Intersticio

Con este encierro forzado los víveres se consumen mucho más rápido. Recién anoche me percaté que era hora de comprar algunas provisiones para las siguientes dos semanas.

Afortunadamente tengo un supermercado a tres calles de mi casa, porque adquirir insumos se ha vuelto un asunto sumamente complicado: preparar la cocina para recibir todo lo adquirido y desinfectarlo, usar ropa que cubra el cuerpo lo suficiente, dejar listo el cambio de ropa en el baño para llegar directo a la regadera, tener a la mano la solución clorada para los zapatos, ponerse los incómodos guantes que harán sudar mis dedos y que no me permitirán tomar ningún objeto con precisión, ajustarme este pseudo rostro de tela que hace mi respiración más densa, aprieta demasiado mi nariz y ha comenzado a lacerar mis orejas.

Camino rápido y con la vista puesta al frente hasta llegar a la tienda. Recibo la dosis de gel antibacterial para unas manos que, aunque ya cubiertas, tocarán las más sospechosas superficies. Nunca está de más cualquier precaución.

Me dirijo a tomar un contenedor para objetos y un empleado se me adelanta para depositar un disparo líquido de solución alcoholizada sobre la manija. Por un momento pienso que va a chocar conmigo y que tendré que estar confinado durante 15 días, mientras averiguo si soy una nueva víctima del virus, pero el tipo resulta hábil y me esquiva rápido.

Observo a las personas que han acudido a hacer sus compras y no puedo dejar de notar esa pesada angustia que comparten conmigo en este momento. Aunque no puedo ver del todo sus rostros, sus expresiones dicen mucho más de lo que ellos pueden notar. Me aproximo a la sección de verduras para comenzar con esta empresa y observo, a tres metros de distancia, a una chica de mirada luminosa que elige cuidadosamente unos mangos.

No puedo dejar de notar que es hermosa, con esos ojos almendrados que diseccionan con paciencia la fruta, una figura voluptuosa que se esconde tras un atuendo deportivo ajustado y esa cabellera ondulada que le cae hasta los hombros. Tomo cualquier objeto, para disimular que la observo, pero luego me quedo inmóvil, mientras disecciono sus movimientos.

Algo hace que ella cambie su foco de atención. Levanta la cabeza y rastrea esa sensación extraña que ha tenido hace un par de segundos. Se topa de pronto con mis ojos y dibuja un gesto de satisfacción ante su búsqueda. Intento desviar la mirada pero me es imposible. Ella tampoco se mueve. Nos observamos fijamente unos 20 segundos y luego su quijada hace un movimiento que bien podría ser una sonrisa. No tengo certeza de ello, porque su cubrebocas tapa buena parte de su cara.

Rompe el contacto visual y sigue su camino. Yo regreso a mi lista de compras. Ha sido estupendo y muy necesario tener este brevísimo encuentro con la chica. Hago un recorrido puntual por la sección de frutas y, antes de regresar a depositar lo seleccionado en mi contenedor, echo una rápida vista a los alrededores para ver si la muchacha sigue cerca.

Me decepciono rápidamente, porque no queda ni rastro de ella. Me aproximo al vehículo y veo un pequeño trozo de papel que definitivamente no estaba ahí cuando llegué a este lugar. Lo tomo con sumo cuidado y lo desenvuelvo. La nota dice: “hola, soy Alika. Este es el número de mi móvil. Llámame”, para luego desplegar aquellos diez gloriosos números que representan la maravillosa posibilidad de relacionarme al fin con alguien durante el encierro. Me siento esperanzado en medio de esta zozobra prolongada que empezó en un tiempo que, aunque no ha sido tanto, me parece muy lejano ya.

Aunque algo distraído ante la posibilidad de un encuentro con esta mujer, continúo mi camino. Me la topo nuevamente en un par de ocasiones y recibo, en ambas, un guiño coqueto de su parte. Mi cuerpo se estremece sin remedio. Tengo una prisa loca por regresar a casa y poder sacar mi móvil para enviarle un mensaje.

Luego de una hora y media (el tiempo necesario para realizar compras se ha vuelto tortuosamente largo desde que comenzó esta pandemia), logro al fin salir de aquel lugar y llegar a casa. Apenas alcanzo a quitarme los zapatos y depositar mis compras en la cocina. Saco apresuradamente mi celular y el trozo de papel. Escribo en mi libreta de contactos: Alika Supermercado (¡menudo nombre para mi nueva y potencial conquista!) e inmediatamente le envío un mensaje: “Hola, me llamo Antoine. Nos vimos hace una hora en el supermercado y no he podido dejar de pensar en ti. Quiero verte”.

Inmediatamente después, comienzo a sentir una culpa inmensa por haber roto algunas de las normas sanitarias gracias a este impulso absurdo, pero maravilloso, de contactar a la chica. Embadurno mi aparato con gel antibacterial y me voy a bañar, en espera de recibir una respuesta a mi mensaje.

Cinco minutos después salgo de la regadera y me visto apresurado, con la esperanza de tener ya la respuesta de Alika. Me asomo al celular y siento un poco de decepción, porque no tiene ninguna notificación nueva. Asumo, para consolarme, que ella aún estará de camino a casa. Comienzo el arduo proceso de lavado de los productos que he adquirido. El tiempo nuevamente se estira demasiado y me hace experimentar una desesperación que ha sido muy común en estas semanas.

Me he resignado a terminar la rutina de limpieza e incluso olvido, por algunos minutos, revisar mi teléfono. Estoy a dos zanahorias de terminar y volteo por curiosidad a la pantalla, para descubrir que tengo al fin un mensaje de esta mujer.

Hago una pausa para revisar el texto. El estómago se me cierra y el corazón reclama airado. “Tampoco he dejado de pensar en ti. Te propongo vernos en cuatro días, en un sitio donde venden café para llevar. Te mando la dirección mañana. Nos reunimos en ese sitio y de ahí vamos a tu departamento o al mío”.

Me falta el aire y siento algo de mareo, combinado con una sonrisa imborrable y unas ganas de gritar que apenas puedo contener. Es lo más emocionante que me ha ocurrido en muchas semanas. Aunque cuatro días de espera suena a muchísimo tiempo. Pero sabré aguantar.

Le contestó que estoy de acuerdo y, a partir de ese momento, comenzamos un intercambio de mensajes que sólo se ve interrumpido en las madrugadas, para descansar un poco y, durante algunas horas del día, para atender asuntos laborales urgentes. Platicamos de nuestros gustos y de nuestra experiencia en el encierro; pero también sostenemos algunas charlas eróticas que le han añadido un toque interesante a la espera. No obstante, hemos convenido que no nos enviaremos fotos de nuestros rostros descubiertos, que nos quitaremos los cubrebocas hasta estar frente a frente.

También acordamos mantener medidas de higiene y cuidado, por si acaso. Me he comunicado con un amigo médico y me consiguió una prueba casera de detección del virus que arroja resultados en 48 horas. Justo el tiempo necesario para llegar tranquilo a mi encuentro.

Al fin llega el día acordado. Dos horas antes tomo un baño y estoy listo y ansioso en la puerta de mi departamento. En cuanto llega el tiempo prudente para partir, sin llegar demasiado temprano, saco mis mejores guantes para la ocasión y el cubrebocas más caro que tengo. Añado a mi atuendo, por último, una careta que he adquirido especialmente para la ocasión. También esto forma parte de lo acordado con Alika, al menos para el tiempo que estaremos en la calle.

Llego al sitio acordado cinco minutos antes. Las manos me sudan no sólo por el plástico de los guantes, sino porque estoy completamente nervioso. Trato de inhalar y exhalar tranquilo, pero el cubrebocas no deja entrar mucho oxígeno. Afortunadamente Alika se presenta tres minutos antes de la hora acordada. Nos saludamos a la distancia recomendada y nos miramos fijamente a los ojos, que alcanzamos a percibir a pesar de las caretas. Pagamos un par de cafés y, mientras nos los entregan, comenzamos con una charla casual sobre cómo estuvo nuestro camino para llegar a este sitio.

Recibimos el pedido y hacemos una pausa. No hemos decidido a donde iremos para continuar con nuestra cita. Luego de algunos breves cálculos, acordamos ir a su casa, que está a menos de dos kilómetros. Caminamos lento, pero con la distancia prudente entre nosotros y siempre al compás de esa danza que resulta de esquivar transeúntes.

En el trayecto le he mostrado los resultados de mis análisis, que anuncian ese anhelado “negativo” que es mi salvoconducto para, al fin, poder tener sexo con esta chica. Ella hace lo propio y ambos sonreímos complacidos. Llegamos a su departamento, luego de subir dos pisos, y nos quitamos los zapatos. Ella toma un atomizador y rocía sobre mi cuerpo un poco de alcohol. Yo repito la misma acción sobre su cuerpo y suelto la botella.

Ella entiende la señal y nos despojamos de los cubrebocas. Sus labios gruesos lucen deliciosos y listos para ser recorridos por los míos. Aproximo mi rostro al suyo lentamente y ella cierra los ojos, en espera de que mi boca aterrice al fin en la suya. Junto mis párpados también y respiro agitado, en espera de sentir ese primer contacto húmedo. Un estruendo interrumpe nuestro acoplamiento. Hemos olvidado quitarnos las caretas, que ahora han chocado irremediablemente. Nos reímos un poco del suceso y las tiramos al suelo. Al fin puedo sentir su aliento tibio en medio de este oleaje que recorre nuestras bocas.

Comienzo a quitarle la ropa. Desabotono su camisa y mordisqueo un poco sus hombros, mientras observo como se estremece despacito. Beso ahora profusamente esa parte de su cuerpo durante algunos minutos, pero de pronto me detengo, preocupado. La observo con algo de angustia y reconozco mi sensación en sus pupilas. Aunque la misma idea pasa por nuestras cabezas, ninguno se atreve a decirla.

Finalmente tomo la iniciativa y le propongo que tomemos un baño juntos. A lo mejor esto sirve además para encender el encuentro. Ella acepta gustosa y va por un par de toallas. La duda de si alguna partícula del virus estaría alojada en sus hombros me tiene un poco preocupado. Le pregunto si tiene enjuague bucal con alcohol y me responde afirmativamente. Creo que con eso bastará.

Entramos al baño y nos desnudamos rápido, pero jugueteando un poco. Su piel marrón es la mejor estampa para adornar este cuerpo de proporciones perfectas. Ella nota con agrado, al sur de mi cuerpo, el júbilo con el que recibo su desnudez. Extiende su mano y me invita a entrar con ella a la regadera. La sigo e intento aproximarme rápido a su cuerpo, pero me detiene.

Me susurra que, por recomendación sanitaria, ella siempre se enjabona cada parte de su cuerpo durante, al menos, 30 segundos; pero después de decirme eso con un tono serio, sonríe en forma seductora y me propone que ambos limpiemos el cuerpo del otro.

Reconozco que no ha sido muy excitante la tarea de contar los segundos que gasto con el jabón en cada parte, pero al menos he podido tocarla por completo. Justo al final de la rutina, tomo un poco de agua en la palma de mi mano y lavo su vulva, mientras mis dedos recorren libres este nuevo territorio. Hemos recuperado la intensidad del encuentro. Mientras toco algunos acordes sobre su sexo, ella los acompaña con unas agudas notas que han hecho trabajar bastante a sus cuerdas vocales.

Tomamos nuestras toallas y nos secamos rápido. Al fin tenemos vía franca para el amor. Nos fundimos en un beso mientras avanzamos hacia su cuarto y ahí, interpretamos nuestra mejor actuación. Quedamos exhaustos y nos miramos, sin palabras de por medio, durante un buen rato.

Estamos a punto de abrazarnos pero de nueva cuenta nos detenemos. Todavía sin hablar, entendemos cual es el siguiente paso. Nos paramos de la cama y nos dirigimos a la ducha. En esta ocasión, la limpieza ha corrido a cargo de cada uno de nosotros y hemos sido rápidos.

Regresamos a la cama y comenzamos a charlar. Tengo unas ganas incontrolables de abrazarla y puedo asegurar que ella también, pero ambos mantenemos el protocolo de distancia tanto como nuestras ganas nos lo han permitido. Ella desliza su mano a unos centímetros de la mía y yo pego las yemas de mis dedos a las suyas. Aunque no la puedo tener tan cerca, la siento muy próxima. Definitivamente me encanta Alika, aunque no pueda controlar del todo esta culpa que siento por haber roto con el cerco. Respiro profundo y sigo mirándola.

Tras la empalizada

El sol cala fuerte mientras el día avanza. Las calles de esta ciudad, que todavía unos días atrás se desbordaban de paseantes, exhiben ahora un letargo digno de cualquier crónica apocalíptica, como resultado del decreto del gobierno central en el que se estableció un encierro obligatorio ante la amenaza inminente, con excepción de algunas actividades indispensables.

A mitad de una de estas desamparadas calles, se encuentra un conjunto habitacional color ocre, cuya entrada está resguardada por un olmo. Sobre la banqueta, una sábana de hojas se extiende y vuelve difícil el paso de cualquier transeúnte que intente pasar por ahí.

Parecería como que este árbol centinela ha decidido construir una muralla adicional para proteger a sus habitantes del inminente peligro. A pesar de esta barrera, desde la ventana más cercana del edificio, a nivel de calle, es posible observar a una joven familia que sobrevive a esta reclusión que amenaza con ser infinita.

Un hombre, de unos 35 años, está sentado sobre la mesa del comedor y revisa un documento de un grosor cercano al de un tabique. Su rostro anuncia una profunda concentración, pero también angustia. Con el lápiz, que sostiene con su mano derecha, traza líneas imaginarias sobre una de las páginas y se detiene, de cuando en cuando, a plasmar algún garabato. Hay una prisa inconfundible en sus gestos pero, al mismo tiempo, parecería que no quiere terminar de revisar este texto, como si con el final de la tarea sobreviniera un infierno al que definitivamente no quiere volver.

Fija la mirada en una coordenada particular de la hoja y se concentra tanto en ella que, por unos segundos, parecería como si hubiera logrado detener el tiempo. Ni siquiera su respiración se puede ver o escuchar. Hay tensión en el ambiente y una quietud insoportable.

Súbitamente aparece al fondo, tras cruzar la puerta que resguarda la espalda del hombre, una niña de unos cinco años. Su cabello castaño enmarañado cubre la mitad de su rostro, como si se tratase de una superheroína que busca proteger su identidad mientras combate al crimen. Sobre la comisura del labio visible de la pequeña nace una profusa mancha negra que se extiende sobre el resto de su fisonomía. Antes de formar parte de su disfraz, pudo haber sido perfectamente un caramelo que, a fuerza de restregarse sobre su piel, terminó por derretirse sin remedio y tatuar a esta pequeña combatiente, que ahora avanza tras su objetivo.

Lleva en sus manos un automóvil a escala y un martillo de plástico, que seguramente son las letales armas con que enfrentará al adversario. Avanza firme alrededor de la mesa hasta que encuentra a su padre y lo mira con una devoción digna de cualquier ritual religioso. Abre los brazos, también invadidos de la pegajosa savia, y se adhiere al torso de su redentor.

El hombre despierta rápido del letargo en el que se encuentra y levanta la mirada, por reflejo. Un segundo después, la mente le indica que es al sur donde debe dirigir sus ojos, para descubrir al embate intruso que acaba de sacarlo de concentración. Observa a la pequeña con una mueca que combina enojo con asco, ahora que ha sentido sobre su brazo esta suerte de moco que se le adhiere a la piel y que proviene de esta enana mutante.

-Adela, la niña está en el comedor y no me deja trabajar, ven por ella- vocifera con voz firme y fuerte, mientras con su mano marca la distancia necesaria para mantenerla lejos del texto que aún revisa. Ninguna respuesta allende la puerta. -Papá, vamos a jugar a las aventuras ¿sí? estamos en una misión espacial súper secreta para descubrir nuevos planetas y tú eres el piloto de mi nave ¡Vamos!- sentencia la pequeña con una mirada pícara que intenta convencer al hombre. -No, Cata, papá está trabajando en algo importante y tengo que estar concentrado. Ve a tu cuarto a jugar y al rato te alcanzo- responde, un poco enfadado, pero seguro de resultar convincente.

-No, papá, tu nunca quieres jugar conmigo. Hoy no vas al trabajo como siempre y quiero que estés conmigo-. Un espasmo punzante ataca al pecho del padre. Pareciera saber que lo que esta pequeña le acaba de decir es cierto, pero su expresión corporal indica que no sabe cómo acercársele, o incluso que no está seguro si quiere tenerla cerca.

Se recompone, luego de dedicarle un par de segundos a pensar en este asunto. Piensa entonces que ya después, cuando los ingresos mejoren, podrá compensarle todas las ausencias, pero que, por ahora, no puede distraerse. Voltea hacia la pequeña y la observa severo. -No puedo, Cata- alcanza a decir resignado, mientras respira muy hondo, antes de dirigir su reclamo hacia otro lado. -¡Adela! ¿Dónde carajos estás? ¡Esta niña no me deja trabajar!- suelta ahora un poco más exaltado.

Aparece de pronto la mujer, ataviada con vestimenta deportiva y un estropajo en la mano. -¿Tú crees que yo estoy descansando, Francisco? ¡Estoy lavando el baño, que tú tienes a bien ensuciar cada vez que usas, y que ni por asomo limpias! Juega con tu hija cinco minutos, que buena falta que les hace a ambos convivir- responde, al tiempo que gira el cuerpo para regresar a su tarea. En su mirada se asoma un poco de fastidio, pero también un estado de irritación que parece formar ya parte de su rostro de forma permanente.

El tipo comienza a respirar más rápido y a sentir cómo el enojo crece en su interior. El rictus que dibuja ahora es el de un tirano que acaba de ser desafiado por uno de sus súbditos. Al tiempo que se asoma una infinita mueca de incredulidad, la molestia por no ver cumplidos sus designios es evidente.

-Ni se te ocurra irte- le advierte a la mujer. -Esta entrega la tengo que tener lista para mañana o no tendremos dinero suficiente para sobrevivir este mes-. Hace una pausa muy corta, como para tomar impulso y seguir con los embates. Las palabras que a continuación expresa buscan, sin duda, encender la discusión con su adversaria: -Además ¿qué tanto tiempo te puede tomar la limpieza de esta jaula de 60 metros cuadrados en la que vivimos?- dice ya claramente exaltado.

La mujer echa ligeramente para atrás su cuerpo y sus ojos se contraen un poco, como si esta irónica afirmación le hubiera atravesado el pecho y la dejara malherida. Aprieta las manos para tomar impulso y emprende la contraofensiva: -Si es tan fácil de limpiar deberías hacerlo tú. Por lo que te pagan, a lo mejor si te dedicas a limpiar casas podemos vivir mucho mejor- responde mientras siente cómo el enojo la va infectando progresivamente y sin remedio.

-Pues ese trabajo al menos me mantiene lejos de este asqueroso lugar ¡No sabes cuánto me asfixia tener que vivir en esta ratonera porque no podemos pagar otra cosa!- dice el tipo, que ya ha perdido casi por completo el control de sus palabras y de sus movimientos, pues hace avances erráticos y amenazantes hacia la mujer.

El rostro de la mujer proyecta ahora una amarga mueca que muestra una ira contenida de muchos años. Está lista y dispuesta a dar una última batalla contra este infame que ahora se muestra bravucón. -¡Pues vete ya de esta prisión, como tú la llamas! ¡Sal a la calle a encontrar la muerte, a ver si así terminas con esta pesadilla que es tu vida!- remata mientras las lágrimas se le escapan.

La niña, que al comienzo de la diatriba había decidido continuar con su juego, poco a poco comienza a poner atención a la escena, al principio con un poco de curiosidad pero, conforme suben los decibeles, con una sensación de angustia, cada vez más grande, que termina por aproximarse peligrosamente al miedo. Su carita desencajada parece advertir, como el más certero de los oráculos, el tramo que seguirá en esta representación.

-Te vas a arrepentir de tus palabras- grita el hombre encolerizado, mientras su puño derecho se encoge y se enfila hacia el rostro de este enemigo que lo desafía de una forma imperdonable con sus palabras. A unos milímetros de aterrizar en aquella quijada comprende que está cometiendo un error e intenta detener el impulso, pero ya es tarde. La cara de la mujer se descoloca y su cuerpo gira sobre su eje para luego desplomarse. El hombre horrorizado cae de rodillas con el mismo impulso de aquel puñetazo que acaba de asestar y, al instante siguiente, comienza a suplicar perdón entre sollozos.

La niña corre asustada a abrazar a su mamá, pero ella la separa de su cuerpo. Se pone de pie y, mientras se aleja, lanza a aquel hombre una final advertencia. -¡Nunca más!- le grita mientras corre y va dejando una estela de lágrimas tras su paso. El hombre intenta ir tras ella, pero su expresión dice claramente que sabe que ha hecho algo imperdonable.

La niña llora desconsolada y el hombre, casi intuitivamente, regresa con ella y la abraza fuerte, al tiempo que sus lágrimas se unen a este canto desgarrado de la pequeña. Los dos cuerpos abrazados, tiemblan al mismo ritmo, en una lúgubre danza que no parece tener fin. Por las expresiones de todos, se podría decir que esta escena se ha repetido demasiadas veces en este sitio.

No se puede entender por qué han llegado a este punto, si tienen cosas que muchas otras personas, al otro lado, les envidiarían: techo, comida, compañía, un mínimo de certeza que, ante la amenaza que emerge fuera de esas paredes, vale más que cualquier dinero. Al menos yo no puedo entenderlo. Me alejo rápido de aquella ventana, todavía confundido.

Son ya las dos de la tarde y todavía no sé si podrán admitirme esta noche en el albergue en el que he pernoctado desde que comenzó la contingencia. Estoy acostumbrado a dormir en las calles, pero ya los policías no me dejan hacerlo desde que pararon casi todo en esta ciudad.

Ni siquiera estoy seguro de poder tener monedas suficientes para comprar algo de comida hoy. Avanzo unos pasos y aclaro mi garganta para emitir el aviso que podría atraerme algún dinero: -¡Haaaay eloooteeees calientitooos, compreeee eloootees calientes!-. Ninguna persona alrededor. Espero tres minutos a ver si alguien se asoma, pero es inútil. Avanzo desconsolado a la siguiente calle, en espera de mejor suerte.

No obstante, mientras camino siento un poco de alivio por no estar preso en un lugar como el que acabo de mirar. No sé si podría soportar ese sufrimiento profundo que se respira en aquel sitio. A fin de cuentas, mi mayor dolor proviene de estos huesos viejos que tengo que arrastrar para ganarme el pan.

Cuando menos tengo libertad para recorrer esta ciudad que durante pocas semanas me pertenece por completo, aunque este reinado transitorio no tenga gran cosa que ofrecerme para subsistir. Miro hacia el frente y avanzo lento, en dirección a cualquier parte, en espera de que estas calles no decidan acabar conmigo pronto.

Tras la empalizada (versión veta)

Las calles vacías de la que antes fue una ciudad convulsa yacen ahora dormidas. El gobierno central decretó hace algunas semanas un encierro obligatorio ante la amenaza inminente, pero ya desde antes muchos de los citadinos habían comenzado la retirada.

A mitad de una calle, como tantas otras, se divisa un edificio de departamentos color ocre, cobijado por un olmo. Sobre la banqueta, una sábana de hojas se extiende y vuelve difícil el paso de cualquier transeúnte que intentara pasar por ahí. Seguramente este árbol centinela ha decidido construir una muralla adicional que proteja a sus habitantes del inminente peligro.

Tras esta primera barrera, se erige una pared alta y larga a la que adorna solamente un único conjunto de ventanas de dos hojas, que se extiende a lo largo de seis pisos. En la más cercana de ellas, a nivel de calle, es posible observar a una joven familia que sobrevive a esta reclusión que amenaza con ser infinita.

Un hombre, de no más de 35 años, está sentado sobre la mesa del comedor y revisa un documento de un grosor cercano al de un tabique. Su rostro anuncia una profunda concentración, pero también angustia. Con el lápiz, que sostiene con su mano derecha, traza líneas imaginarias sobre una de las páginas y se detiene, de cuando en cuando, a plasmar algún garabato. Hay una prisa inconfundible en sus gestos pero, al mismo tiempo, parecería que no quiere terminar de revisar este texto, como si con el final de la tarea sobreviniera un infierno al que definitivamente no quiere volver.

Fija la mirada en una coordenada particular de la hoja y se concentra tanto en ella que, por unos segundos, parecería como si hubiera logrado detener el tiempo. Ni siquiera su respiración se puede ver o escuchar. Hay tensión en el ambiente y una quietud insoportable.

Súbitamente aparece al fondo, tras cruzar la puerta que resguarda la espalda del hombre, una niña de unos cinco años. Su cabello castaño enmarañado cubre la mitad de su rostro, como si se tratase de un superhéroe que busca proteger su identidad mientras combate al crimen. Sobre la comisura del labio visible de la pequeña nace una profusa mancha negra que se extiende sobre el resto de su fisonomía. Antes de formar parte de su disfraz, pudo haber sido perfectamente un caramelo que, a fuerza de restregarse sobre su piel, terminó por derretirse sin remedio y tatuar a esta pequeña combatiente, que ahora avanza tras su objetivo.

Lleva en sus manos un automóvil a escala y un martillo de plástico, que seguramente son las letales armas con que enfrentará al adversario. Avanza firme alrededor de la mesa hasta que encuentra a su padre y lo mira con una devoción digna de cualquier ritual religioso. Abre los brazos, también invadidos de la pegajosa savia, y se adhiere al torso de su redentor.

El hombre despierta rápido del letargo en el que se encontraba y levanta la mirada, por reflejo. Un segundo después, la mente le indica que es al sur donde debe dirigir sus ojos para descubrir al embate intruso que acaba de sacarlo de concentración. Observa a la pequeña con una mueca que combina enojo con asco, ahora que ha sentido sobre su brazo esta suerte de moco que se le adhiere a la piel y que proviene de esta enana mutante.

-Adela, la niña está en el comedor y no me deja trabajar, ven por ella- vocifera con voz firme y fuerte, mientras con su mano marca la distancia necesaria para mantenerla lejos del texto que aún revisa. Ninguna respuesta allende la puerta. -Papá, vamos a jugar a las aventuras ¿sí? estamos en una misión espacial súper secreta para descubrir nuevos planetas y tú eres el piloto de mi nave ¡Vamos!- sentencia la pequeña con una mirada pícara que intenta convencer al hombre. -No, Cata, papá está trabajando en algo importante y tengo que estar concentrado. Ve a tu cuarto a jugar y al rato te alcanzo- responde, un poco enfadado, pero seguro de resultar convincente.

-No, papá, tu nunca quieres jugar conmigo. Hoy no estás en el trabajo como siempre y quiero que estés conmigo-. Un espasmo punzante ataca al pecho del padre. Las palabra que acaban de decirle lucen como una pesada sentencia que resume no sólo el pesar de la pequeña, sino también las muchas frustraciones que ha vivido él por no poder estar más tiempo con su hija. Una voz interna le dice que ya después, cuando los ingresos mejoren, podrá compensarle todas las ausencias, pero que, por ahora, no puede distraerse. Se recompone y la observa severo, aunque en el fondo la garganta se le cierra y la mirada se le humedece un poco. -No puedo, Cata- alcanza a decir con la voz entrecortada, mientras respira muy hondo, antes de dirigir su reclamo hacia otro lado. -¡Adela! ¿dónde carajos estás? ¡Esta niña no me deja trabajar!- suelta ahora enfurecido.

Aparece en escena el personaje faltante. La mujer se presenta ataviada con vestimenta deportiva y un estropajo en la mano. -¿Tú crees que yo estoy descansando, Francisco? ¡Estoy lavando el baño, que tu tienes a bien ensuciar cada vez que usas y que ni por asomo limpias! Juega con tu hija cinco minutos, que buena falta que les hace a ambos convivir- responde, al tiempo que gira el cuerpo para regresar a su tarea. -Ni se te ocurra irte- le advierte el hombre. -Esta entrega la tengo que tener lista para mañana o no tendremos dinero para sobrevivir este mes. Además ¿qué tanto tiempo te puede tomar la limpieza de esta prisión de 60 metros cuadrados en la que vivimos?- dice mientras siente cómo la exaltación se va apoderando de su cuerpo.

-Si es tan fácil de limpiar deberías hacerlo tú. Por lo que te pagan, a lo mejor si te dedicaras a limpiar casas podríamos vivir mejor- responde la mujer mientras siente cómo el enojo de aquel sujeto, al que en este momento comienza a odiar, la va infectando progresivamente y sin remedio.

-Pues ese trabajo al menos me mantiene lejos de este asqueroso lugar seis días a la semana ¡No sabes cuanto me asfixia tener que vivir en esta ratonera, porque no podemos pagar otra cosa!- dice el tipo, ya notablemente enfurecido. Por un instante su rostro parece dibujar una mueca de arrepentimiento. Tal vez piensa que no debió decir esto último pero, inmediatamente después, su actitud vuelve a ser retadora.

El rostro de la mujer transita hacia un rictus que proyecta una ira contenida de muchos años. Está lista y dispuesta a dar una última batalla contra este infame que ahora se muestra bravucón. -Pues vete ya de esta prisión, como tú la llamas ¡Sal a la calle a encontrar la muerte, a ver si así terminas con esta pesadilla que es tu vida!- remata mientras las lágrimas se le escapan.

La niña, que al comienzo de la diatriba había decidido continuar con su juego, poco a poco comienza a poner atención a la escena, al principio con un poco de curiosidad, pero, conforme suben los decibeles, con una sensación de angustia, que se aproxima al miedo, cada vez más grande. Su carita desencajada parece advertir, como el más certero de los oráculos, el tramo que seguirá en esta representación.

-Te vas a arrepentir de tus palabras- grita encolerizado, mientras su puño derecho se encoge y se enfila hacia el rostro de este enemigo que lo desafía de una forma imperdonable con sus palabras. A unos milímetros de aterrizar en aquella quijada comprende que está cometiendo un error e intenta detener el impulso, pero ya es tarde. La cara de la mujer se descoloca y su cuerpo gira sobre su eje para luego desplomarse. El hombre horrorizado cae de rodillas con el mismo impulso de aquel puñetazo que acaba de asestar y, al instante siguiente, comienza a suplicar perdón entre sollozos.

La niña corre asustada a abrazar a su mamá, pero ella la separa de su cuerpo. Se pone de pié y, mientras se aleja, lanza a aquel hombre una final advertencia. -¡Nunca más!- le grita mientras corre y va dejando una estela de lágrimas tras su paso. La niña llora desconsolada y el hombre, casi intuitivamente, la abraza fuerte. Por las expresiones de todos, parece como una escena que se ha repetido demasiadas veces en este sitio.

No se puede entender por qué han llegado a este punto, si tienen cosas que muchas otras personas allá afuera les envidiarían: techo, comida, compañía, un mínimo de certeza que, ante la amenaza que emerge fuera de esas paredes, vale más que cualquier dinero. Al menos yo no puedo entenderlo. Me alejo rápido de aquella ventana, todavía confundido.

Son las dos de la tarde y todavía no sé si podrían admitirme esta noche en el albergue en el que he pernoctado desde que comenzó la contingencia. De hecho, ni siquiera estoy seguro de poder tener monedas suficientes para comprar algo de comida hoy. Avanzo unos pasos y aclaro mi garganta para emitir el aviso que podría atraerme algun dinero: -¡Haaaay eloooteeees calientitooos, compreeee eloootees calientes!-. Ninguna persona alrededor. Espero tres minutos a ver si alguien se asoma, pero es inútil. Avanzo desconsolado a la siguiente calle, en espera de mejor suerte.

Mientras camino siento, no obstante, un poco de alivio por no estar preso en un lugar como el que acabo de espiar. No se si podría soportar ese sufrimiento profundo que se respira en aquel sitio. A fin de cuentas, mi mayor dolor proviene de estos huesos viejos que tengo que arrastrar para ganarme el pan. Cuando menos tengo esta libertad para avanzar libremente en esta ciudad que, durante pocas semanas, me pertenece por completo, aunque este reinado transitorio no tenga gran cosa que ofrecerme para subsistir. Avanzo lento en dirección a cualquier parte, en espera de que estas calles no decidan acabar conmigo pronto.

Teoría de conjuntos/ conjunto vacío

No se cuánto tiempo llevo aquí. Hacia cualquier lugar que mire, mis ojos perciben este espeso negro que se extiende por doquier. Lo único que puedo distinguir son sonidos lejanos que me sugieren que, más allá de estas fronteras que aprisionan mi visión, existe vida.

Extiendo mis manos, en busca de alguna textura que me proporcione una pista, pero simplemente recojo vacío. Una ligera aglomeración invade mi estómago, como premonición de un desastre que intento evadir, pero que se anuncia inevitable. Avanzo más en mi intento por descifrar el territorio que me rodea, pero apenas si logro deslizarme un poco en este mar de ausencia en el que habito. Es como si cada parte de mi cuerpo acabara de estrenarse y aún fuera incapaz de superar la atrofia inicial de mis músculos.

Siento una gran punzada en medio de mi cuerpo, que me hace doblarme. Es nuevamente la sensación de un angustioso y efervescente hueco que va creciendo cada vez más hasta saturarme de ansiedad. Junto a este inclemente virus, va creciendo en mí una asfixia que está a punto de derrotarme. Justo en ese instante, como último recurso de mi mente para salir a flote, comienzan a aparecer algunas imágenes en mi mente. Recuerdo, de pronto, a un hombre y una mujer cuyos rostros reconozco enseguida. Una fuerte emoción surge de mí cuando visitan mis pensamientos.

Aunque no los veo muy seguido, la presencia de ambos me reconforta. Cuando están cerca puedo percibir su olor y, de forma casi automática, me tranquilizo. Aunque recordar esto me ayuda a combatir el sofoco, la angustia no cede mucho. Desearía que aparecieran ahora para apaciguar este vaivén de sensaciones, pues mi cuerpo sigue en estado de alerta. A la par de esta batalla percibo un concierto de rumores distantes que me atemoriza. No se si sea el auxilio o la fatalidad lo que se aproxima junto con esa algarabía. Intento llamar al hombre y a la mujer de mis pensamientos para pedirles ayuda, pero mi boca apenas si alcanza a articular algunos gruñidos, como si este manto oscuro que lo cubre todo hubiera además restringido la capacidad de comunicarme. Ante tanta pesadumbre, un profundo llanto comienza a desbordarse desde mis entrañas y me inunda.

Luego de derramar este dolor, me descubro exhausto y mis párpados caen en forma súbita, para agregar una nueva oscuridad a la existente, como si me aislara por duplicado de este lugar: primero con el vacío allende mi piel y, ahora, con esta inflexión que ha llenado de silencio mi mente. Ya no tengo registro de sensación alguna.

Luego de un rato, regreso de la tregua. He comenzado a sentir cómo me agito sin control. El frío cala en mis huesos, pero mi cuerpo sigue sin responder a lo que le ordeno hacer. Me concentro un poco y logro al fin decir algunas palabras: ¡Vengan rápido en mi auxilio! ¡Por favor, tengan compasión de mí!

Casi al mismo tiempo que mi boca articula estos sonidos alcanzo a percibir que han salido en una lengua extraña, que desconozco ¿Cómo será posible que me entiendan, si ni siquiera puedo hacerlo yo? Luego de pensarlo, siento, de nueva cuenta, mucho miedo. No creo que acudan a mi llamado ¿Seguiré solo en este lugar, invadido por el frío?

Nuevamente aparecen las lágrimas, pero en esta ocasión con menor intensidad que hace un rato. Al parecer he comenzado a resignarme a este fatídico destino que llevo encima. Tal vez así estuvo escrito desde el principio. Suelto cada pedazo de mí y siento caer de nueva cuenta el telón opaco ante mis ojos. Con la ínfima conciencia que aún me queda me percato de la tranquilidad que decora, en este instante, mi espacio vital.

Luego de un rato, aquella extraña paz capitula nuevamente, atacada por numerosas estridencias que han llegado desde la distancia. Los sonidos lejanos de hace un rato ahora se han tornado excesivos, y siento que en cualquier momento harán estallar mi cabeza. Pienso recurrir de nueva cuenta al grito de ayuda, pero recuerdo que no ha servido de nada. Sólo un ligero sollozo escapa de mi garganta.

Tengo una profunda sensación de desaliento y una tristeza que duele en cada centímetro de mí. Yo sólo quería vivir y amar ¿Cómo terminé en este asqueroso hueco, abandonado? Suelto mi cuerpo una vez más, en espera de la muerte.

De forma extraña, y mientras siento que caigo por un precipicio imaginario, recupero mi aliento y la esperanza. A lo mejor si avanzo poco a poco puedo salir de esta larga penumbra. No tengo nada que perder. Muevo mi cuerpo con todas mis fuerzas y avanzo ligeramente. Lo intento por segunda ocasión y se registra otro breve desplazamiento. Sigo así una, dos, tres, seis, quince veces más. Cada intento le añade esperanza a mi alma, pero también una profunda fatiga a mi ser. La primera sensación es, en principio, más fuerte que la segunda, pero en algún punto ambas se cruzan hasta dejarme inconsciente y vencido.

Luego de incontables instantes, mis párpados se separan de nuevo y una luminosidad enceguecedora aparece ante mí. Logro, con dificultad, enfocar poco a poco y alcanzo a ver aquellos rostros conocidos. Aunque mi corazón en principio se llena de júbilo, una profunda ira le ataca y, luego de un corto pero explosivo enfrentamiento entre ambas emociones, me siento infestado de ausencia. Aquí están al fin, esos que iban a ser mis salvadores, pero ya no sirve su presencia: los necesitaba en el albor de mi angustia o, al menos, en el crepúsculo de mi tortura.

Él me aproxima un recipiente con una deliciosa savia que engullo más por necesidad que por gusto, en espera de que mi cuerpo se regenere. Mientras sorbo el líquido, escucho sonidos que provienen de ambos, pero que no comprendo. Intento alegrarme y luego enojarme otra vez, pero ya no logro llegar a estas sensaciones con tanta intensidad, como si hubiera sido infectado por un corto circuito que me retorna inevitablemente al vacío.

***

-Lucy, cariño, al parecer la recomendación del pediatra de dejar llorar a Adancito en la noche hasta que se canse ha funcionado de maravilla. Sólo lo escuché hacerlo un par de veces y luego creo que ha dormido profundo-

-Sí, Tomás, qué bueno que le hicimos caso. Sólo temí que despertara cuando los vecinos subieron el volumen a la música, por ahí de las tres de la mañana. Tenemos que hablar con el administrador del edificio para que no les permita otra fiestecita como la de anoche. No nos podemos dar el lujo de que Adán despierte a media noche y nos interrumpa el sueño-

-Tienes razón, querida, sobre todo porque ya regresas a trabajar pasado mañana. Lo bueno es que nuestro hijo estará en la guardería durante muchas horas y regresará cansado. Seguro que dormirá temprano y de corrido. Creo que muy pronto podríamos volver a ir al cine y le podemos encargar a mi mamá que lo cuide-

-Me encanta la idea. Tenemos más de un año sin ir y el libro que me regalaron mis padres sobre la crianza dice que si nos descuidamos podríamos terminar por divorciarnos-

-Ni lo digas. Mejor pensemos en disfrutar este tiempo, en lo que llega otro hijo que le haga compañía a Adán para que no crezca sólo-

Tomás y Lucy se detienen un instante a contemplar a su hijo. Muchos recuerdos vuelven a sus mentes de pronto. Tomás siente una furia insurgente que amenaza con emerger en un grito de dolor. Siente, al mismo tiempo, unas ganas enormes de abrazar a este pequeño indefenso que parece derrotado. Su mente retorna al equilibrio acostumbrado, mientras su voz interna repite que lo de anoche ha sido la mejor decisión. Se enfunda en un saco y deposita un beso pequeño en la frente de Lucy, antes de salir de casa. Ella lo contempla sin decir palabra alguna y, cuando cierra la puerta, voltea la mirada hacia Adán. Lo observa con ternura durante algunos minutos y acaricia su rostro. Anhela tanto poder desbordarse en besos y abrazos sobre este pequeño, pero su mente comienza a reprenderla. No le debe mostrar tanta condescendencia y afecto o lo volverá malcriado. Se siente culpable de pronto por haber mostrado un poco de debilidad, pero se recompone y gira la vista en otra dirección, justo donde se encuentra su guardarropa. Suspira un poco y camina hacia allá. Es muy importante decidir el atuendo que usará en su primer día de trabajo.

Asíntota

-Pues nada, me voy esta tarde-

-¿Pero así, tan de repente? ¿A dónde?-

-Llevo meses planeándolo. Me voy del país-

-¡Del país! Nunca me dijiste nada en este tiempo. No entiendo ¿Y nosotros?-

-Nuestra relación, si algún día existió, terminó hace mucho, así es que no tenía ninguna obligación de decirte nada-

-Pero algo seguíamos teniendo, aunque hasta hoy no nos conozcamos en persona… bueno, pero ¿por cuánto tiempo te vas? A tu regreso tenemos que vernos ahora sí-

-Me voy por mucho tiempo, espero-

-Eso es demasiado ¿Quiere decir que nunca nos miraremos a los ojos? ¿Nunca podremos darnos siquiera un beso?-

-“Nunca” es un término que me resulta irrelevante. Todas las cosas tienen la posibilidad de ocurrir. Supongo que alguna vez podría suceder, si se alinean algunas condiciones-

-¿Condiciones como las que nunca pasaron para que tú y yo nos conociéramos luego de cinco años? ¡No me jodas con esa respuesta! Prometiste que aunque ya no tuviéramos una relación nos veríamos al menos una vez en vivo-

-¡No me jodas tú! Tuviste pareja durante tres años y jamás intentaste estar conmigo de verdad ¿Qué destino creías posible para una relación de teléfono y llamadas por video ocasionales? ¿Crees que con algún “te amo” suelto y un poco de sexo virtual podíamos ser realmente algo?-

-Pero terminé con esa relación y te busqué, aunque sólo recibí negativas de tu parte. Incluso cuando te invité a que nos fuéramos lejos un fin de semana, a conocernos, a descubrir toda esa historia que teníamos por delante-

-¡No pierdes tu lado cursi! Me cansé de esperarte tres años. Cuando al fin decidiste arriesgar, yo ya no tenía mucho interés. Había descubierto para ese momento que podía conocer a otras personas que sí me valoraran. Sabes bien que desde entonces he tenido varias relaciones y tú aceptaste que mantuviéramos una amistad a pesar de eso-

-Nunca sentí completa seguridad sobre tus sentimientos hacia mí y por eso no me decidía a abandonar lo que tenía. Acepté que mantuviéramos la amistad porque no tenía cara para pedirte que reconsideraras, pero también porque nunca perdí la esperanza. No por nada hemos seguido teniendo encuentros amorosos y pasionales, aunque sean virtuales, en los últimos años-

-Si te he dicho que te amo mientras tenemos “sexo distante” ha sido al calor del momento, no confundas. Aunque sí, nunca dejé de quererte, en cierta forma-

-¡Tenía razón entonces! ¿Por qué nunca buscaste concretar nuestro encuentro? ¡Vivimos en la misma ciudad, carajo! No es que estemos a quince minutos de distancia, pero pudimos habernos visto-

-Supongo que siempre imaginé que un día nos tendríamos que topar en esta ciudad que, al final, no es tan grande como para que dos se encuentren alguna vez. Creí que si eso sucedía, en ese instante sabríamos qué hacer y dejaríamos de estar imaginando escenarios irreales. Asumí que al verte a los ojos, mi corazón tendría la respuesta-

-Pero es que precisamente aún puede pasar eso. Por primera vez en este tiempo podemos saber exactamente dónde encontrarnos ¿A qué hora tienes que estar en el aeropuerto?-

-De hecho voy en el taxi, de camino, mientras te voy escribiendo. Salgo en dos horas y voy con el tiempo justo-

-¡En dos horas! De acuerdo, creo que podría estar ahí en 50 minutos. Tendremos los instantes suficientes como para saber si esto puede ser real-

-¿Real, cuando me voy sin saber si regresaré?-

-Nos hemos amado cinco años a la distancia. Podríamos sobrevivir a esta nueva circunstancia-

-Mira, lo confieso, nunca te dejé de amar, pero en estos últimos años tuve otras relaciones al mismo tiempo. Sabes bien que eso del amor incondicional me parece una imposición, una necesidad patrimonialista. Así como he amado a otras personas en este tiempo, he dejado de hacerlo. Podría pasar contigo también-

-Pero no ha pasado, a pesar de todo lo que hemos enfrentado desde que nos conocimos. Déjame verte unos minutos-

-Mi vuelo sale por la terminal tres. Es posible que tenga que entrar a la sala de abordaje en cuanto termine de documentar mi equipaje. Si logras estar ahí para entonces, sabré que es cosa del destino-

-Voy saliendo para allá. Verás que tocaré al fin tu mano, que nuestros labios podrán confirmar de una buena vez que encajan a la perfección. Que nuestras miradas harán detener el tiempo cuando se abracen-

-¡Y sigues con la palabrería barata! Apúrate mejor, que también quiero verte-

***

Te conocí en aquel sitio para buscar parejas que me recomendaron los amigos que me vieron en las condiciones deplorables en que me mantenía la relación con esa persona que envenenaba mi corazón por aquellos tiempos, y de la que tanto te platiqué. Aunque me aterraba ser infiel y dejar a mi pareja, me atreví a probar suerte.

Desde las primeras líneas que intercambiamos supe que tú serías inolvidable. Confieso que no vi que tuviéramos muchas cosas en común (ni siquiera compartíamos los mismos gustos musicales, y tú sabes que eso me importa mucho a la hora de elegir a alguien), pero tenías -y sigues teniendo- ese halo seductor que está presente en todo lo que haces. Decías las cosas más simples con una chispa que las hacía ver interesantes. Transitabas por la vida con una convicción de ligereza que me hacía imaginar que tus pies no alcanzaban el suelo casi nunca, que flotabas incluso por encima de los problemas. Creo que en el fondo me atraía la idea de poder tener un poco de esa paz interna que llevabas como disfraz.

Cada vez que platicábamos por teléfono mi cuerpo se erizaba de forma tan automática y profunda, que perdía el control sobre mí. Amaba esa explosión de adrenalina en el estómago cada vez que nuestras voces se encontraban.

Luego vino ese momento en el que naturalmente nos comenzamos a cuestionar si debíamos darnos una oportunidad real y, es cierto, me acobardé. La idea de dejar ese infierno conocido por la posibilidad de construir uno nuevo contigo me resultaba desconcertante. Pero lo más duro fue que, a partir de que te dije que no podía intentarlo, mi mente no dejó de atormentarme con fantasías detalladas de cómo pudo haber sido una historia a tu lado.

Por eso cuando me dijiste que te ibas, sentí que mi cuerpo era atravesado a la mitad por tus palabras y que toda posibilidad contigo se diluía. Tomé mi abrigo y le inventé cualquier excusa a mi jefe para salir de la oficina. Pensé en llamar a un taxi, pero en cuanto crucé la salida vi que se aproximaba uno y lo llamé con la mano. En ese momento sentí que el futuro me sonreía, que nuestros astros al fin se alineaban. Para sumar buena fortuna a todo esto, mi viaje duró solamente 35 minutos. El destino quería en verdad que nos encontráramos.

De camino imaginé las muchas cosas que tenía para decirte, los tantos sabores y texturas que al fin conocería de ti. Repetía una y otra vez la escena en mi mente y le iba ajustando detalles para que fuera perfecta. Supongo que todos en algún momento abrazamos esa vocación de directores de cine y terminamos por aprender el oficio a base de imaginar historias que podrían o que pudieron ser.

Bajé del taxi y observé durante dos segundos el letrero que anunciaba la terminal acordada, para corroborar que había llegado al lugar correcto. Sentí una cosquilla en todo el cuerpo porque nunca habíamos estado tan cerca como hoy. Escuché un vehículo arrancar a toda velocidad y pensé que tal vez era el que te había depositado aquí, en este que sería el punto de partida de nuestra historia, pero nadie descendió del vehículo. Examiné los alrededores con la vista y no apareciste. Supuse que habrías tenido la misma fortuna que yo al trasladarte y que ya estarías adentro desde hace rato.

Exploré durante unos quince minutos sin éxito. Incluso entré a las tiendas, pero no te he podido localizar. En verdad que me emociona nuestro encuentro. Estoy por ir al mostrador a preguntar por tu vuelo, pero antes quise dejarte este mensaje para que mejor fijemos un sitio para vernos. Te amo.

***

No recuerdo exactamente en cuál de los muchos sitios virtuales que visitaba te conocí. Sólo recuerdo que me molestó tu aire presuntuoso, con todas esas palabritas adornadas que te gusta usar y tu capacidad para complicarlo todo cuando piensas de más (que es casi siempre), pero supongo que fue eso mismo lo que me terminó por seducir de ti.

Poco a poco, tu manera de encontrarle ángulos nuevos a todo me fue mostrando cosas que antes no podía ver. A veces incluso me bastaba simplemente con escuchar tu voz del otro lado de teléfono, contando tus historias, para que se me erizara la piel, aunque no tuviéramos sexo telefónico. Te confieso que incluso al principio ni siquiera me gustabas mucho, pero siempre hubo algo en ti que me hacía quedarme a descubrirte.

Te fuiste convirtiendo en una parte indispensable de mis días. Cuando no podíamos hablar porque tu pareja estaba al acecho, no podía evitar esa sensación de vacío en el estómago. Nunca antes alguien había logrado hacerme sentir así y, ahora que lo pienso, nunca más permití que alguien me lo hiciera sentir después de ti.

Hubo un momento en el que realmente consideré verte en vivo y no dejarte regresar a tu casa. Robarte para mí, exiliarte de ese al que llamabas tu infierno autoelegido, pero la sola idea de perderte nuevamente cuando la culpa te invadiera y decidieras partir sin mí me paralizaba. Prefería no tenerte nunca que verte partir con mi corazón entre tus manos, pero sin mí. Lo sé, también yo tengo mi lado cursi, aunque casi no te lo he compartido. Es una faceta de mí que nadie había despertado como tú.

Esta mañana decidí aceptar una invitación de un viejo amigo que vive al otro lado del océano para probar suerte allá y recomenzar mi vida. Pensé por un instante en desaparecer sin que lo supieras, pero tenía que hacértelo saber; para que te doliera hasta los huesos y para saber si, por primera vez, intentabas luchar por mí.

Me emocionó ver tu reacción y tus ganas de verme contra todo pronóstico en contra. Casi sin revisar mi boleto te dije, de memoria, el sitio donde podías encontrarme, mientras abordaba el vehículo.

De camino al aeropuerto repasé nuestra historia. Recordé cada enojo, cada sonrisa, cada lágrima, cada punzada en el vientre que he experimentado desde que llegaste a mi vida. No puedo negar que te odio porque te amo, como decía un poeta que leí cuando estudiaba la preparatoria.

Los últimos minutos de trayecto los viví con un indescriptible desborde de sensaciones que me hacían difícil respirar. Le pedí al taxi que se detuviera en la puerta 3 y, al voltear a mi destino, te vi ahí de pie, con la misma perfección con que te vestí durante estos años, intacta; con ese aire de complicación tan tuyo adornando la escena; con esa impaciencia a cuestas con que contagiabas el ambiente. El amor que había sentido por ti hasta ese momento no hizo más que multiplicarse. Al fin estabas a unos paso de mí. Imaginé durante dos segundos nuestro encuentro. tu aliento sobre el mío formando un torrente imbatible.

Me interrumpió el conductor para solicitarme el pago del viaje. Por precaución, observé mi boleto para corroborar que mi llegada estuviera correcta. Una carcajada irónica y estruendosa sonó en mi mente. El boleto marcaba que mi vuelo salía por la terminal 2, que, como sabes, quedaba aún a 10 minutos de distancia. Debí haber abandonado mi trayecto en ese instante, pero no pude romper con esa perfecta estampa de tu silueta buscándome, ni con esa sensación de tenerte tan cerca sin tenerte. Era la descripción perfecta de lo que habíamos sido hasta ahora y de lo que jamás seríamos.

Le pedí al conductor que me llevara rápido a la otra terminal. El sonido de su vehículo acelerando llamó tu atención por un instante, pero tu mirada estaba en otro lado, tal vez en búsqueda de mis ojos. Estuve a punto de enviarte este mensaje, con la explicación de todo, pero supongo que al preguntar en el mostrador te habrán informado de la broma cruel que nos jugó la vida, así es que decidí que nunca recibirías este texto. Buena suerte y mi amor eterno para ti.

Fibonacci

***

En la esquina que une la calle Prados con la Avenida Central se ubica el muy conocido jardín de la duermevela. A unos cinco metros sobre la entrada principal yace, custodiada por un par de árboles viejos, una banca color ocre que aguarda…

***

Justo frente al jardín de la duermevela se encuentra un edificio de 10 pisos. Con la retirada del sol, se puede observar a un tipo que sale de ahí. Se le nota apesadumbrado. Se detiene por un instante antes de cruzar la calle. Ve pasar un auto y continúa su andar. Se sienta en la banca, con la mirada distraída.

***

Al lado derecho del parque se ve, como a diez metros de distancia, a una muchacha que sonríe y baila. La llegada de la noche no parece ahuyentar su júbilo. Mueve sus manos en todas direcciones y platica con el viento. Voltea en dirección al jardín y se dirige hacia allá. Elige la banca color ocre como asiento y se dedica a contemplar todo lo que le rodea, minuciosamente.

***

Andrés salió de su oficina un poco atribulado. Caminó un par de metros hasta llegar al límite con la calle, mientras miraba al piso. Intentó cruzar pero una fuerza extraña lo detuvo. Subió la mirada para descubrir un vehículo que, a gran velocidad, acababa de pasar apenas a unos milímetros de su cuerpo. Suspiró fastidiado. Volteó a su derecha y observó aquel jardín vació de enfrente. Notó entre los árboles la banca solitaria y decidió que ahí se sentaría un rato. Cruzó a la otra acera, esta vez con sumo cuidado, y arribó al lugar previsto. El mundo le pesaba más que nunca.

Había sido un día soleado y maravilloso. La noche había llegado mientras caminaba y Sara tenía una sensación extraña en la boca del estómago, como un cúmulo de excitación que pronto se le desbordaría hasta abandonar su cuerpo y cubrir todo lo demás. Se detuvo un instante a contemplar la avenida y no pudo dejar de notar el bello jardín que estaba al otro lado de la calle. Decidió dirigirse hacia allá y quedarse un rato. Al llegar al lugar, notó aquel asiento custodiado por un par de castaños. Aterrizó en la banca y miró a su alrededor. Todo en este momento era absolutamente perfecto.

***

Aquel hombre enfundado en su traje gris caminaba con desgano rumbo a la salida de aquel calabozo autoelegido, que sus compañeros llamaban oficina. Tendría unos 40 años pero el semblante cansado bien le podría añadir cinco años más. Miró la puerta de salida y la sola idea de abrirla le generó un efecto mezclado entre la pereza y el temor. Abandonó el lugar y mantuvo el andar pausado hasta que se detuvo, al filo de la banqueta. La muchacha bailoteaba y se reía sola mientras los caminantes parecían ignorarla. Desmenuzaba a las personas y sus gestos para adivinar sus estados de ánimo. Encontró muchas caras largas y miradas distraídas. Intentó infructuosamente cambiarles el semblante con una sonrisa. Ninguna respuesta. Ni siquiera la volteaban a ver. Sintió un poco de lástima por ellos. A sus 22 años ya había encontrado más respuestas a las cosas trascendentes que la gran mayoría de los que ahora la ignoraban. Se detuvo un instante a contemplar el horizonte y aquel jardín de la contraesquina la sedujo. Ese era su siguiente punto en la ruta.

Andrés examinó un poco los autos que pasaban furibundos frente a él, incluyendo aquel que por poco lo arrolla. El ruido que emitían le fastidiaba demasiado. Necesitaba un lugar tranquilo para no pensar en nada. Caminó hacia el parque de enfrente y eligió el lugar más apacible para sentarse. Sara atravesó la calle hasta donde se veía aquel edificio de 10 pisos para, de ahí, cruzar hacia el jardín. Tuvo la extraña sensación de que algo le faltaba por hacer. Impedir algo. No había una sola persona cerca y los autos estaban parados, en espera de la señal del semáforo. Llegó finalmente al lugar elegido y encontró un sitio para detenerse a saborear su gozo. La banca que ahora la recibía le permitiría hacer una pausa necesaria para digerir todo esto.

La vida se había ensañado con este sujeto los últimos meses y el embate parecía no tener fin. Comenzó a hacer un recuento de tragedias y la vista se le nubló un poco ¿Se trataba de un conjunto de malas decisiones tomadas por él o la mala fortuna se había instalado en forma permanente en su vida? Sólo sabía que desde hacía mucho tiempo había dejado de vivir y actuaba simplemente por inercia, mientras recibía cada vez un golpe más fuerte. Ella recordaba aún que, en alguna época lejana, su existencia carecía de sentido. Todo le resultaba innecesario e incómodo. Tal vez no había pasado tanto tiempo desde entonces, pero lo percibía muy distante. En algún punto de su vida comenzó a quejarse cada vez menos y a observar. Percatarse del milagro que está oculto en cada cosa le había llenado progresivamente de esperanza ¿Cuál había sido el punto de inflexión? ¿Qué circunstancia lo había cambiado todo? Por más que se esforzó, no pudo recordarlo.

***

Aquel hombre que caminaba apenas, como si llevara al edificio que acababa de abandonar a cuestas, atravesó la puerta de cristal y se encontró súbitamente con ese frenético mundo del que se aislaba durante doce horas de lunes a viernes. Andrés observó su reloj y refunfuñó. Eran las ocho y media de la noche. Observó la línea que fracturaba la banqueta hasta desembocar en la avenida y la siguió con los pies. Su cuerpo dejó de responderle, de súbito, al llegar a la frontera entre el territorio de los caminantes y el de los vehículos. Era como si el universo hubiera decretado una pausa interminable. Unos instantes después, que le parecieron eternos, descubrió que podía mover su cabeza y decidió levantar la vista para ubicar su posición. Alcanzó a sentir aquel automóvil azul que casi rozaba su espacio vital. Tuvo una sensación de terror que se le agolpó en la boca del estómago. -Bueno ¡qué más da! hubiera dado lo mismo morir en este lugar-pensó a continuación, mientras exhalaba un poco, en señal de desdén.

Buscó alguna coordenada hacia la cual dirigirse y encontró aquel jardín que observaba todos los días con curiosidad desde la ventana de su oficina. Siempre había querido visitarlo, pero nunca tenía tiempo o ánimo suficiente para hacerlo. Tal vez ésta era la ocasión perfecta, pues lo que menos deseaba era regresar a casa. Mientras cruzaba aquella arteria, identificó una grada que se resguardaba entre aquel par de centinelas arbolados. Parecía un buen lugar para desconectarse un rato de esta realidad que le asfixiaba. Se sentó lentamente mientras observaba, quizás por primera vez en muchos años, el cielo estrellado que cubría esta noche fría. -La vida era tan sencilla antes ¿En qué momento se complicó?- pensó mientras su mirada se concentraba en algún punto del horizonte. Aunque no había nadie más en el jardín, se sentía acompañado.

Caminar por aquella avenida era la mejor forma de terminar una jornada estupenda para Sara. Hoy había entendido muchas lecciones valiosas sobre la vida. Los sonidos de los habitantes transitorios, que iba encontrando la muchacha a su paso, parecían sincronizarse hasta formar una melodía bellísima. El viento acariciaba su cuerpo y la envolvía en una sensación de completud que apenas si podía describir. Lo más parecido que encontraba como referencia era esa señal de saturación en el estómago que pudo experimentar al ser embestida por una enorme ola que intentó engullirla. Al menos eso le había ocurrido en un sueño algunos años atrás. Mientras caminaba tenía la impresión de no tocar el piso.

A unos 10 metros, del lado contrario de la calle, encontró un hermoso jardín solitario que la invitaba a visitarlo. Sacó su celular del bolsillo y lo encendió. Eran las 8:30. No tenía un mejor lugar al cual llegar en este momento y deseaba seguir saboreando este júbilo que se le desbordaba por los poros. Tras cruzar la calle y llegar al lugar, se tomó un par de minutos para realizar una inspección visual detallada. Casi cualquier punto de este parque era bueno para seguir con su celebración a la vida, pero llamó su atención poderosamente la banca tímida que se escondía bajo aquellos árboles, que lo resguardaban con ternura. Caminó en esa dirección y rápidamente abordó aquel asiento que, aunque frío, resultaba muy acogedor. Observó detenidamente su entorno durante algunos minutos y luego cerró los ojos. Recordó por un momento aquellos tiempos en que todo parecía derrumbarse en su existencia y pensó en lo lejano que le resultaba aquel recuerdo.

Andrés levantó la mirada y comenzó a experimentar una incontenible rabia. Aunque no había ni un alma a la redonda, sintió la necesidad de explicar sus motivos. Escupió frases sueltas, cargadas de dolor, durante unos 10 minutos. Cada idea que salía de su boca le raspaba la garganta y dolía al convertirse en sonido, mucho más que el gélido viento que golpeaba sus huesos. Sara terminó de inspeccionar su entorno y se sintió tranquila. La emoción había cedido un poco para dar paso a una calma que casi podía arrullarla. Una idea ocupó sus pensamientos de pronto: tenía que explicar las razones de su felicidad. Como si compartirlas infectara al mundo de su alegría. Era la misión más importante de su vida hasta ese momento. Comenzó a platicarle a la nada las muchas cosas que habían cobrado sentido durante la mágica jornada de hoy. Andrés detuvo la perorata y se percató que el dolor se había ido. De hecho, ya no sentía absolutamente nada. Sara quiso continuar con su prédica pero notó que se le habían agotado las palabras. Sintió su cuerpo vibrante, lleno de emociones que ahora le impedían moverse. Se había convertido de pronto en una prisionera de su regocijo.

***

Ha sido un día fatal. Uno más de una larga lista. Sólo la vista de los árboles de aquel parque que se ve más allá de mi ventana logran aquietar un poco mi angustia. Debería mudarme indefinidamente a ese jardín donde la vida parece sencilla. Eso necesito, exiliarme de tanta complicación.

Hoy hace exactamente un año Ruth me pidió el divorcio. Es cierto que pasábamos buena parte del tiempo peleando estos últimos años, pero habíamos construido una vida juntos. Una que parecía sostenernos ante cualquier tormenta. No es justo que haya roto nuestro pacto, aunque ya no nos soportáramos. No haber tenido hijos hizo fácil su partida y de ahí, sobrevino la vorágine: la muerte de mi padre hace tres meses; la hipoteca impagable de la casa que estoy a punto de perder; el anuncio, la semana pasada, del recorte de personal que al parecer me alcanzará…

Este lugar me asfixia. Debo salir de aquí pronto. Tomo mis cosas y me encamino lentamente a la salida. Ya afuera todo me es indiferente. Me acuerdo de pronto de aquel oasis verde que me tranquiliza todos los días. Allí estaré un rato. Luego de casi ser atropellado por un estúpido conductor, que no vio que iba a atravesar la calle, me repongo y llego finalmente a mi destino.

Al sentarme, todas mis tragedias se aglutinan en mi boca y salen furibundas. Qué más da que alguien me escuche. Me siento tan sólo que estaría bueno que alguien más comparta mi dolor ¡Maldita seas, Ruth! ¡Te rendiste demasiado pronto! ¡Maldito tú también, papá, que te fuiste sin regalarme siquiera un abrazo en toda tu vida! ¡Detesto tu obsesión por tener siempre el control de ti mismo! ¡Maldita vida adulta que nos obliga a valernos por nosotros mismos y a pagar cuentas y a tener que depender de un trabajo aburrido y rutinario! Algunas lágrimas logran al fin escaparse de mi cuerpo. Este sabor amargo en la boca, que he tenido desde la mañana, va cediendo poco a poco.

No recordaba un día tan feliz como éste. Es cierto que desde hace un tiempo los días y las semanas han sido cada vez mejores, pero creo que esta vez alcancé el máximo de alegría posible. He podido comprender al fin la gran obra de teatro que es esta vida.

Había estado escuchando que cada acto de cada persona en todo el mundo tiene un sentido que se articula con el de los demás en perfecta armonía, pero hasta hoy pude ver nítida esa cadena de razones y sentidos bajo la que opera todo. Observar al anciano apacible que vende jugos esta mañana o a la señora enfurecida del supermercado me hicieron entender que ellos forman parte de mi aprendizaje. Me muestran que esta cosa de la existencia se trata de disfrutar las cosas tal y como son ¡Mejor aún! se trata de no encontrarle sentido a nada, sino de simplemente observar cómo cada suceso va formando las notas de una fabulosa canción que nos hace bailar durante todos y cada uno de los instantes de nuestra vida ¡Me siento muy contenta de haberlo descubierto!

He festejado todo el día este hallazgo, pero creo que debo concluir mi celebración con algo grande. Examino los alrededores y mi vista se encuentra con un hermoso parque que parece ser una gran opción de cierre. Atravieso la calle para colocarme en la esquina del edificio grande y de ahí cruzar hacia el jardín. En espera de la luz peatonal en verde, tengo la sensación de que otra cosa más hace falta ¿Acaso omití algo en este manual de la felicidad recién adquirido? No creo, casi estoy segura que en aquella floresta encontraré la conclusión perfecta a mi día.

Llego a sentarme a un lugar inmejorable y observo nuevamente la belleza explícita de lo que me rodea. Comienzo a contarles a todos la magia que habita en todas las cosas. Lástima que no haya nadie que me escuche, pero ¡qué importa! Compartir mi alegría será la nueva misión en mi vida. Cansada de cantar, me detengo por un momento y comienzo a sentirme invadida por una duda ¿Cuando comencé a tener las cosas tan claras? ¿Por qué no puedo recordarlo? ¿Será esto sólo un sueño? ¿Por qué siempre terminamos por dudar de la felicidad? De repente, los recuerdos comienzan a llegar uno tras otro. Estoy petrificada.

***

Andrés sintió que todo le estorbaba: la silla, el escritorio, la computadora frente a él; incluso su cuerpo le resultaba molesto. Era hora de abandonar este sitio asqueroso. Salió del corporativo y caminó hacia aquel jardín que anhelaba visitar.

Estuvo a punto de no llegar a su destino gracias a aquel vehículo que, tras su rápido paso, le dejó temblando de miedo y que, al mismo tiempo, le hubiera resuelto casi todos sus problemas. La vida seguía siendo sumamente frágil.

Tomó asiento e hizo el recuento doliente de sus muchos infortunios. Al parecer sus pesares, al desgranarse con esta diatriba, se habían llevado el enorme peso que había cargado todos estos meses.

La humedad que comenzó a salir de sus ojos terminó por derruir esa angustia que lo había mantenido esclavizado. Recordó aquel vehículo que unos minutos atrás estuvo a punto de terminarlo todo y comenzó a entender. La existencia era algo más que dolor.

Estaba decidido a vivir nuevamente. El tiempo que le quedara, lo dedicaría a agradecer por las muchas cosas buenas que tenía: su mente y sus manos para sobrevivir; un techo, todavía, y las muchas posibilidades, que ahora veía tan nítidas, para cambiar el rumbo.

Se levantó de la banca y se dirigió a casa. Necesitaba dormir muchas horas y reposar estas ideas que habían transformado la ruta de colisión que estuvo a punto de completar. Observó los árboles por última vez y se despidió de ellos, agradecido.

Sara se sentía incómoda consigo misma. El cuerpo era ya una prisión que no le permitía expresar este alborozo que había germinado en su alma las últimas semanas. Eligió el jardín, que se asomaba allende la avenida, para culminar esta travesía. Avanzó desbordante de emociones los siguientes 10 metros, tras sortear algunos obstáculos y experimentó una sensación de incompletud antes de cruzar la calle.

Comenzó a invadir aquel jardín con el éxtasis que aún no encontraba acomodo. Buscó impregnar de felicidad cada árbol, cada arbusto, cada centímetro de pasto, cada banca. Eligió al fin una para reposar.

Desde su nueva fortaleza, gritó loas a la vida y a toda la mágica armonía con que entendía al mundo desde esta mañana. Se sintió exhausta de sentir. Hizo un silencio para poder balancear este exceso que la había paralizado.

Se cuestionó por primera vez en mucho tiempo los motivos de tanta algarabía y el origen de su visión renovada. Se sintió preocupada al no poder obtener una respuesta a ambas cosas. Súbitamente comenzó a recordar. Un amargo llanto se hizo presente.

Había sido exactamente un año atrás cuando caminaba por aquella calle, pensativa. Buscaba escapar de una vida sin sentido que la había ido marchitando a pesar de su corta edad. Sintió la necesidad de detenerse en algún lugar a meditar y el parque frente a ella era idóneo. Los autos circulaban rápido y amenazantes. Un hombre se paró a su lado, distraído. Comenzó a cruzar la calle sin fijarse y ella intentó detenerlo pero, como si estuviera frente a un holograma, no pudo tocarlo. El impulso la llevó a aterrizar en la calle, donde sintió un embate fuerte contra su cuerpo. Todo el peso de un automóvil la atravesó y la dejó abatida. Una ambulancia llegó al lugar 20 minutos después pero ella no podía moverse ni hablar. Alcanzó a escuchar a uno de los camilleros decir: estaba muy joven. No merecía morir así.

A partir de ahí, vio ese día reproducirse en bucle, hasta que poco a poco entendió las cosas importantes. No obstante, había ido olvidando que ella ya no habitaba en este plano. Descubrir eso ahora la había llenado de una profunda tristeza, pero conforme lloraba, su angustia se iba diluyendo junto con su cuerpo, que acabó por desaparecer. Comenzó a observar una luz brillante que abarcó toda su visión y pudo sentir al fin una calma infinita.

Ahora yace ahí, silencioso, el jardín de la duermevela, que ha terminado de contar la historia del día de hoy. La noche aguarda una vez más, helada y expectante. Nuevos relatos se contarán mañana en este lugar. Por ahora, Andrés y Sara, ambos, descansan.

Silencio

PRIMER ACTO

El aliento tibio y luminoso del sol se desliza lentamente sobre la mesa de la cocina. La quietud, que no parecía tener fin hace un instante, se ve interrumpida por las tímidas notas que interpreta un pájaro desde el durazno que habita en el patio contiguo. De pronto, el andar histérico de los autos, allende las fronteras de la casa, se suma impetuoso a esta incipiente melodía de la mañana. Esteban entra a la cocina intentando no hacer mucho ruido. Lleva una playera ajustada por la que se asoma parcialmente su prominente panza. Su andar errático deja claro que aún no ha abandonado el estado de somnolencia. Detiene su paso y voltea a ver el reloj digital que está sobre la barra. Son las seis cuarenta. En su rostro se dibuja una mueca de desgano. Vierte un poco de agua sobre la cafetera y acomoda en ella un filtro nuevo. Toma la bolsa de café e introduce una cuchara tres veces. En el camino que las lleva a su destino final aparecen cientos de tránsfugas partículas que aterrizan sobre la barra. El hombre las reúne en la palma de su mano y las deposita en el fregadero. Pulsa el botón rojo que anuncia la próxima ebullición. Gira su cuerpo hacia la izquierda y abre la puerta frente a él. Observa detenidamente durante cinco minutos las diferentes cajas y latas acomodadas por tamaño. No parece encontrar alguna que satisfaga los deseos de esa barriga que ha comenzado a vociferar. Aguarda inmóvil otros dos minutos hasta que nota el vaho que ha comenzado a emitir su cafetera. Abre ahora la puerta que esta debajo de él y saca una taza. Se aproxima al artefacto y vierte profusamente el vital líquido marrón. Aproxima la taza a su boca y un estruendoso sorbido rompe nuevamente esta ausencia de sonido que había reconquistado el lugar. Conforme el brebaje recorre su garganta va sintiendo cómo cada centímetro de su cuerpo cobra vida. Es capaz de sentir ahora sí el olor amargo que emana de la taza. También acaba de darse cuenta que el sol invade ya toda la mesa. Siente un piquete en su mandíbula, probablemente producto de una barba de dos días que se asoma y lo ataca con fuerza. El cansancio primigenio va cediendo terreno. Camina hacia el refrigerador y saca un bote de leche, un trozo de melón y dos huevos. Luego de veinticinco minutos ha logrado acomodar en la mesa un plato con huevos revueltos, otro con melón partido en cuadros de gran tamaño y uno más con cereal con leche. Ha terminado su primera taza de café y se siente vigoroso. Repite la dosis de esa pócima maravillosa y se acomoda en la mesa. Se siente extasiado de pensar en la comilona que le aguarda. Suspira profundo y comienza por el huevo, que parece enfriarse rápidamente. Con su masticar extrovertido se va formando una nueva melodía que lo acompaña.

SEGUNDO ACTO

Ángela entra con prisa a la cocina. El golpeteo constante de sus tacones derrota de nueva cuenta al silencio. A su paso va dejando una estela frutal que invade la habitación. Luce impecable con su cabello rubio ligeramente húmedo, anudado en media cola con un discreto broche. Lleva puesto un pantalón negro de algodón y una blusa color azul rey. Camina con soltura, segura de dominar el espacio que va recorriendo hacia la cafetera. Tras su paso, se encuentra con la mesa y aquel troglodita que devora hipnotizado sus alimentos. Le dedica una mirada de desprecio y un poco de asco. Esteban levanta la cabeza y le devuelve, con los ojos, una profunda indiferencia durante un par de segundos, antes de regresar a su tarea. Ángela sirve un poco de café y lo deja en la barra. Voltea a ver la estufa y al no ver nada ahí, voltea nuevamente hacia su compañero de habitación y, aunque no emite sonido alguno, sus ojos parecieran escupir palabras, parecieran decir: ¡Hijo de tu puta madre, ni siquiera hoy pudiste prepararme el desayuno! Enciende la radio y se dirige hacia el refrigerador. Aparece una melodiosa voz femenina que llama la atención de ambos: Las mañanas que no escuchan su silencio y los días que parecen nunca terminar, la ciudad que duerme en mi cama y yo, intentando soñar. Ángela saca algunos insumos y los deposita al lado de la estufa. Sus movimientos son rápidos y precisos y en un par de minutos ha preparado un sandwich de queso panela, jamón de pavo, germen de trigo y rodajas de pepino y jitomate; un licuado preparado con fresas naturales y un plato de papaya con yogurth griego y miel. Mientras lo hace, su cara adquiere un semblante de hartazgo que acompaña con movimientos de su cabeza al compás de la canción. Mira al vacío como si intentase escapar de sí misma. Se sienta en la barra a comer, pero mientras lo hace, escucha como van creciendo, en decibeles, los sonidos que provienen de aquella mesa. Una cuchara que choca contra el plato con cereal, las mandíbulas de Esteban machacando el alimento, un tosido fuerte que se le ha escapado mientras engulle lo que queda de huevo, los dedos de aquel hombre rascándose la cabeza. Comienza a sentir una profunda asfixia, como si este tipo expandiera el volumen de su cuerpo con cada bocado hasta multiplicarse por un millón y dejarla a ella con apenas el oxígeno necesario para subsistir. Comienza a aspirar y a comer más rápido hasta terminar. Se dirige al fregadero y lava todos los artefactos que ha usado. Los deja perfectamente acomodados a un costado. Seca sus manos y se dirige hacia la sala. Regresa con una maleta grande que desplaza fácilmente hacia la puerta que conduce al patio, y de ahí, a la salida. Se detiene y mete su mano en el bolsillo. Saca un juego de llaves y lo deposita en la mesita que está junto a la puerta. Voltea a ver una vez más a Esteban y le dedica una última mirada de rencor. Del otro lado, ninguna respuesta. Ni siquiera atención alguna en lo que ella está haciendo. Abre la puerta y sale caminando despacio. Afuera se encuentra con el concierto de sonidos de la cotidianidad, que interpreta acordes profusos y exaltados. Una desconcertante angustia se aloja en su estómago. Intenta caminar sin éxito. Una tormenta se le desborda por los ojos durante algunos minutos. Retira los restos de humedad de su cara y decide, finalmente, partir.

TERCER ACTO

Esteban sigue absorto, mientras come. Toda la escena que ha montado Ángela ha sido como un zumbido lejano que apenas alcanza a percibir. Mientras la mujer preparaba su desayuno, ha sacado su teléfono para activar una aplicación que permite reconocer una canción mientras suena. Le ha fascinado aquella voz melancólica y derrotada que apareció en la radio. Su aparato le indica que ha reconocido la canción y, luego de darle un vistazo, bloquea su celular y lo acomoda a un costado suyo. Una vez que ha escuchado a la mujer cerrar el portón de la entrada, activa el dispositivo y reproduce la melodía nuevamente. Sólo le queda el plato de melón, cuyos trozos engulle masticando poco y lento. La euforia que sintió al sentarse a la mesa, cuando terminó de preparar el desayuno, se ha esfumado. Siente una pesadez indescriptible en su cabeza. Está exhausto de sentir. Experimenta un conato de enojo que se desvanece muy pronto. No le queda ánimo ni siquiera para eso. La canción se aproxima al final: Las bocinas que no tienen paciencia, los motores que no dejan de andar, mis oídos sangran lágrimas en silencio y mi mente nunca para de gritar, please make silence, make silence. Engulle el último bocado y siente cómo se atora en su garganta. Tose profusamente sin conseguir que se mueva aquel bocado. El aire se le acaba rápido y, al mismo tiempo que piensa en hacer algo, un letargo lo invade. No le queda fuerza para emprender esta última batalla. Su campo visual se va oscureciendo y cae al suelo. Algunos pocos movimientos aún se asoman por su cuerpo, hasta  extinguirse. El mundo entero se ha detenido a observarlo sin emitir sonido alguno. Esteban yace tranquilo y silencioso.

Resurrección

Abro los ojos súbitamente y me descubro con las rodillas aproximándose a mi cara, y los brazos envolviendo mis piernas, mientras una punzada bajo el ombligo me exige abandonar este territorio de los sueños en el que estaba hace apenas unos segundos.

Toda mi concentración está puesta en este latido punzante que busco pulverizar apretando duro el abdomen y las piernas. En este estado aletargado y doliente en el que me encuentro por ahora no puedo completar un solo pensamiento.

De un instante a otro, el dolor se ha convertido en una urgencia, en una prisa que me levanta de la cama mientras voy golpeando cosas, y me deposita en el inodoro. Todos mis pecados son arrastrados al sur de mi cuerpo en un caudal que parece interminable y que al mismo tiempo me libera un poco -¡Lo que me faltaba, tener diarrea justo ahora!- pienso mientras descubro en el primer trozo de papel un poco de esa habitual sangre que anticipa unos días infernales. -¡Mierda, ahí vamos de nuevo!- murmuro ya enojada, al tiempo que descubro que aquella punzada sigue intacta y constante en mi abdomen.

Termino la limpieza de rigor y busco rápidamente aquel grial que recién compré, guiada por las insistentes recomendaciones de mis amigas. -Verás que es lo más cómodo del mundo, ni se siente y además hasta ecológica es- me dijeron una y otra vez, hasta que decidí hacerles caso. Lo introduzco lentamente y subo mi ropa interior. Aún tengo sueño y ni siquiera sé qué hora es.

Camino hacia la habitación y siento como la punzada se sincroniza con mis pasos y cómo el dolor me recorre de punta a punta. Llego a la cama y observo el despertador. Son las 4 y media y aún podría dormir un par de horas más antes de tener que levantarme para ir a trabajar. Me meto rápido bajo las sábanas, pero conforme lo hago voy sintiendo como soy vulnerada por esos hilos que en este instante parecen cuchillos, o peor aún, agujas que danzan vigorosas sobre mi cuerpo. No soporto ni siquiera mi piel y quisiera arrancarla de un sólo tirón.

Más tarde llamaré para reportarme enferma, sin duda. No puedo soportar ni mis ideas. Total, en la oficina pueden sobrevivir sin mí un día. Aunque, pensándolo bien, hoy tenía que entregar ese reporte de resultados a mi jefe para que lo pudiera estudiar para la reunión de pasado mañana ¿Y si no entiende los puntos a resaltar? Creo que no puedo darme el lujo de ausentarme hoy. Tengo que dormir un poco más entonces, para poder estar fresca.

Apenas cierro los ojos y siento como ese flujo de plasma, glóbulos blancos, rojos y plaquetas avanza desbocado e intenta huir de mi cuerpo, llevándose consigo lo poco que me queda de fuerza. Siento también cómo, a su paso, el caudal va llevándose cachitos de mí, como si me fuera desmoronando por dentro en forma silenciosa y lenta.

Me coloco en la orilla de la cama y enciendo mi celular ¿Cómo se llamaba aquella página de consulta de medicamentos? ¡Ah, claro, Vademecum! Reviso minuciosamente las opciones y sigo sintiendo los embates cada vez más potentes del dolor en mi vientre. Es un poco como si yo fuera en este momento dos seres habitando el mismo espacio: ese cuerpo doliente que yace vencido y sin esperanza, y esta mente veloz que busca desesperada una pócima que logre redimir mi sufrimiento ¡Ya está! Este medicamento tiene paracetamol, cafeína y pirilamina. Creo que lo tengo en la cocina. Con eso será suficiente para transitar este martirio.

Tomo la pastilla con un poco de agua y me recuesto nuevamente, navegando aún entre el dolor. Me concentro un poco en mis punzadas, con la esperanza de que disminuyan su cadencia pronto. Es curioso porque, mientras voy contándolas, siento como si el torrente me estuviera limpiando también. Como si cada golpe seco que llega a mis ovarios los liberara de a poquito. Además que el dolor me va haciendo consciente de mis órganos, aunque suene extraño. Los puedo sentir ahí, vibrantes, palpitando al compás de esta aparente tortura. Comienzo a pensar que incluso es una señal inequívoca de que estoy viva, de que soy un ser fecundo, pero no porque pueda tener hijos, sino porque en mí habita esa posibilidad de destruirme y resurgir de mis cenizas en forma cíclica. Viéndolo bien, ya no me siento tan adolorida. De hecho, he dejado de sentir mi cuerpo desde hace rato. Incluso mis ideas son más pausadas y distantes.

Abro los ojos súbitamente y me descubro con las rodillas aproximándose a mi cara, y los brazos envolviendo mis piernas, mientras un océano de calma y silencio me rodean. Soy consciente otra vez de mi dolor, pero ahora, por alguna razón, sé que se irá extinguiendo inexorablemente hasta que nos volvamos a encontrar, la próxima ocasión. suena el despertador y me dirijo al baño, con la ilusión de que la ducha termine de purificar mi cuerpo.

Fatale pour la femme

Hoy ha sido un día difícil en la oficina. Mi jefe estuvo todo el día detrás de mí para que terminara los reportes de cierre de mes. Tal parece que el hecho de que yo sea mujer le incomoda, porque suele pedirme antes que a nadie las entregas. No importa, ya estoy acostumbrada. Por eso siempre programo desde antes los avances que reportaré y así cumplo sin desgastarme demasiado. Al llegar a casa observo al sillón de la sala que me invita en forma seductora para que lo invada, pero no me puedo dar ese lujo ahorita. Son casi las nueve. Ariel, mi esposo, está por llegar a casa y seguramente vendrá hambriento. Cuando no cena al llegar de la oficina se pone de un humor terrible y, sinceramente, no quiero dificultades en este momento. Me quito la ropa de oficina casi en automático y olvido ponerme la pijama, porque sólo puedo pensar en lo que prepararé para cenar. Abro el refrigerador y aunque siempre está lleno, he olvidado comprar su jamón favorito y seguro que me pedirá que le prepare su sándwich especial. En ese instante recuerdo que hay un supermercado, no muy lejos, que abre hasta tarde. Podría ponerme unos jeans y una playera para salir cómoda pero esa voz interna que siempre me escolta, y que suena demasiado a mi mamá, me dice que una mujer debe cuidar siempre su imagen y que sería terrible ir vestida así. Me dirijo rápidamente hacia el armario y veo aquel vestido gris que me regaló Ariel hace un mes. –No es la ocasión ideal para estrenarlo, pero es fácil de poner- pienso mientras, simultáneamente, lo deslizo por mi cuerpo. Estoy lista. Me dirijo hacia la entrada de mi departamento y tomo mi bolsa y las llaves de la camioneta. Aunque siento que mi cuerpo se podría desmoronar en cualquier momento por este cansancio tan profundo que siento, una fuerza dentro de mí emerge y me lleva, casi por inercia, al vehículo.

Mientras conduzco voy pensando en lo mucho que disfrutaría con hacer una pausa en mi vida. Un par de días en los que no tuviera que hacer nada para nadie. Dos días en los que ni siquiera me acuerde de mi nombre. Me acabo de percatar que, mientras lo pienso, aparece de nueva cuenta esa estúpida sonrisa falsa que pongo cuando me siento estresada. Cada vez que lo hago recuerdo perfectamente a mis padres diciéndome que, ante la adversidad, lo mejor que puede hacer una mujer es sonreír, porque si una sonríe, conquista al mundo y los problemas desaparecen. Sonaba tan fácil cuando era niña, aunque muy pronto me di cuenta que eso en nada cura al alma.

Ya en la tienda me dirijo directamente al área de salchichonería para comprar el jamón de Ariel. Conforme avanzo siento que cada vez hay más miradas sobre mí ¿Será que este vestido es horrible? O tal vez olvidé retocar mi maquillaje en el camino. Muy pronto me doy cuenta que en realidad las miradas son casi todas masculinas. Comienza a crecer una sensación angustiante en mi estómago. No me gusta ser el foco de atención. Procuro cuidar mi cuerpo, pero eso no le da derecho a nadie de observarme así. Tomo algunas cosas de los estantes, más por escapar de las miradas que por necesitarlas. Apresuro el paso y llego a la fila, que es un poco larga, para pedir el jamón y salir huyendo. Tal vez si no hago contacto visual con ninguno de estos hombres terminarán por perder el interés y voltearán a otro lado.

Ahí está nuevamente la sonrisita estúpida, intentando salvar la situación. A veces quisiera tener un poder mágico y que esta mueca me hiciera invisible. Suena el mensajero de mi celular. Seguramente es mi marido, que está enojado porque no me vio en casa.

-¿Dónde estás?

En el super, amor, comprando tu jamón

para prepararte una deliciosa cena

 

Pero por qué carajos no tomaste previsiones

y lo compraste antes ¡Muero de hambre!

 

Lo siento, seré más cuidadosa con eso. Ya casi me toca pedir

y en 15 minutos máximo estoy en casa.

 

Ya ni traigas nada, ahorita veo

que compro para cenar

 

No amor, te juro que en

15 minutos estoy de regreso

 

Mmmjh…

 

Guardo el celular y me doy cuenta que sólo falta una persona por atender antes de mí. Suspiro involuntariamente y ahí, de nueva cuenta, como carcelero, como marca tatuada a mi rostro, está la sonrisa que me persigue y me atormente con su falsa tranquilidad. Ahora que lo pienso, hace mucho que no me recuerdo sin ella. Supongo que una se acostumbra a vivir estresada todo el tiempo y la sonrisa es una especie de pararrayos, de campo de protección que me protege hasta de mí misma. No he terminado de pensar esto cuando el dependiente me pregunta por mi pedido. También tiene una sonrisita estúpida, pero supongo que, en su caso, es más bien una muestra de que el amigo bajo sus pantalones está de lo más divertido mientras él me observa. Hago el contacto visual necesario para pedirle el jamón de Ariel y giro la vista al carrito. Me acabo de percatar que tomé un salero y una toalla de manos. Una carcajada, ahora sí sincera aunque irónica, resuena en mi cabeza ¡Pero en qué estabas pensando, Michelle! me digo reprendiéndome, aunque en el fondo la voz suena nuevamente a mi mamá. Acabo de recordar que, ya que estoy en el departamento de salchichonería, podría pedir ese salami que me gustó la otra vez. Suena el mensajero de mi celular de nueva cuenta. Observo la pantalla y veo 15 mensajes de Ariel. Siento un vacío profundo en el abdomen y una sensación de calor que se expande por mi cuerpo.

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¿En dónde estás?

¡Carajo, respóndeme!

Ignoro el celular y volteo a ver al dependiente, que viene con mi pedido -¿Algo más, señorita?-, –Nada, gracias-, contesto y salgo de ahí hacia ninguna parte. Siento la cabeza aturdida y un miedo que está a punto de paralizarme. Se me dificulta respirar y cierro los ojos para concentrarme. Inhalo fuerte y sostengo el aire. Suelto lentamente y vuelvo a sentir mi cuerpo. No puedo llegar ahorita a casa y lidiar con la ira de Ariel y menos con la mía. En este momento sería capaz de inundarlo de insultos e incluso de irme de casa. Por alguna razón, siempre que llego a ese punto un miedo me detiene y comienzo a pensar en escenarios catastróficos. Sentir ese miedo me hace enojarme nuevamente y de ahí al estrés y de nuevo a la sonrisa absurda y falaz.

Cambio de pasillo y tomo, casi en automático, un pan que veo en el estante más cercano. No puedo vivir así toda mi vida. Intento buscar respuestas en mi mente, pero los pensamientos fluyen demasiado rápido y se contraponen unos con otros. Entre la maraña de ideas, emerge una imagen algo vieja. Un recuerdo que pensaba que había perdido. Estoy sentada en la cochera, tocando la guitarra, mientras garabateo cosas en una libreta. Seguramente no tendría más de 13 años, pero ya soñaba con escribir canciones y viajar por el mundo para descubrir nuevos sonidos. Esa imagen al fin ha logrado tranquilizarme ¿en qué momento se escurrieron esos sueños?

Me percato que, mientras paseo por ese maravilloso país de los recuerdos y los planes inacabados, le he estado dando vueltas al mismo empaque de pan. Volteo ligeramente a mi derecha y veo que un tipo está demasiado cerca de mí. He perdido rápidamente esta ausencia de angustia y vuelvo a esa interminable danza que arquea mis labios y me hace sonreír de manera forzada. No sé si moverme o dejar que tome un paquete y se vaya. Aproxima su mano a la mía y una fuerza dentro de mí hace que tire mi paquete al carrito y salga rápidamente hacia la caja.

Busco la fila más corta. Me asomo de nueva cuenta hacia el celular y veo que la cuenta de mensajes subió a 30. Se me nubla la vista un poco y siento otra vez el nudo en el estómago. Volteo a mi alrededor para distraerme y veo a lo lejos al tipo del pan. Me está mirando. Bajo la cabeza. Volteo de nueva cuenta pero él ya no me mira. Quizás se sintió intimidado y descubierto al ver que lo observaba. En el fondo me parece que no me miraba con tanto morbo como los demás, pero no puedo confiarme de nadie. Afortunadamente está en una fila muy lejana. Pago mis cosas y apresuro el paso hacia la camioneta. La enciendo y no puedo evitar ver nuevamente el mensajero. Mientras avanzo lentamente me doy cuenta que son ahora 45 mensajes, y el último de ellos dice que ni se me ocurra engañarlo con alguien o me mata. El enojo emerge volcánicamente de mí, desbocado. No pienso soportar más humillaciones ni insultos, ni desconfianza, ni nada. Es tanta la rabia que se apodera de mi cuerpo que acelero sin darme cuenta. Acabo de notar, sin embargo, que ahí está de nueva cuenta la sonrisa, constante, inquebrantable, diciéndome que no podré escaparme de ella, que el miedo volverá a dar golpe de Estado y que nada en el fondo cambiará.

Siento un golpe seco y levanto la cabeza. Veo un proyectil humano alejarse y caer. Me bajo de la camioneta en automático y reconozco el rostro de aquel tipo que me observaba hace unos minutos. De pronto, un océano se me desborda de los ojos y va purificando mi cuerpo conforme lo recorre, en dirección al sur. Este torrente glorioso ha sido capaz de derrotar a la sonrisa y asesinarla de una vez por todas. No sé qué pasará a partir de ahora pero, de pronto, me siento muy ligera. Seco mis lágrimas, hasta donde el caudal me lo permite, suspiro muy fuerte… y luego, todo.

 

Femme Fatale

Hoy ha sido un día difícil en la oficina. Mi jefe estuvo todo el día detrás de mí para que terminara los reportes de cierre de mes. La jornada parecía no acabar jamás y el tiempo se escurría lentamente, como gotero que va marcando el compás de una muerte que, aunque cierta, se va apareciendo de a poquito. Al llegar a casa me recuesto en el viejo sillón de la sala y enciendo el televisor casi por inercia. Comienzo a navegar entre programas y anuncios sin que algo atrape mi atención. Un ligero temblor emerge de mi estómago y comienza a crecer con fuerza. Recuerdo que no he probado alimento desde las dos de la tarde y me levanto con desgano para preparar cualquier cosa. Abro el refrigerador y ante mí aparece una solitaria cebolla que, ante tan desolador escenario, seguramente ha considerado el suicidio desde hace días. Esto de estar atrapado entre informes me ha hecho olvidar los asuntos básicos de supervivencia. Me dirijo hacia la entrada de mi departamento, me pongo de nueva cuenta el saco y tomo mi cartera y las llaves. Un profundo bostezo amenaza con boicotear esta emocionante travesía en busca de alimento, pero el hambre es más fuerte y más cabrona.

Ya en la calle me llevo la primera decepción, pues la tienda más cercana está cerrada. Recuerdo que a unas cinco calles está el supermercado ese, medio mamón, que abre las 24 horas y, resignado, me dirijo hacia allá. En mi trayecto, voy cantando en mi mente una de esas canciones de moda que suenan en la radio y de la cual sólo recuerdo el estribillo. Últimamente hasta he perdido el buen gusto musical y pongo cualquier cosa que me distraiga.

Llego al supermercado y tomo uno de sus carritos sofisticados. Apenas entro y recuerdo por qué odio este lugar, con sus productos orgánicos y sus vinos caros y sus quesos de nombres impronunciables. Me dirijo directamente al área de salchichonería para comprar un poco de jamón de cerdo. Nada de pechuguitas de pavo o de productos de soya, o de cualquier cosa que no suene a animal muerto. Al llegar al departamento correspondiente, descubro con tristeza que la fila es larga, a pesar de la hora y aguardo con desgano. Busco nuevamente aquella melodía pegajosa de hace rato, pero mi mente está demasiado agotada como para recordarla. Observo el piso laminado del lugar, que comienza a mostrar algunas grietas pequeñas. Me parece demasiado para este lugar pretencioso ¿Qué opinarían los clientes si fijaran un poco su mirada en el suelo? Sigo con los ojos la secuencia de separaciones y de pronto detengo el avance. Acabo de descubrir, a unos cinco lugares de mí en la fila, un par de tobillos desnudos, enfundados en esos zapatos de tacón que desafiarían cualquier dictamen estructural. Comienzo a elevar la trayectoria de mi cabeza y descubro un par de piernas espectaculares. La exploración me conduce ahora hacia un vestido gris claro que se ciñe perfecto a un cuerpo voluptuoso que desentona con el lugar. En ella no hay nada de “light” ni de “gluten free“. El cuerpo de esta diosa es vasto y dibuja una topografía digna de exploración. Avanzo el último tramo en mi viaje ocular y descubro un rostro simétrico y facciones delicadas que acompañan a ese par de ojos azules que le dan sentido a este cuadro.

Me he quedado observándola por tanto tiempo que ya no recuerdo si era mi turno para avanzar en la fila. Rápidamente un dedo amenazante toca mi espalda y me avisa que debo moverme. Dirijo nuevamente la mirada hacia mi objetivo buscando saber si lo que he visto es real y en mi camino descubro, divertido, las reacciones de todos los hombres del lugar. Algunos se fijan discretamente en la muchacha, temerosos de ser descubiertos por la mirada fulminante de sus esposas, mientas que otros abiertamente le dirigen expresiones lascivas. Mis ojos llegan nuevamente a ella, que mantiene una ligera sonrisa en su rostro y la mirada rígida, puesta al frente. Es como si se percatara perfectamente de lo ocurrido y se negara a concederle a estos caballeros el placer de hacerles ver interés alguno. Al mismo tiempo, observa y desmenuza los objetos que yacen en su carrito, como si quisiera comunicarle al mundo que sus únicas preocupaciones en este instante son contar los productos que lleva y hacer un repaso mental de la lista de pendientes. La fila avanza nuevamente y ahora es el turno de la chica para hacer su pedido. Posa su mirada en el dependiente solo los segundos necesarios para indicarle lo que llevará y luego baja la mirada. El empleado escucha hipnotizado el pedido y aguarda unos instantes más, en espera de un poco de su atención. Ninguna respuesta de parte de la mujer. El hombre se da la vuelta, resignado, toma un paquete que acomoda en una maquina y comienza a rebanar. Fijo mi atención nuevamente en la mujer, que sigue con la mirada abajo, distraída, y casi podría afirmar que sus pezones se acaban de endurecer un poco mientras mastica lentamente la escena. Percibo cómo se acelera un poco su respiración. Puedo jurar que tiene un millón de ojos que le permiten ver esta danza de machos alrededor suyo. No puedo dejar de sentirme irremediablemente atraído hacia esta fémina de poderes sobrehumanos. El empleado interrumpe nuevamente la escena y le entrega un paquete a nuestra diosa. -¿Algo más, señorita?- le pregunta esperanzado. -Nada, muchas gracias- responde la chica mientras en pago le deja un ligero arqueo de los labios, que bien podría interpretarse como una sonrisa tímida. La veo alejarse, caminar derecho hasta perderse en los pasillos. Aguardo impaciente mi turno, hasta que cinco minutos después puedo continuar mi camino. Tal vez si busco una mayonesa tendré una última oportunidad.

Avanzo rápidamente, mientras esquivo a personas distraídas que observan con rigor excesivo los productos y a los audaces conductores que se atraviesan sin avisar. Llego al área de mayonesas y doy una rápida inspección. Nada de la chica voluptuosa a la redonda. Suspiro decepcionado y me dirijo al estante. De pronto, una fuerza extraña me hace girar a la derecha y ahí la veo dar vuelta y entrar a este pasillo nuestro, a éste que puede ser el territorio común que necesitamos para comenzar a escribir una historia. Nos separan unos 50 pasos. Giro el carrito en dirección a este venturoso destino que me aguarda a la distancia, enfundado en un trozo de tela gris que, tarde o temprano, tendrá que caer para abrirme ante sí ese territorio virgen que anhela ser conquistado. Avanzo hasta quedar a un metro de distancia y finjo elegir la misma marca de pan que la del paquete que ella ahora observa, en búsqueda de una fecha de caducidad. Volteo rápido a verla, en un intento por que se percate de mí, que se dé cuenta que ahora es el foco de mis miradas. Ninguna respuesta. Sólo esa sonrisa permanente que anuncia que no habrá capitulación alguna en esa misión suya de ser inalcanzable. Desesperado, intento aproximarme un poco más para derrotar a esta distancia que es cada vez más insoportable. Permanece inmóvil, mientras acaricia aquel paquete que parece no darle la respuesta que busca. Sólo quedan unos cuantos centímetros para alcanzarla. Debo ser cuidadoso con mi avance. Aproximo mi mano al pan más cercano a ella y, justo cuando estoy por alcanzarlo, su cuerpo se desplaza en dirección contraria. Arroja el suyo al  carrito y sigue su marcha.

¡Estuve tan cerca!

Me quedo inmóvil unos minutos, repasando la escena. Tomo aire y decido ir por un poco de queso y emprender mi camino a casa. Me resulta imposible asimilar tanta cercanía y distancia con aquella mujer. Cinco minutos después estoy en la fila para pagar, que al igual que las otras 15 dispuestas a ambos lados de la mía, luce totalmente llena. Repaso lo ocurrido y me río un poco al descubrir lo patético de mi persecución. Lanzo miradas aleatorias a las otras filas para verla por última vez, pero no hay suerte. Hago un último intento y encuentro, como a 20 metros de distancia, a la mujer voluptuosa esperando turno. Desmenuzo su cuerpo, su cabello crespo, su sonrisa fingida, su respiración que sigue agitada. Decido dedicar los últimos segundos a esa mirada distante y me encuentro con que sus ojos miran los míos, al fin, durante unos instantes. El corazón se me desboca y golpea fuerte mi pecho. Me falta la respiración. No puedo dejar de verla y, por una breve eternidad, parezco encontrar refugio en ese océano de su mirada. Un instante más tarde, deja caer los párpados y comienza a abrir su cartera. Nunca más volverá a fijarse en mi rostro. O al menos eso pienso ahora. Una agridulce sensación me invade. Obtuve una pequeña victoria, pero en mi cabeza no deja de sonar aquella vieja canción “Mujer que no tendré” de Pedro Guerra.

Sigo mi camino y le entrego al cajero un billete medio doblado que emerge de mi cartera. Tomo la bolsa con mis cosas y me apresuro hacia la salida. No puedo evitar pensar una y otra vez en esos ojos que han encontrado a los míos hace unos minutos. Comienzo a construir, a partir de esa mirada, los más irreales e hilarantes escenarios: imagino a esta mujer recostada en mi pecho mientras me cuenta de su vida, imagino sus pechos tibios danzando al ritmo de nuestros más desenfrenados impulsos, imagino sus labios húmedos aterrizando en mi boca mientras declaran golpe de Estado a mi mente. Las posibilidades son infinitas y me conducen a una realidad tan distante a la mía que ni siquiera reparo en el hecho de que acabo de abandonar la banqueta y he avanzado media calle. Me mantengo sumergido en mis ensoñaciones hasta que siento un golpe seco y el crujir de algunos de mis huesos. El tiempo se ha vuelto irremediablemente lento y puedo percibir una de esas camionetas enormes que acelera e invade cada centímetro de mi espacio vital. Tras el volante puedo ver de nueva cuenta esa sonrisa perfecta esculpida en piedra, mientras sus ojos azules observan en el celular una conversación que seguramente es muy divertida porque no le permite mirar al frente a tiempo, ni quitar la sonrisa. Mientras el vehículo se va deteniendo ligeramente al contacto con mi cuerpo, floto en dirección contraria y alcanzo a percibir su mirada, inundada de pánico, y acompañada siempre por esa sonrisa infinita. Aterrizo unos metros más adelante y a mi caída la acompaña un nuevo crujir de huesos, mientras mi cabeza interpreta un remate doble sobre el piso. Miro a la distancia cómo la mujer baja del vehículo y luego todo se vuelve difuso. Un poco de ruido blanco invade mi oído y después un silbido que me enloquece. Aparece por última vez el recuerdo de su mirada abrazando la mía… y luego, nada.