal, sino que el ciervo no le hubiera contestado nada, o que ni siquiera le hubiera preguntado a cuál final se refería y por qué se lo decía a él. -¡Pero que coño estás diciendo, Cernunnos!- se dijo en voz alta -¿Por qué te preocupa tanto si un animal te contestó o no? ¡Los animales no hablan, baboso!, se reprendió en tono burlón. –Debe ser tanto trabajo que he tenido últimamente, con esto de que Don Rogelio quiere que conozca el funcionamiento de todas las áreas del negocio antes de nombrarme gerente- se sugirió en voz baja. Se quedó inmóvil, repasando la escena de la pesadilla -¿Qué chingados es la simiente?-¿Es acaso algo que no es honesto y por lo tanto si-miente?-. Sus carcajadas inundaron la oficina en la cual trabajaba. Un par de empleados lo voltearon a ver con esa mirada inquisidora de quien sabe que la locura es algo que no es bueno publicitar. -¡Que malos chistes cuentas, Cernunnos!- sentenció el celta flacucho.

No obstante, no pudo borrar la palabrita de su mente. También le inquietaba haberse acordado de aquel otro sueño con la muchacha viéndolo fijamente. ¡Era tan hermosa! Mirarla lo remitía invariablemente a aquella canción que escuchaba una y otra vez en su adolescencia: I close my eyes, only for a moment, then the moment’s gone. All my dreams pass before my eyes, a curiosity. Luego nada, un silencio que se podía estrujar con ambas manos. El ciervo y él ahí, inmóviles y unidos por una espera larga como días de verano. Y el olor a follaje y lodo. No había conocido nunca a alguien así. Bueno, tal vez a aquella muchacha Ana Tanwen, tan lejana ahora de su memoria. ¿Que había pasado con ella? ¿Por qué no funcionaron las cosas? –En verdad que te amaba, Ana Tanwen; aunque te haya conocido tan poco- susurro. -¿Cómo fue que se acabó eso que tuvimos?-.

La pregunta lo llevó a una imagen que había escondido por años: un delantero que avanza firme hacia él con el balón alineado obedientemente a su pie. Cernunnos inamovible bajo la portería aguardando el momento preciso para abalanzarse con furia hacia ese objeto redondo que es capaz de fecundar la esperanza y producir el júbilo más grande, breve y extenso a la vez, que alguien pueda experimentar.

Respira profundo y decide encarar a ese irreverente número 9 en la playera que se ha atrevido a llegar hasta su territorio. La mirada del delantero es tan parecida a la del ciervo del sueño de Cernunnos: desafiante y temerosa en el mismo instante. Su cintura, sus hombros y su cuello avanzan con fuerza… la mirada del delantero atraviesa al viento… ¡las piernas de Cernunnos no se mueven!… su cuerpo entero se desploma lentamente como aquella frase cuando conoció a Ana Tanwen: -¿C o n p a p a s?-. El balón emite un susurro al pasar por encima del pelirrojo. Los contrarios gritan con su público la alabanza fundamental: goooooooooooooooooooooooooooooooooooool!

El padre de Cernunnos ha bajado los brazos y su rostro se ha endurecido de una forma que ese niño parado a su lado jamás había visto antes. El equipo resistió inquebrantable, durante 88 minutos, a la poderosa delantera de la escuadra contraria. El delantero estrella del equipo de Cernunnos incluso fue capaz de ingresar al área en una ocasión y conectar un potente disparo que unos instantes antes de llegar a la meta desvió su trayectoria y se estrelló en el poste a los 88 minutos con 42 segundos. El rebote llega a un defensa que pone un pase de 50 metros al media punta, quien recibe en el círculo de media cancha. Acelera y deja atrás al último defensa. Se enfila hacia el área. El portero ya lo espera a medio metro de distancia. Aplica una gambeta y deja al último guerrero en el suelo. Avanza sólo y caminando entra a la portería junto con el balón. Se hinca y llora. Unos segundos después es sepultado por sus compañeros que gritan desaforados. Tres minutos de compensación más tarde, el árbitro levanta las manos y concluye el partido. Las nubes se golpean unas con otras y gruñen. Las gotas de agua se abalanzan hacia la multitud. Cernunnos voltea a ver a su padre y descubre que las mejillas de éste están mojadas. No sabe distinguir entre lágrimas y lluvia.

Los restantes cuarenta minutos transcurridos entre la salida del estadio y la llegada a casa han estado desbordados por esa ausencia de sonidos. El niño se siente desconcertado y ha intentado una última ofensiva: dibuja cada centímetro de silencio con las notas del himno de su equipo. Al cruzar la puerta de casa, el niño aprieta las manos y mira a aquel bosque incendiado que en este momento duda en llamar padre. –Te prometo que yo jamás estrellaré un balón en el poste- le dice. El hombre le sonríe y se dirige hacia su cuarto, cerrando la puerta tras de si. Nunca más irán al estadio.

Cernunnos se ha percatado que ha pasado toda la tarde pensando en esto. Es hora de regresar a casa. No se siente cómodo ni siquiera en su propio cuerpo. Cierra su oficina con llave, apaga las últimas luces y se dirige al estacionamiento ¿Qué habrá sido de Ana Tanwen? Llega a casa y saluda a Ana, a esa otra Ana del presente que se ha convertido en parte de esta colección de cosas inamovibles de su vida. ¡Le resulta tan imperceptible!

***

Ana deja en la mesita de la sala el libro que estaba leyendo antes de que llegara Cernunnos y se acerca para arroparlo con sus labios. Lo envuelve apasionadamente mientras acaricia su mejilla. Él corresponde tímidamente e intenta compensar la devastadora sobriedad con una sonrisa. -¿Cómo te fue, amor?-. –Igual que siempre, Ana. La oficina no ofrece grandes emociones, pero paga nuestras cuentas-. La mujer se dirige hacia la cocina y le pregunta si quiere cenar lo de siempre. Él responde afirmativamente con un sonido que bien podría ser un gruñido. Mientras ella prepara el acostumbrado sándwich con jamón, queso, mostaza y una hoja de lechuga, Cernunnos piensa repetidamente en la frase del sueño: la simiente es el inevitable final. Ana le lleva la cena acompañada de un vaso de leche.

-¿Tú sabes que significa la palabra simiente?, todo el día la he traído en la mente-. No esperaba una respuesta certera de parte de Ana. De seguro que ni conocía ni le importaba una palabra así. –Significa semilla, amor- le contestó. -¿Cómo lo sabes?-. –La utilicé en el primer poema que te escribí, ¿te acuerdas? Decía: “Con tu mirada combatiente y tu olor a pasto dibujas la simiente de este suspiro con que te cubriré del frío, por las noches”.

Lo observó detenidamente y respiró despacio. –Ya no me acordaba de ese poema- respondió el pelirrojo. –Lo se, yo guardé todos los poemas que te escribí, porque querías conservarlos para cuando el mundo se volviera hostil y necesitaras fuerza… eso me dijiste-. Él no pudo contestar nada. No se sentía culpable por haber incumplido la promesa. Simplemente no sentía nada. –Simiente no es una palabra complicada de saber, pero además algo que nunca te conté es que siempre quise estudiar literatura… y terminé estudiando ingeniería, ¡que barbaridad!- dijo Ana con un dejo de nostalgia. –En mi juventud aprendí muchas palabras… y las amé profundamente-. La mujer sintió unas ganas enormes de contarle muchas cosas a ese flaco que tenía enfrente, inundado de curiosidad. –Ana Tanwen quería estudiar literatura- pensó Cernunnos. –Gracias, corazón, me resolviste la duda- le respondió a su esposa. Desde que se casaron, él había decidido llamarle a Ana por su nombre. Ahora, por fin, después de tanto tiempo le había dicho como en los primeros tiempos. Sintió un flujo de euforia en su cuerpo. Su esposo se levantó de la mesa y se fue a ver el noticiero nocturno.

Ana se quedó con una sensación de hueco en el estómago. Más bien era una sensación de aglomeración en la boca. Se le juntaban las palabras y se tropezaban unas con otras. Se peleaban entre sí y armaban discusiones estúpidas sobre cual de ellas era la más oportuna para salir a conquistar de nuevo la mirada de aquel tipo; el que en esos instantes se sumergía en las historias recicladas del mundillo político que le narraba el televisor. Fue una lucha estéril porque ninguna idea salió de los labios de aquella mujer.

Ana pensó en su infancia llena de deseos. No recordaba qué era lo que anhelaba en esos años, pero tenía grabada en la memoria esa sensación de recordar. Aquella nausea ligera que se le alojaba en el estómago y se iba convirtiendo en cosquilleo. Los pulmones hinchados de ganas que le hacían suspirar profundo. Tal vez esa era la razón por la cual quería estudiar literatura: tener un pretexto para no morir de asfixia, para poder dormir tranquila sin todas esas ideas invadiéndola.

Construir un sinfín de mundos en los que pudiera caminar despreocupada. Tal vez un día podría llamarse Natalia y ser el centro de atracción de todas las miradas y al siguiente simplemente no tener un nombre y observar sentada el ocaso. Tal vez decirse a si misma Tanwen y contemplar a lo lejos a un ciervo al ser perseguido por un flacucho pelirrojo que corre pidiéndole poner fin a la carrera. ¿De donde había sacado el nombre de Tanwen? Le era tan familiar. Definitivamente era sólo producto de esa mente suya que se movía tan rápido y la dejaba constantemente inmóvil, con un largo silencio arropándola, carente de palabras. Los números eran, en ese sentido, mucho más fieles.

Ana pasó sus años de adolescencia inmersa en historias fantásticas que iba construyendo conforme descubría al mundo. A los trece, por ejemplo, imaginó ser una bióloga famosa que con sus investigaciones sobre los genes ayudaría a encontrar curas para múltiples enfermedades. A los quince optó por ser guerrillera que combatía a los grandes capitalistas y lucharía desinteresadamente porque los más pobres vivieran dignamente. A los quince y medio sería la ensayista política que develaría los más oscuros secretos de las élites y los grupos de poder. A los dieciséis encarnaría a una princesa medieval en espera de ser rescatada por un guerrero que la llevara a recorrer sitios remotos y extraños. Prefería a los vasallos por sobre los príncipes en sus historias.

En todo ese tiempo había imaginado muchas veces cómo sería el instante en que conociera al amor de su vida. Las escenas y los diálogos fueron tan amplios que le hubieran permitido escribir su primera novela. No obstante, siempre prevalecía una ligera brisa recorriendo dos cuerpos mientras las miradas se encontraban y se comunicaban cosas para las cuales las palabras eran simplemente insuficientes. A lo lejos, siempre se escucharían los acordes de la canción que rondara la mente de Ana por esa época.

Era una muchacha bastante bella. Sus ojos grandes y negros eran tan atrayentes que desde niña empezó a ser asediada por sus compañeros de escuela y vecinos. Con la pubertad su cuerpo se desarrolló más que el de sus compañeras. Sus senos grandes y delgada figura incrementaron su popularidad. Esto la ponía sumamente incómoda y nerviosa. Aprovechando su desaforada imaginación decidió recluirse en sus historias.

Recién cumplidos los dieciocho, Ana empezó a soñar con cielos aderezados de colores. Cielos azules inmensos que incrementaban esa sensación de completud, de océanos que se desbordan y lo cubren todo; incluso la desesperanza. Esos azules incorruptibles que anunciaban la llegada de las grandes aventuras a su vida. Cielos grises que le recordaban el momento en que la primera gota de tormenta besa la tierra y luego ese ligero olor a humedad casi tan parecido al de la primera taza de café por las mañanas. Ese gris de impaciencia mientras se escuchaba al cielo advirtiendo diluvios que parecían no llegar. Cielos rojos de añoranza que narraban el final de los días. Particularmente los rojos le recordaban una época lejana y confusa en su mente. Más bien era una sensación de haber estado en otro lado antes. Rodeada de azules esperanza y grises impaciencia, pero sin pertenecerle como ahora. Ella había sido más bien de árboles y ramas secas. De conjuros. Pero también de una profunda tristeza ante lo inconcluso. ¿Su desesperanza ante lo incompleto era la misma ahora que entonces? 

Empezó a desarrollar un profundo interés por la magia y la brujería. Era como si buscara las líneas ocultas del relato que los cielos rojos le negaban en los sueños. Buscó cuanto libro pudo sobre rituales wiccan y similares. Le obsesionaba tanto que incluso comenzó a escribir su primer relato sobre una muchacha celta, habitante de la Escocia de principios de milenio, que tiene una extraña facilidad para comunicarse con las fuerzas de la naturaleza, lo que la mantiene en un constante conflicto. Ella no quiere tener esos poderes porque la alejan de lo común, de lo conocido. Al mismo tiempo le maravilla la simpleza con que las cosas comunican sus ideas y sentimientos. Odia lo complicado. 

La muchacha practica brujería en un bosque junto con su hermana menor y tiene una alucinación sobre un hombre que le dice que la está esperando. Al despertar del trance, su hermana le cuenta que ha visto lo mismo. Ambas regresan a su casa.

Ella no logra dormir durante días debido esa sensación extraña y no puede ver a su hermana a los ojos. Su hermana decide, después de un tiempo, emprender un viaje largo para curar su corazón, según le cuenta al despedirse. La muchacha siente que algo se le ha muerto con la partida de su hermana. Quisiera haber sido esa pequeña aventurera que no sabe si volverá a ver. La bruja se parece a Ana. La muchacha también reniega de lo complicado, aunque ama profundamente la complejidad. Por eso disfruta que en sus historias los múltiples detalles se aglutinen armónicamente, como canciones. Cada idea en su mente es una nota musical en búsqueda de tocar a otras, de recorrerlas suavemente y fundirse en una cópula monumental. Sólo le preocupa no descubrir el nombre de la muchacha celta ni de su hermana.

Particularmente los rojos le recordaban una época lejana y confusa en su mente. Más bien era una sensación de haber estado en otro lado antes. Rodeada de azules esperanza y grises impaciencia, pero sin pertenecerle como ahora. Ella había sido más bien de árboles y ramas secas. De conjuros. Pero también de una profunda tristeza ante lo inconcluso. ¿Su desesperanza ante lo incompleto era la misma ahora que entonces?

Recién cumplidos los dieciocho, Ana empezó a soñar con cielos aderezados de colores. Cielos azules inmensos que incrementaban esa sensación de completud, de océanos que se desbordan y lo cubren todo; incluso la desesperanza. Esos azules incorruptibles que anunciaban la llegada de las grandes aventuras a su vida. Cielos grises que le recordaban el momento en que la primera gota de tormenta besa la tierra y luego ese ligero olor a humedad casi tan parecido al de la primera taza de café por las mañanas. Ese gris de impaciencia mientras se escuchaba al cielo advirtiendo diluvios que parecían no llegar. Cielos rojos de añoranza que narraban el final de los días.

Particularmente los rojos le recordaban una época lejana y confusa en su mente. Más bien era una sensación de haber estado en otro lado antes. Rodeada de azules esperanza y grises impaciencia, pero sin pertenecerle como ahora. Ella había sido más bien de árboles y ramas secas. De conjuros. Pero también de una profunda tristeza ante lo inconcluso. ¿Su desesperanza ante lo incompleto era la misma ahora que entonces?

Empezó a desarrollar un profundo interés por la magia y la brujería. Era como si buscara las líneas ocultas del relato que los cielos rojos le negaban en los sueños. Buscó cuanto libro pudo sobre rituales wiccan y similares. Le obsesionaba tanto que incluso comenzó a escribir su primer relato sobre una muchacha celta, habitante de la Escocia de principios de milenio, que tiene una extraña facilidad para comunicarse con las fuerzas de la naturaleza, lo que la mantiene en un constante conflicto. Ella no quiere tener esos poderes porque la alejan de lo común, de lo conocido. Al mismo tiempo le maravilla la simpleza con que las cosas comunican sus ideas y sentimientos. Odia lo complicado.

La muchacha practica brujería en un bosque junto con su hermana menor y tiene una alucinación sobre un hombre que le dice que la está esperando. Al despertar del trance, su hermana le cuenta que ha visto lo mismo. Ambas regresan a su casa.

Ella no logra dormir durante días debido esa sensación extraña y no puede ver a su hermana a los ojos. Su hermana decide, después de un tiempo, emprender un viaje largo para curar su corazón, según le cuenta al despedirse. La muchacha siente que algo se le ha muerto con la partida de su hermana. Quisiera haber sido esa pequeña aventurera que no sabe si volverá a ver. La bruja se parece a Ana. La muchacha también reniega de lo complicado, aunque ama profundamente la complejidad. Por eso disfruta que en sus historias los múltiples detalles se aglutinen armónicamente, como canciones. Cada idea en su mente es una nota musical en búsqueda de tocar a otras, de recorrerlas suavemente y fundirse en una cópula monumental. Sólo le preocupa no descubrir el nombre de la muchacha celta ni de su hermana.

Después de un buen número de noches estériles, Ana no pudo escribir más. La historia parecía ocultársele insistentemente. Sin embargo, eso no parecía desesperarle. Confiaba plenamente en que el resto de la historia y de los personajes fluirían naturalmente hasta llegar a esas líneas que le narraban sus cielos azules. Decidió dejar el relato por un tiempo.

Una semana después, mientras caminaba rumbo a la librería vio pasar a un tipo alto que leía interesado un libro de poesía mientras esperaba el camión. Ella se acercó movida por una fuerza que escapaba a su entendimiento. No sabía qué decir, a pesar de estar acercándose cada vez más a este extraño. Sintió de nuevo esa hinchazón en los pulmones y claramente notó la ausencia de sonidos que se desprendía de todo lo que los rodeaba. Tragó saliva lentamente y lo abordó. -E s e l i b r o e s m u y b u e n o- dijo con mucho esfuerzo.

Pasaron 1527 milésimas de segundo antes de que el muchacho levantara la cabeza y la mirara. Cerró el libro y con paciencia paternal la observó y sonrió. -Te invito una taza de café y lo comentamos- le dijo. El mar despertó furibundo y atacó a esta arena apacible e indefensa que lo esperaba desde hace tanto. Todo se volvió música de agua y sal. Ana movió la cabeza afirmativamente y sonrió. Descubrió que él era un aspirante a escritor que renegaba del mundo. Era ese guerrero que ella había estado esperando. Durante los siguientes meses no existió en su mundo nada que no fuera él. Se llamaba Oleaje. Al menos así había decidido llamarle ella.

Ana y Oleaje pasaban muchas horas juntos en aquel café de la primera vez. Discutían sobre Literatura, Historia y Política. Los debates eran tan intensos que en varias ocasiones llegaron a interesar a los presentes, quienes se sentaban alrededor de la pareja para seguir los argumentos y contra argumentos que inundaban el ambiente. En una ocasión, Oleaje se desesperó tanto que empezó a gritarle a Ana, quien respondió de igual forma. Ambos callaron y los espectadores contuvieron el aliento ante ese par de miradas iracundas, a punto de explotar. Ana sonrió sensualmente y Oleaje se abalanzó sobre ella para besarla. Se abrazaron y no pronunciaron más palabras. Los presentes horrorizados volvieron a sus lugares. Los amantes enlazaron sus miradas desnudas por primera vez, pagaron lo consumido y salieron rápidamente.

Una extraña prisa los consumía. Esa sensación de aglomeración que tanto había sentido Ana parecía por fin encontrar salida. Entraron a un cuarto de hotel y lo que ahí sucedió pudo haber sido escrito en volúmenes épicos. No hubo más propiedad de los cuerpos. Cada centímetro de piel fue descubierto y conquistado. Bajo el aliento de Oleaje la floresta dormida de Ana reverdeció infinitamente. Al final, la muchacha sintió como todo alrededor desaparecía. Una luz profunda la cubrió y tras de ella, apareció el nombre tan anhelado: Tanwen. -Te amo, Ana- dijo Oleaje. -Tanwen, me llamo Tanwen- respondió la muchacha. -¿De que hablas?- cuestionó el muchacho. -Es un nombre que había estado buscando por mucho tiempo y lo acabo de descubrir. A partir de hoy me llamo Tanwen-. -Pues te amo, Tanwen-. Los cuerpos y las almas se recostaron un instante para sentir su respiración entrecortada.

Oleaje y Tanwen iban a todos lados juntos, aunque no estuvieran en el mismo lugar. Podían percibir el aliento del otro a kilómetros de distancia. Se recordaban constantemente. Los unía una canción que se repetía sin fin. Tanwen ya no sentía ganas de seguir escribiendo la historia de la bruja: vivía en ella todos los días. Había encontrado a su hombre de la alucinación en el bosque. No había culpas ni viajes que curaran corazones. El suyo latía vigoroso irradiando completud por todo lugar por el que pasara. Ni siquiera había tenido que lidiar con la hermana que compite por lo mismo. No tenía ninguna.

¿Cómo se habría llamado la bruja? ¿Ana? ¿Tanwen? No, Tanwen era su hermana. Ese pedazo de corazón desprendido con la distancia. En aquel momento, junto a Oleaje, ella había podido, por fin, ser esa otra mujer, la aventurera misteriosa. Pero en este instante, ella podía ser ambas compartiendo un mismo sueño, palpándolo, respirando de su brisa salada y su piel acuosa. Oleaje era sólo de las dos; de Ana y Tanwen.

A partir de ese momento, Ana y Tanwen empezó a escribir acerca de muchas cosas importantes. Sobre las formas de las piedras recostadas sobre las banquetas y su angustiosa existencia condenada al movimiento entre los pies de los caminantes hasta estrellarse contra las paredes o ser arrolladas por los neumáticos de los automóviles. La gente no entendía el dolor de las piedras. Escribió también sobre la sonrisa de una niña, sobre los rayos de sol acariciando con devoción a los árboles. Tenía tantas ideas encima. Pero ahora no se le aglutinaban, sino que salían como oleaje desbocado; como Oleaje. Sus ideas eran ahora extensas. Tanto como su nuevo nombre que a veces no la dejaba respirar: Ana y Tanwen. Decidió acortarlo sin perder su esencia: se llamaría AnyTa. Le acomodaba más. Le recordaba esa indefensión de la arena cuando es seducida por el mar.

AnyTa además contaba historias en el cuerpo fértil de Oleaje. Por las noches. A veces por las mañanas. Regularmente por las tardes. En sus ratos de distancia se dedicaba a los otros relatos. Sin embargo, algo le impedía mezclar ambas historias. Oleaje no sabía de piedras y sol y sonrisas. Sol y sonrisas y piedras desconocían a Oleaje. La separación involuntaria parecía mantener ese delicioso equilibrio que era su vida. Todas las palabras y las no palabras se acomodaban gloriosamente en este discurso que ella había buscado tantos años.

Sucedió un martes de cielo negro. Oleaje combatía con fiereza en los bosques de AnyTa. La engullía hasta volver a darle forma. La muchacha sentía sus ramas y sus arbustos y sus riachuelos mezclarse y escurrirse como arena que deja rastros en las manos del invasor. Los acordes alcanzaron su máxima intensidad y AnyTa, Ana y Tanwen, Tanwen, Ana escuchó claramente a sonrisas y piedras y sol cantar su canción. Todos sus lenguajes estaban juntos por primera vez, reconstruyendo a Babel con el discurso universal que juega a engullir a Dios. Oleaje yacía ahí, derrotado, con la sonrisa de la victoria. La muchacha apenas podía recordarse.

-He estado escribiendo mucho desde que llegaste a mi vida- le dijo súbitamente. -¿Sobre mi?- preguntó Oleaje. –No sobre ti, sino sobre lo que tu amor me ha enseñado a ver-. –Quiero leerlo-. –Traigo todos mis escritos en la mochila. Déjame voy por ellos-. Oleaje repasó aquellas palabras escritas sobre el cuaderno con la paciencia inquebrantable de la primera vez que vio a AnyTa. Al terminar, dejó las hojas en la cama, miró al techo y suspiró largo y profundo. Su mirada se había desvanecido. La mujer aguardaba con una sonrisa grande y piedras y sol. Esperaba que él volteara y que con los ojos la arropara, provocando nuevamente la explosión de todas las cosas. Jamás sucedió.

Oleaje volteó, efectivamente, pero con la mirada de lluvia desbordándosele. –Yo no conocía mi respiración antes de conocerte, AnyTa-dijo. -Ahora me siento más vivo que nunca. Todo lo veo más claro-. –Que bueno, amor- respondió la mujer; -Espera, no he terminado- atajó Oleaje. –Toda mi vida sentí una asfixia constante. Un ahogo que me empujaba a respirar fuerte; a combatir. El mundo era mi asfixia y mi motivo. Eso es lo que siempre he sido. Un guerrero en estado de alerta. Ahora que puedo respirar, no hay razón para estar contra el mundo. No tengo razón de ser. Sólo soy un cuerpo inerte que respira… y es insoportable. Necesito reencontrarme y eso no puede suceder mientras esté contigo- sentenció.

Se levantó de la cama y besó la frente de la muchacha inmóvil que respiraba lento. Se vistió tranquilo y salió del cuarto, buscando combates. Al oír la puerta cerrarse, AnyTa separó sus labios y emitió un grito constante y agudo durante cinco minutos. Se vistió también y salió. Al llegar a casa, decidió escribir en una hoja su epitafio:

Bajo tu nombre fui bautizada cuatro veces. Las primeras tres llegaron con tu oleaje anclando en mi arena. Así te ame tres veces entre tus palabras de sal. Este cielo oscuro que hoy me viste es testigo de la retirada de tus brazos húmedos. Fuiste mi simiente y fin. Este desierto que ahora soy recibe tu último bautismo. Te enterraré con mis recuerdos. Me llamaré Ana y moriré tranquila.

Ana por fin había recuperado sus recuerdos. Se sorprendió acompañada por dos pequeñas lágrimas que se asomaban discretas. Cernunnos seguía sentado frente al televisor. Amaba a ese flacucho. Lo otro había sido simplemente un enamoramiento juvenil. Este hombre de la sala era todo lo que siempre había querido tener. Ahora que había aprendido a recordar lo sabía.

Quitó las lágrimas de su mejilla y se fue a sentar al lado del pelirrojo. Cernunnos estaba pensativo. Volteó y se dirigió a su mujer. –Sabes, corazón, te pregunté por la palabra “simiente” porque hace poco tuve un sueño donde alguien me decía: “la simiente es el inevitable final”. Después de pensarlo mucho, creo que la palabra final no debe tomarse literal. Creo que la frase significa que toda causa tiene su consecuencia-. Ana sonrió tiernamente –No amor, significa que todo principio lleva contenida su propia muerte-. Se levantó y le besó la frente. –No te quedes hasta tarde aquí. Te espero en el cuarto-. Ana subió las escaleras sintiéndose ligera. Cernunnos se quedó profundamente confundido.

Ana repasó por última vez esa sensación de agua recorriendo su cuerpo. Tenía aun el oleaje impregnado en sus labios. Recordó el momento en que conoció a Cernunnos y ese fuego en su mirada que la consumió en un instante. Hacía varios años que había decidido exiliar la humedad de su existencia. No había entonces forma de apagar la flama voraz que le recorría aquel día en la plaza cuando miró por primera vez al pelirrojo. Y ella estaba feliz por eso. Ese calor proveniente de Cernunnos le había hecho volver a sentir su cuerpo. Decidió dormir arropada por la luz que desprendía aquel flacucho desvelado que ahora concentraba su atención en el televisor.

Como el día siguiente era domingo y no tenía que ir a trabajar, Cernunnos decidió seguir un rato más viendo la televisión, mientras digería esto que le acababa de decir su mujer. No podía concebir que algo pudiera contener su propia muerte. –A pesar de tu distancia, no has muerto en mi corazón, Ana Tanwen- dijo en voz alta. Se reprendió a si mismo pensando que su mujer pudo haberlo escuchado. Decidió cambiar de canal y ver cualquier cosa para distraer su mente. De pronto sintonizó un canal extranjero que anunciaba el inicio de una película en 5 minutos. Era un filme francés que por el simple nombre le hizo dejar el control remoto en la mesa.

Se llamaba “Le fabuleux destin d’Amélie Poulain”. La sola idea de conocer un destino fabuloso le maravillaba. -De seguro esta Amélie Poulain nunca supo de la muerte de las cosas. Estoy seguro que ella sabía que la simiente puede convertirse en algo que perdure. No como tu Ana Tanwen. Jamás creíste en ese fabuloso destino que nos esperaba- especuló. No podía evitar sentir una punzada en su corazón al decir esas palabras. Desde el comienzo de la película, Cernunnos no pudo moverse más. Cada diálogo le hacía recordar esa tonada de juventud: la menor, fa sostenido, sol mayor, do mayor, mi menor.

Se imaginó a si mismo en ese pequeño café en Montmarte, donde Amélie trabaja, tal vez en contraesquina de algún campus universitario. Se vio tirando piedras al río, como aquella muchacha de ojos grandes y cabello negro al cuello. Amélie se pregunta cuantas personas están teniendo un orgasmo en ese instante. Después de un catálogo de imágenes muy descriptivo, se responde que quince. Él pelirrojo recuerda que en su adolescencia, en medio de varios partidos, se ha hecho esa pregunta al recibir el balón. ¿Cuántas personas habrían estado teniendo un orgasmo mientras perseguía al ciervo?

La muchacha lo tiene hipnotizado. Ha decidido devolverle a un hombre sus recuerdos de infancia. Le deja, de forma anónima, una caja con pequeños trozos de pasado. La voz en off aclara la intención de la muchacha: “Si Amelie consigue emocionarle, dedicará toda su vida a hacer felices a los demás. Si no, pues nada”. Ante el éxito en su misión, ella decide tomar al destino en sus manos y reparar corazones rotos. El único por el cual no se ha preocupado es el suyo. Amélie sabe que hay alguien más esperándola ahí. Un alma gemela. Ese otro que la llevará por cielos azules esperanza y que con su oleaje la cubrirá toda. ¿De donde ha sacado esta imagen? La película no lo describe así. Pero podría. La muchacha finalmente se encuentra un día con Nino Quincampoix: ese ser misterioso que está destinado a estar con ella.

De pronto ha dejado de ver la película. Se ha visto recostado al borde de una colina junto a una mujer hermosa. Esta mujer le ha dicho que cada quien le pone a la vida los colores y texturas que quiere. Ese bosque que Cernunnos observaba despectivamente de pronto se ha tornado hermoso. Le siguen repugnando las descripciones elaboradas, pero ahora ha podido verlo a través de los ojos de Tanwen. ¿Tanwen? No es aquella muchacha de la cafetería. Ésta vive en una época lejana. Es distante como Ana Tanwen, pero cuando habla no se percibe silencio alguno. Sus palabras le recuerdan cielos rojos como aquel que en esa tarde ambos observan cuidadosamente.

Los árboles a lo lejos le han producido un enorme cansancio. Lo único que puede hacer en este instante es recostarse sobre los senos suaves de Tanwen. Sus cabellos invaden la cara del flacucho y le producen simultáneamente una sensación de asfixia y excitación. La piel suave de esta mujer le recuerda aquel césped terso en el que su equipo de infancia perdió el campeonato. Tiene frente a si la portería franca y el portero lo invita a patear el balón.

Cernunnos no estrellará la pelota en el poste. Esta vez, acertará el disparo. Tanwen desnuda lo invita a tomar el balón y caminar tranquilo hacia el arco. No ofrecerá resistencia; se lo ha prometido. El último defensa está a quince metros de distancia, vencido. Cernunnos avanza lentamente, saboreando este olor a pasto, rumbo al inevitable final. El pelirrojo está a dos centímetros de la línea de gol. Toma un momento para acariciar el césped protegido por los tres palos. Siente una humedad que no tiene el resto de la cancha. Empuja ligeramente la pelota y ésta entra en la zona prometida. El canto de su equipo se escucha más fuerte que nunca. Los alaridos lo ensordecen. Se ha hincado frente al ciervo y lo perdona: se funde con él en un abrazo interminable y llora. Tanwen se recuesta en su pecho y suspira. Con la respiración aun entrecortada balbucea: -la simiente es el fabuloso destino… llegaremos al inevitable final-.

Se ha dado cuenta que hace rato que no pone atención a lo que sucede en la película. De pronto nota que Amélie está desconsolada. Ha perdido a Nino. Está sola en su apartamento imaginando una escena de ese destino que pudo haber sido. Ese que hubiera sido fabuloso, con Tanwen recostándolo sobre sus piernas mientras él le cuenta sobre la formación con que saldrá su equipo ese fin de semana. –Utilizarán un 4-4-2. Aunque a mi en lo personal me gusta más la 5-3-2 con dos laterales que recorran toda la banda. Que corran a lo largo del riachuelo y se encuentren, por derecha a Ana y por izquierda a Tanwen. Aguardando sin decir palabras. Como ciervos en espera-. También le contaría de Angus y Gwen, sus abuelos, entrelazados en la sala, rodeados de cursilería en aquella lejana infancia del flacucho. Ana Tanwen lo reprendería por su visión burlona. –Sigues teniendo el corazón frío, Cernunnos- le diría.

El pelirrojo se regaña porque ha perdido tres segundos de la película. –Ya estás divagando de nuevo- se dice. El timbre del departamento de Amélie suena. La muchacha abre la puerta. Nino la espera y las palabras de Amélie están a punto de inundarla. Él la detiene posando su índice sobre la boca de la mujer. Se aproxima a ella y besa su frente, su nariz, su cuello y remata en su boca. Cernunnos no puede más. Está viendo en este momento a Ana Tanwen regresando al pie de la cama donde este hombre yace inerte, apenas respirando. –Levántate, mi querido ciervo, un fabuloso destino nos aguarda-.

Cernunnos ha dejado de ver definitivamente la película. Se toca la cara y no descubre lluvia en sus mejillas. No obstante, dentro de su pecho un océano feroz se le escurre sobre el corazón. Ya no lo siente frío, sino acuoso. El exceso de humedad le impide encender su fuego. Quisiera tanto ser ese niño que aguarda cada fin de semana para ver jugar a su equipo.

El celta se ha despertado temprano este domingo. Ha vuelto a soñar con el ciervo, pero en esta ocasión ambos corren, fraternales, siguiendo la corriente de agua. La mujer de siempre los espera al final pero no les dirige la palabra. Simplemente los mira tiernamente. El pelirrojo y el animal se voltean a ver desconcertados. La muchacha suspira, les manda un beso y se diluye entre las aguas que los acompañan.

De pronto Angus, el abuelo, aparece en escena y se sienta entre Cernunnos y el ciervo. –Abuelo, hace tres años que moriste pensé que no te volvería a ver-. –Todos dicen eso cuando se reencuentran con sus muertos- dijo Angus entre carcajadas. –Tú me has llamado el día de hoy. Dime qué puedo hacer por ti- le dijo a su nieto. Cernunnos le narró la serie de alucinaciones y sueños que había tenido desde hacía algunos años. El ciervo escuchaba atento el relato.

Le contó también que en esta ocasión la mujer no le había dirigido la palabra. -¿Te acuerdas, abuelo, que cuando era niño me dijiste que tenía que regresar a mi tierra para reclamar un tesoro que me pertenecía?-; -claro Cernunnos. ¿Ya fuiste a reclamar lo tuyo?-; -no, creo que abandoné ese sueño hace tiempo. Ni siquiera he podido juntar dinero para ir a Escocia-; -no, mi querido ciervo, no necesitas viajar a Escocia para eso. Tú provienes de una raza antigua: los celtas. En la tradición de nuestra gente se considera como nuestra tierra a un lugar que no existe en este mundo. Algunos escritores contemporáneos lo identificaron como el lugar de los muertos. La verdad es que para nosotros era mucho más que eso. También nuestros ancestros decían que los muertos no hablaban con los vivos.

–Pero tu estás muerto también abuelo y sin embargo me estas hablando-. –Yo no he muerto, Cernunnos. Simplemente transité a otro estado, regresé a nuestra tierra. El silencio de la muchacha simboliza ese algo que ahora comienza a morir en ti. –Todos los días siento que no respiro suficiente, siento que morí hace mucho, entre los bosques, cuando traicioné a aquella muchacha… se llamaba-, -conozco su nombre- respondió Angus. –No es importante nombrarla, lo importante es que ese día tu fuego se apagó un poco. –Sí, justo eso- respondió Cernunnos. –Hace varios años ese fuego casi se apaga al borde de una cama, con aquella mujer asfixiante huyendo-. -Hijo, todas las cosas contienen su propio final-; -ya había escuchado eso- interrumpió el flacucho. –Extingue tu fuego o aviva la llama, sólo así podrás volver a respirar tranquilo-. La figura del abuelo desapareció.

El flaco lloró desconsolado mientras el ciervo lo observaba conmovido. Sentía un poco más seco su corazón, pero su latido le era aun distante. Se recostó en el pasto a descansar. Despertó gritando y llorando. –Tranquilo, amor, es un mal sueño. Estás aquí en casa conmigo- le dijo Ana Tanwen. Despertó de nuevo, tal vez por primera vez. Era domingo por la mañana y la cama le resultaba demasiado incómoda.

Se levantó despacio para no despertar a su mujer. La observó por veinte segundos y descubrió que Ana estaba instalada profundamente en su sueño. Sonreía tranquila. El celta se inquietó un poco. -¿Cómo es que puedes ser feliz conmigo, Ana? Yo ni siquiera pienso en todos los años que me has acompañado. Mi corazón está en otra parte. En ese bosque que redescubrí con Tanwen. En la vieja cafetería donde aprendí a amar ese silencio que provenía de las palabras de Ana Tanwen- pensó. -¿Cómo es que eres feliz?- esta vez lo había dicho con un dejo de envidia. Se reprendió al instante. Su corazón no podía admitir en esos momentos ningún sentimiento mezquino. Eso lo alejaba de la rubia de la cafetería.

Decidió bajar a la sala y prender de nuevo el televisor. No había nada interesante. Era muy temprano. Se quedó mirando fijamente al suelo. -¿Quién diablos es esa Tanwen de tiempos lejanos?- dijo en voz baja. –No, no existen otras vidas. Eso es sólo charlatanería de los esotéricos para vender todo lo que esté a su alcance. Es simplemente un reflejo de cuánto extraño a Ana Tanwen-. Su mente estaba satisfecha con la respuesta, pero su corazón seguía pidiéndole respuestas. Decidió salir a caminar. Eso le ayudaría a distraerse.

El celta caminó por un largo trecho y terminó corriendo. Anduvo por buena parte de la ciudad hasta que se cansó. Después de tanto tiempo, por fin respiraba bien. El sudor refrescaba su cuerpo y sus ideas. Se sentía maravilloso. Ancho. Completo. Su corazón estaba despierto y emitía fuego de nuevo. No importaba nada más. Ana, Tanwen y Ana Tanwen se podían ir al carajo. Su corazón latiendo era todo lo que necesitaba. Sonrió.

Empezó a caminar para disfrutar su nueva condición. Para desmenuzarla y saborearla. Pasó junto al puesto de periódicos y centró su atención en los diferentes titulares. Uno de ellos destacaba la llegada del equipo de Cernunnos a la final del campeonato. Habían pasado quince años desde la última vez que eso había sucedido. El flacucho jugaba en una liga amateur y acudía de lunes a viernes a la cafetería que estaba enfrente de su escuela para visitar a la dueña: una bella rubia que además atendía el lugar.

¡Todo era tan perfecto ahora! Su corazón había renacido y su equipo llegaba a la final ostentándose además como el claro favorito. Decidió comprar el ejemplar para seguir alimentando su alegría. Siguió caminando y se sentó en una banca del parque ubicado a dos cuadras. Terminó de leer la crónica y empezó a sentir una euforia indescriptible. Volteó el periódico para leer la parte inferior de la primera plana. Se quedó petrificado. La imagen que ahora inundaba sus ojos paralizó su cuerpo.

Una pequeña nota narraba el arribo al país de la afamada escritora Ana Tanwen, después de tres lustros de residir en Glasgow, Escocia. Venía por una buena temporada para empezar a escribir su nueva novela y había aprovechado para presentar su más reciente producción literaria. Se trataba de una historia situada en el año 1147 sobre una muchacha celta de dieciséis años que, luego de un suceso oculto durante buena parte del relato, decide exiliarse para reencontrar los latidos de su corazón. Después de algún tiempo de viaje, conoce a un guerrero que la hace despertar al amor.

“La escritora estará presente este domingo en la librería de la Universidad a partir de las 11 de la mañana para autografiar ejemplares y platicarnos sobre su libro”, sentenciaba el diario. Cernunnos sintió todos los sonidos del mundo en un parpadeo. Esta mujer se le había desaparecido por completo durante tanto tiempo y de pronto estaba a tres cuadras y quince minutos de distancia. Vio su reloj para estar seguro. Eran las 10:45. Su cuerpo estaba seco y sus ganas desbocadas.

Llegó a la librería y aguardó por 25 minutos. Por fin, la mujer arribó al lugar. Todo era luz alrededor de la rubia. Se veía más bella que la última vez. Transpiraba la edad por los poros. Sus batallas. Sus sueños. Nuevamente todo empezó a transcurrir más lento. Cernunnos había tratado de poner atención a la charla, pero sólo podía escuchar a la mujer diciendo las primeras palabras: ¿C o n  p a p a s?

Cuarenta minutos después, Ana Tanwen terminaba de firmar autógrafos. El flacucho esperó hasta que ella estuviera completamente sola. Se aproximó a la mesa, al final del riachuelo, donde la mujer que sostenía un alcatraz lo esperaba. Tragó saliva y la enfrentó. –Hola. Me gustó mucho la presentación de tu libro- dijo. La mujer levantó la cabeza y lo miró sumida en una profunda paciencia maternal. –Querido, sabía que no podías perderte la presentación de mi libro. Ya casi no te recordaba, pero sigues siendo ese muchacho futbolero que odia lo cursi- dijo fríamente.

Cernunnos literalmente se derritió frente a ella, como aquella muchacha de la película, Amélie, cuando ve a Nino salir de la cafetería sin que ella pueda confesarle sus sentimientos. –He cambiado desde entonces- le contestó. Ana Tanwen rió. –Mi querido ciervo, Siempre que sembramos algo sabemos lo que de ahí crecerá. Seguirás siendo lo que eres hasta el final- sentenció.

***

Un par de rayos de sol aterrizaron en el rostro de Tanwen. La habitación donde dormía junto con su hermana tenía una ventana grande que quedaba justo enfrente de su cama. La sensación de calor en la cara la fue despertando lentamente. Acababa de tener un sueño extraño. Había visto a un hombre y una mujer parados frente a frente en un lugar que le resultaba completamente extraño. Ninguno de los dos emitía palabra alguna, pero sus miradas se enfrentaban diciéndose cosas. Más que cosas, se decían imágenes.

Él le planteaba una montaña desde la cual se podía ver un valle. Ella contestaba con cielos grises enfurecidos que amenazaban a los bosques. Él intentaba abrazarla con las ráfagas de fuego que se le desbordaban del pecho. Ella se defendía con una mirada de mar que lo cubre todo. El hombre no pudo más y se disolvió entre las olas que se desprendían de la mujer. Tanwen literalmente vio al hombre deshacerse y quedar como restos de agua en el suelo. Sintió una profunda tristeza por aquel extraño derrotado. Ahora que había despertado se preguntaba cuál habría sido el significado de ese sueño.

Decidió levantarse de la cama y respirar profundo. Era su pasatiempo favorito: aspirar con todas sus fuerzas hasta que sus pulmones y su abdomen se llenaran por completo. En el momento en que sus entrañas parecían explotar, le gustaba jalar un poco más de aire y luego soltarlo todo desbocadamente. Como si su aliento fuese perseguido por algún animal a lo largo de un riachuelo.

Inmediatamente después corrió hacia la ventana y observó un baile que se desarrollaba a unos cuantos metros de su ventana, en ese pueblo en el que había vivido toda su vida. Respiraba esa sensación de fastidio de la muchedumbre. Escuchaba las muchas voces de allá afuera, pero sólo las podía percibir como un lejano rumor oceánico. Le gustaba experimentar eso. La hacía sentir como una con todas las cosas en el mundo. Ni siquiera podía distinguirse entre las notas musicales de los muchos bardos que navegaban por el pueblo. Pero además podía notar las sensaciones que experimentaba cada caminante. Eso la hacía sentirse poderosa. Era capaz de leer a las personas. Le gustaba seleccionar a una de ellas cada día para adivinar su estado de ánimo o sus preocupaciones.

Esa mañana decidió que le interesaba saber sobre un hombre de mediana edad que caminaba alrededor de un árbol. El hombre vivía en un pueblo cercano y ella lo había visto varias veces pero desconocía su nombre y su historia. Prefería que fuera así. La adivinación perdía sentido si se tratara de alguien cercano, que por lo mismo resultara predecible. El hombre retorcía sus bigotes largos y de cuando en cuando manoteaba. Su mirada estaba clavada en el suelo. De pronto, se detenía y fijaba su mirada en algún punto del árbol. Tanwen se aventuró en su pronóstico: creo que acaba de morir su esposa y no sabe ni siquiera cómo aceptarlo. Se sintió satisfecha con su especulación. Estaba segura que era cierta. Una sonrisa grande se le desbordó del rostro.

Ana, su hermana, despertó de pronto, ante el ajetreo que se colaba en la habitación. Se levantó de un solo movimiento, ligera. Parecía como si el mundo no pasara por ella. Se acercó curiosa hacia donde estaba su hermana. -¿Qué haces, Tanwen?- preguntó mientras veía hacia afuera. Antes de que la hermana contestara, Ana siguió hablando. –Pobre hombre ese del árbol. Creo que se siente muy solo ahora que murió su esposa- dijo sin reparar mucho en ello. Tanwen la miró fijamente, envuelta en una incredulidad que la asfixiaba. ¡Cómo era posible que Ana pudiera percibir esas cosas sin siquiera seguir un ritual como ella!

Súbitamente sintió al viento entrando desbocado por su nariz. Pero ahora la sensación no era placentera. No podía entender que Ana pudiera tener esas cualidades y menos que no le importara. Se sintió terriblemente culpable. No podía sentir eso respecto de su hermana, que siempre había sido su cómplice de aventuras y sueños. Exhaló profundo para regresar al viento a su lugar y abrazó a su hermana. –Espero que hayas dormido bien, Ana- le dijo. –Claro, dormí contenta pensando que hoy va a ser un día espléndido-. Tanwen se maravillaba por ese optimismo constante de su hermana. Eso volvía mágico todo lo que ella hacía.

Ana aprovecho la mañana para dibujar. Le gustaba plasmar todo lo que veía en el pueblo y luego repasarlo con la mirada. No le gustaban las palabras: eran mentirosas y disfrutaban mezclándose para formar ideas confusas en las personas. Un hecho jamás podría ser descrito de forma fiel por las palabras. Prefería las imágenes, porque eran capaces de reflejar de forma exacta a las cosas. Sin la tediosa necesidad de ofrecer explicaciones sobre éstas. -Las palabras justifican, las imágenes muestran sin pretensiones- le dijo un día a Tanwen en una discusión de adolescencia.

Los trazos que posaba a diario sobre diferentes materiales le producían una sensación de no existir en ese mundo de allá afuera, tan lleno de discursos. Podía ser ojos, ramas, arena, agua de mar o montañas con el simple hecho de mover sus manos al compás de las escenas que la vida le regalaba a diario. Sabía que era feliz por el simple hecho de vivir. Ni siquiera le interesaba compartir esa vida con alguien más. Tal vez sólo con Tanwen, su gran cómplice. Desde muy niña disfrutaba de tener tan cerca a alguien que no la juzgaba por su forma de ver al mundo. Tanwen regularmente no estaba de acuerdo con la forma de pensar de Ana, pero la respetaba y la defendía de todos los que la cuestionaban, incluyendo a sus padres.

Ana había descubierto con el correr de los años que esa forma de ser le otorgaba la posibilidad de ser normal, de mezclarse entre la gente sin ser percibida. Entendía que lo que uno da es lo que uno recibe. Así de simple. Cuando interactuaba con las personas les decía cosas sencillas y obtenía de ellos respuestas sencillas. El resultado final era que las otras personas se sentían incluidas en la vida de la muchacha y que ella lograba que nadie se incluyera en la suya. Así de simple. Por esta misma razón, había logrado ahuyentar a todos los hombres que tenían pretensiones amorosas con ella. Llegaban ante Ana, cargados de lenguaje complicado en algunas ocasiones y de acciones pretenciosas y rimbombantes la mayor parte de las veces. Ana respondía sencillo y los hombres se veían obligados a simplificarse. Eso los sacaba de control y terminaban por huir pronto.

Esa mañana decidió dibujar el rostro de aquel hombre desolado por la pérdida reciente de su mujer. Pudo definir de forma exacta cada rasgo de aquella escena. No obstante, cuando llegó a los ojos, no pudo lograr la combinación de luces y sombras que reflejara lo que ella había visto. Decidió no desesperarse y dejar para más tarde el trazo. Se levantó y fue justo frente a la hoguera que a diario se encendía en su hogar. Le gustaba ver bailar al fuego. Le gustaba jugar a que ella era la que movía aquella flama. Movía las manos al azar y el fuego jugaba a seguir sus movimientos. Lo hacía así desde hacía muchos años y ese ritual le brindaba una tranquilidad maravillosa. Tal vez la necesaria como para terminar su esbozo.

Se puso de pie y empezó a bailar al compás que la música que escuchaba en su interior le dictaba. El fuego tardó en seguirle el paso, pero después de un par de minutos se acopló a los movimientos con una precisión increíble. Ana empezó a sentir una sensación cálida que le recorría el cuerpo. Empezó a escuchar todos los sonidos que provenían de afuera. No eran sonidos armónicos. Cada uno marcaba su propia ruta, pero la muchacha sabía que podía hacer que su cuerpo replicara cada uno de los ritmos que la visitaban en este momento. La fogata enloquecida la seguía casi extasiada. Casi no se podía distinguir quien era huesos y músculos y quien ráfagas de calor rojizo.

De pronto Ana se percató de que había dejado su pueblo. Estaba en algún lugar de la campiña que le resultaba conocido, pero que no podía reconocer en ese momento. Había dejado de ser Ana. Ahora era un animal corriendo al lado de un arroyo. Sabía que era perseguida por alguien, pero no podía reconocer ningún rostro. Solo sentía una respiración agitada que la cubría por completo y le dificultaba avanzar. Sin embargo, ese aliento no tenía la seguridad de quien sabe que está por atrapar a su presa. Ese otro ¿acaso sería otra? se sentía alcanzado por la angustia de Ana hasta no poder escapar. Decidió parar. Las dos respiraciones se mezclaron y se tornaron apacibles. Un largo silencio se dibujaba en el ambiente.

A lo lejos, pudo observar a una mujer vestida de blanco que sostenía una flor entre las manos. Esperaba algo mientras miraba a aquel objeto. Lo aguardaba desde hacía mucho tiempo. Volteó a ver al animal y le dijo: -mi querido ciervo, te he estado esperando por siglos, ¿Ahora sí piensas cumplir tu promesa?-. La muchacha no supo que decir. Si era un animal no podía decir nada. Intento comunicarle con la mirada que no entendía a lo que se refería. La mujer de blanco sonrió y le respondió: -Tú serás la simiente de incontables finales. Es tu destino. Cuando seas capaz de mirar con esos otros ojos lo entenderás-. Se desvaneció. La persona atrás de ella empezó a llorar desconsolada y abrazó al animal. –Te libero de esta desenfrenada persecución, Ana Tanwen- sollozó. -¿Ana Tanwen?, No, soy sólo Ana. Dile a Tanwen lo que le tengas que decir- pensó.

Despertó del trance algo sobresaltada. Había derramado un par de lágrimas. Eso no era común en ella. Observó alrededor para percatarse de que nadie la hubiera visto. Estaba sola. Corrió hacia su cama y empezó a dibujar frenéticamente. Era como si algo se le hubiera atorado adentro y necesitara vomitarlo a través de sus manos. Unos minutos después había logrado expulsar la imagen: una mujer rodeada de árboles con la mirada perdonando, dirigida al horizonte… y un par de lágrimas visitando sus mejillas. Soltó el lienzo y se recostó. Se sentía agotada. Casi sin notarlo, cayó en un profundo sueño.

Ana no se dio cuenta en qué momento se había dormido. Un instante estaba en su cama dibujando y al siguiente se sumergía en la oscuridad del sueño. Se alegró porque vería imágenes de nuevo. De pronto, se vio a si misma parada en lo alto de una colina. A lo lejos se veían trazos multicolores provenientes de un viejo bosque. Le maravillaba esa estampa que no necesitaba mayores argumentos para estar. Sintió una presencia muy cerca de ella.

Volteó ligeramente para descubrir de qué se trataba y descubrió a una mujer de cabellos rubios parada a un lado suyo, con la mirada perdida en aquel cielo gris. Sus ojos dibujaban una tristeza profunda. Decidió no decirle nada y simplemente acariciar su mejilla. La mujer le correspondió con una mirada de agradecimiento. -¿Qué haces en mi sueño?- le preguntó la mujer. –Pues es que este también es mi sueño- alcanzó a balbucear Ana. La muchacha la observó detenidamente. Esa mujer tendría tal vez el doble de años que ella, pero se veía bastante joven. Lo que podía delatar su edad eran las miles de aventuras que se asomaban en su rostro. Tenía un dejo de guerrera en la piel, pero sus manos eran de cronista. No sabía con exactitud por qué lo intuía, pero el viento que recorría lentamente su cuerpo le decía que estaba en lo correcto. La primera gota de lluvia le reveló algo más.

-Te llamas Ana Tanwen, ¿verdad?- le cuestionó. -¿Cómo lo sabes?- respondió la combatiente. –Eso no es importante. Tuve un sueño en el que un hombre me daba un mensaje, pero no era para mí, sino para ti-.Ana Tanwen se mordió los labios e intentó detener esa frase que le suplicaba abandonar su boca. -¿Qué mensaje?- dijo al fin. –Me dijo que te liberaba de la persecución y te perdonó, aunque más bien creo que en el fondo suplicaba que tú lo perdonaras-. La mujer empezó a ser desbordada por su propio llanto.

–Eso nunca debió terminar así. El tesoro que me estaba esperando no se encuentra en esta tierra, sino en la mirada de ese hombre. Yo maté un pedazo de esa mirada hace muchos años. No creo que me estuviera pidiendo perdón. ¿Por qué todo siempre conduce al inevitable final?- remató. Ana entendió las palabras de la mujer del alcatraz que había visto junto a aquel riachuelo. Ella era sin duda la simiente de cosas que ni siquiera alcanzaba a entender. Se resistía a serlo. Por eso le repugnaban tanto las palabras. Hubiera preferido regalarle un cielo rebosante de azules, un par de rayos de sol, un mar tranquilo jugueteando sobre la arena.

-¿Tu como te llamas?- preguntó la mujer. –Ana- respondió. –Gracias, Ana, me has devuelto un viejo recuerdo. Es tiempo de regresar-. Ana no podía moverse. Entendía todo a través de los ojos de aquella mujer, pero no podía traducirlo en imágenes que su mente comprendiera. La mujer le sonrió y caminó en dirección contraria al bosque. Ana despertó sobresaltada. Cernunnos la abrazó y le besó la frente. No dijo nada, pero la envolvió entre su cuerpo. Ana sabía que esos brazos eran capaces de generarle un estado de absoluta tranquilidad. Cerró los ojos. Se despertó sobresaltada. Tanwen la observaba detenidamente. –Calma, hermanita, ya estas despierta- dijo.

Tanwen había decidido salir a caminar esa mañana. La visión profundamente triste de aquel hombre caminando alrededor del árbol la había consternado por completo. Después de varios años de entrenamiento y de rituales, la muchacha había aprendido a leer las cosas que sucedían en el entorno. Había descubierto que la verdad de las cosas era compleja y que se requería de disciplina para descubrirla. Había que juntar, entonces, los trozos de realidad que las cosas iban dejando a su paso. Era preciso escuchar al viento detenidamente, observar los movimientos de los árboles o el movimiento de las alas de los pájaros que inundaban los bosques, detenerse a sentir la temperatura de los riachuelos y sobre todo, observar detenidamente las miradas de todo el que pasara por ahí.

Le molestaba fuertemente la simpleza con que las personas trazaban su vida diariamente. La vida era mucho más que la suma de sus manifestaciones. Sólo toleraba esta actitud cuando provenía de Ana. Pero en el caso de su hermana, ella sabía perfectamente que la sencillez provenía de mirar al mundo de forma compleja. De entre todos los factores posibles, Ana había optado por las imágenes, pero en las imágenes se descubrían muchos contenidos esenciales. Aunque así se lo había planteado en muchas ocasiones, Ana terminaba por reclamarle a Tanwen que fuera tan complicada. No obstante, Tanwen la justificaba diciéndose a si misma que, en el fondo, las dos veían la vida de la misma forma.

Tanwen sentía un profundo aire de libertad cada vez que salía al bosque en busca de respuestas. Su pueblo la asfixiaba y sabía que algún día no muy lejano emprendería un largo viaje donde aprendería cosas importantes del mundo, pero sobre todo donde se descubriría a ella misma.

Esa mañana caminó por las entrañas del viejo bosque que se ubicaba a las afueras de su aldea. Meditó sobre aquel extraño y el viento le contó de las tristezas que significaban perder a un ser querido. La mirada de aquel hombre de pronto dejó de parecerle extranjera. Ella no había perdido aun a ninguna persona amada, pero sentía una terrible ausencia. La había tenido desde la infancia. Un trozo de ella le había sido despojado desde una época lejana. Sólo en ocasiones sentía que ese pedazo le era devuelto cuando platicaba con Ana. Pero sabía que esa ausencia provenía de otro lado. Tal vez la constante búsqueda de respuestas tenía como intención recuperar esa parte de su alma. Los arbustos a su lado danzaron tímidamente y ella lo interpretó como una señal: tendría que ser paciente… pronto llegaría eso que tanto había buscado.

Regresó a casa contenta. Se sentía completa y llena de mundo. O tal vez llena de si misma. En este momento no importaba. Entró a su choza y encontró a su hermana dormida. La contempló por un rato. Se veía tan hermosa y tranquila. Le enorgullecía llevar la misma sangre que esta muchacha protegida por el sueño. De pronto observó que Ana se retorcía un poco. Decidió tomar su mano y tranquilizarle el sueño. –No te preocupes, hermana, es sólo un sueño- le dijo. Ana empezó a abrir los ojos lentamente y miró a Tanwen. Su mirada le dijo muchas cosas que no alcanzaba a comprender en ese momento. –Calma Ana, aquí estoy contigo- dijo. Ana sonrió ligeramente. –Acabo de tener el sueño más extraño de mi vida- le respondió. Luego de contarle detalladamente, Ana continuó con su dibujo y pudo finalmente plasmar la mirada del extraño taciturno. Tanwen había quedado demasiado pensativa. Si Ana era la simiente de muchas cosas, ¿Ella que era? ¿Acaso el final de esas mismas cosas? ¿O simplemente nada?

Tanwen besó la frente de su hermana y salió de nuevo hacia el bosque. A mitad del camino se detuvo a observar a un grupo de personas que danzaban frente a la herrería. Desmenuzó detenidamente a cada uno de los integrantes y de pronto se descubrió a ella misma bailando con desenfreno. Podía leer claramente cada movimiento y sentía que tenía el control de todas las cosas en ese instante. Pero no era así. La música era la que la invadía. Estuvo ahí por horas, hasta que el cuerpo le exigió descansar. Se sentó al pie de un árbol cercano y empezó a tranquilizar su respiración.

El sol empezaba a ocultarse, por lo que intentó ponerse en pie, pero no pudo. Aguardó unos minutos más para reponer fuerzas. De pronto el mundo desapareció ante sus ojos y sólo fue capaz de ver unos rayos de sol agonizando, una pequeña piedra movida por el viento, una enorme sonrisa y luego un oleaje enorme cubriéndolo todo. Sintió que la vida se le agolpaba en los pulmones. Las olas terribles se retiraron y ahí sólo quedó tierra estéril y arbustos caídos. El horizonte literalmente sangraba.

No pudo contener el llanto. No sabía el motivo de su tristeza, pero no dejaba de sentirla ni por un segundo. –Querida Ana, aquella otra, la de color azul, la que ha muerto 3 veces… el fuego que ahora crees que te consume no ha podido sobrevivir a los mares que aun habitan tu corazón-. Volvió en si. No sabía por qué había dicho eso, pero recordaba perfectamente cada palabra. No era la sencilla Ana con la que compartía lazos familiares. Era una Ana distante, desbordada por el tiempo, pero compleja como Tanwen, quien ahora llevaba una cicatriz en el corazón que jamás curaría.

Llegó a casa. Buscaba algo, pero no sabía con certeza qué. Ana había salido unas horas antes y sus padres y la abuela habían viajado hacía una semana a otros pueblos para vender las pieles que curtían. Encontró el boceto de su hermana y lo observó por algunos minutos. Le maravillaba esa mirada de dolor que reflejaba aquel hombre. Hubiera deseado ser ese hombre que siente vivo cada centímetro de su cuerpo a través de su dolor. ¡No!, más bien deseaba ser esa mirada que lo destruye todo. La esperanza, las sonrisas, las piedras y hasta el sol. Ser esos ojos de agua furibunda que ama todo de forma rápida, luego lo desmenuza y termina por convertirlo en nada. La difunta mujer de este extraño de seguro había amado tanto como sufrido esta mirada.

Tanwen necesitaba sentir ese dolor punzante de reconocerse en otros ojos. Esa certeza de saberse diferente en aquellas pupilas. Diferente al otro, pero sobre todo diferente a quien ella era. Contar historias desde esa otra piel. Llamarse Ana para deshacerse de todas las complejidades del mundo. Para dejar de pensar en los colores y texturas del viento sin abandonarlo por completo. Ser Ana y Tanwen contando historias sin descanso. Ser Ana Tanwen y mirar al otro tirado en el suelo, perteneciéndole por completo mientras ella deja de ser propiedad de si misma. Y dejarlo ahí, derrotado, como hizo la extraña del sueño de Ana, sabiendo que lo ama tanto y que es momento de partir, como el oleaje, rumbo a nuevos territorios.

Encontró un viejo libro de la abuela y lo abrió. Ahí había toda clase de conjuros y anécdotas. Lo ojeó curiosa. Se detuvo particularmente en una página que describía a Cernunnos, dios de la abundancia. Sensual y al mismo tiempo fuerte, el dios Cernunnos era capaz también de encarnar a la sabiduría. Esa era la mayor de las abundancias que podía prodigar. Esa capacidad de comprenderlo todo y permitir el transcurso de las cosas de forma natural. Pero al mismo tiempo, de asumirse a si mismo como parte de ese flujo eterno de sucesos.

Llegó a casa. Buscaba algo, pero no sabía con certeza qué. Ana había salido unas horas antes y se sentía cansada. Sus padres estaban de viaje desde inicios de la semana, como lo hacían cada año. Encontró un conjunto de hojas viejas de papel. Era una antigua historia en la que narraba las aventuras de una joven bruja escocesa. Hubiera deseado ser esa mujer que siente al mundo a través de las imágenes. ¡Si! anhelaba ser esa mirada que atrapa al sol y a las piedras y a las sonrisas sin reparar en ellas. Ser esos ojos de fuego danzando con el viento. La mujer de sus relatos estaba más allá de todo dolor.

Encontró también unos poemas viejos. Aquellos que le había mostrado a un extraño con nombre de mar hacía cuatro años. El corazón aun se le inundaba cuando recordaba el caminar salado de aquel hombre sobre su piel. Necesitaba respirar un poco. Salió al parque. Faltaba mucho para que oscureciera, así es que se dedicó a sentir los dedos tibios del sol sobre su cara. Anhelaba un poco de fuego en su cuerpo. Abrió los ojos y descubrió a un flacucho pelirrojo que la observaba atento. El calor la desbordó por completo. Sintió que toda la humedad se exiliaba de su cuerpo. –Eres tu, mi pequeño ciervo, esa flama que ha borrado de mi todo vestigio de mar- pensó.

La abuela regresó esa noche, adolorida por tanto caminar. Tanwen la esperaba impaciente con el libro entre las manos. Le pidió que le explicara con detalle su contenido. Gwen accedió paciente y le platicó todo lo que estaba escrito ahí, También relató la forma en que se llevaban a cabo los rituales de iniciación de las brujas. Ana había regresado a casa justo a tiempo para no perderse las partes más interesantes de aquella plática. Las dos hermanas estaban maravilladas. Esa noche la música de los árboles sonaba ligera. Ambas durmieron tranquilas.

***

Ana Tanwen suspiró cansada. Había terminado de pintar el local que había rentado la semana anterior. Acababa de cumplir 17 y su padre, un prominente industrial de la ciudad, le había regalado una suma considerable de dinero para que comprara un auto nuevo. Pero la muchacha había preferido invertir en un pequeño negocio que le diera cierta independencia económica. Se enteró que un hombre jubilado estaba traspasando su papelería, que se ubicaba justo en contraesquina de la preparatoria de la universidad. Aceptó gustosa el trato que el viejo ofrecía, entre otras cosas, porque la cantidad demandada por el traspaso le permitía tener un margen para invertir en la remodelación y otros detalles importantes. Lo invertido lo recuperaría en un año, cuando mucho.

Había aprendido ese lenguaje empresarial de su padre y, aunque le disgustaba un poco, resultaba útil para estos asuntos. El giro del negocio no le convencía mucho, así es que decidió convertirlo en una cafetería, aprovechando su gusto por la cocina. Esperaba reunir dinero suficiente para seguir adelante con sus proyectos sin tener que rendirles cuentas a sus padres.

Estaba en una disyuntiva grande. Desde muy pequeña había descubierto su gusto por la literatura –su padre poseía una de las colecciones de libros más grandes de la ciudad- y esperaba ser una escritora reconocida. Al mismo tiempo, había incursionado un año atrás en el modelaje y el experimento le resultaba muy atractivo. De cualquier forma, sabía que emprendería alguno de los dos caminos y para eso necesitaba dinero. Se había pasado toda la semana reconstruyendo aquel lugar y por fin, en este momento, podía descansar.

Era una muchacha de corazón duro para su edad, pero en el fondo era una romántica empedernida y cursi. No obstante, todas las historias que escribía hablaban de amores inconclusos y separaciones dolorosas. Encontraba una cierta satisfacción en contar historias de dolor. La nostalgia era su tema favorito y era capaz de pasar horas escuchando música melancólica y leyendo relatos de desamor.

Se fue a su casa a dormir. El día siguiente era muy importante porque representaba el comienzo de su futuro. Así lo veía ella. Estaba convencida de que conseguiría dinero suficiente en esta aventura. Su sueño era ligero, así es que decidió escribir un poco. Estaba algo errática con esta tarea. No lograba concentrarse lo suficiente. Decidió cerrar los ojos y suspirar profundo para focalizar lo que quería escribir. Empezó a visualizar un horizonte lleno de colores. De pronto vio a un muchacho futbolista que corría desbocado. La imagen se interrumpió justo ahí. No logró concentrarse. Decidió dormir un poco. Tenía la sensación de que al día siguiente pasaría algo importante.

Después de eso, cayó rápido en un sueño profundo. Estaba cansada y le pesaba hasta respirar. Sabía que estaba por empezar un proyecto importante y eso le emocionaba. Pero también le provocaba un cierto miedo. No sabía exactamente a qué. No sabía exactamente por qué. Pero le angustiaba sentir ese miedo. Le provocaba una sensación de vacío. Al mismo tiempo le emocionaba no saber lo que enfrentaría. Se descubrió ligera y casi flotando. De seguro ya había caído en estado de sueño. Dejó de sentir peso sobre sus pulmones. Su respiración era más nítida. Sentía incluso la sangre tocando las paredes de sus venas mientras recorrían desenfrenadamente su cuerpo.

Todo a su alrededor era oscuro. Pero eso la tranquilizaba. Observó una luz a lo lejos y le dedicó una mirada tierna. La luz empezó a abarcar cada vez más espacio, hasta desbordarlo todo. Los ojos de Ana Tanwen enceguecieron un instante. Diez segundos después pudo volver a ver. Estaba al pie de una montaña. A lo lejos se escuchaban los sonidos de un viejo bosque. Fuera de eso, todo era silencio. El aire olía a nostalgia y dolía respirarlo. Ana Tanwen sintió de pronto una ausencia que le pesaba en cada hueso de su cuerpo. Buscó un poco en aquel bosque lo que sentía extraviado.

Giro el cuello hacia la derecha y descubrió a una joven rubia que la miraba. La muchacha se acercó y acarició su mejilla. Ana Tanwen se sintió reconfortada. Esa mano tocándola le hizo sentir por un momento completa. Era tan bella esa muchacha que era capaz de distraer al viento que lastimaba sus pulmones. De alguna forma le recordaba a ella misma en la forma de mirar. Debía tener su misma edad. Sin embargo, la muchacha la miraba con respeto. Como si Ana Tanwen fuera una persona mayor. Le entró una curiosidad enorme por escuchar a aquella rubia. -¿Qué haces en mi sueño?- preguntó. –Pues es que este también es mi sueño- contestó la muchacha. –Te llamas Ana Tanwen, ¿verdad?- se adelantó a decir la rubia. –Si, así me llamo. ¿Cómo lo sabes?-, -eso no es importante- dijo la muchacha.

Lo que sucedió después quedó grabado de forma definitiva en los recuerdos de Ana Tanwen. La muchacha se llamaba Ana, como ella. -¿Has visto alguna vez a un ciervo llorar y pedir perdón?-. Ana Tanwen dudó por un minuto lo que iba a contestar. ¿Cómo era posible que un ciervo pidiera disculpas? Sonaba absurdo. Sin embargo, la mirada de Ana era tan transparente que no podía dudar de ella. –No, nunca he visto a un ciervo hacer eso-. –Yo sí. Conocí a un hombre con mirada de ciervo. Se llamaba Cernunnos. Me enamoré de él en un instante. Se acercó a mí y me besó. Al separarse de mi empezó a llorar y me pidió perdón por el daño que me iba a causar. No entendí a lo que se refería. Incluso ahora no lo entiendo. Me dijo que había pagado cada centímetro del dolor que me había causado con otra mujer que se llamaba Ana Tanwen. Dijo que yo iba a conocerla y que cuando lo hiciera le dijera que la liberaba de la persecución y que la perdonaba-. Ana Tanwen quedó petrificada. No conocía a ese Cernunnos, pero podía sentir un vínculo con él. Le agradeció a la muchacha por el mensaje. –Tú eres una guerrera, ¿verdad?- preguntó Ana. –Aun no lo se, pero creo que sí- respondió Ana Tanwen. De pronto las dos mujeres se abrazaron fuerte y lloraron juntas. Compartían ese dolor común que les era aun extraño. Se despidieron prometiendo volver a verse cuando el corazón de ambas estuviera tranquilo. Ana Tanwen despertó sollozando. Se secó las lágrimas y se mantuvo despierta un rato. El cansancio la venció y volvió a dormir. No volvió a soñar nada en toda la noche.

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