Cicatriz y memoria

Quizá sea demasiado seguir las ideas platónicas. Pensar en objetos puros, en ideas inmaculadas que viven en el plano perfecto donde no existen las fisuras ni las manchas. El pulso oriental que recorre occidente roba algunas frases maltrechas, desgastadas, y nos pueden hacer creer que hay felicidad en la cicatriz, como una especie de memoria que se escribe en la piel de los objetos (que debería ser inmaculada). Un doblez, una rotura, una ausencia pueden (sí) contar muchas cosas, pero también están narrando la pérdida de un elemento, la invencible muerte, el dolor y la nada.

Anuncios

Demasiado ruido

Cuando se abre el ascensor ya no hay nada más. Cielo negro y aire frío. Se puede brincar al piso inferior, arriesgando todo. O se puede contemplar la oscuridad al final, allá abajo. La puerta adelante del ascensor permanece abierta apenas 5 minutos, brillando ligeramente en los bordes. Sería imposible saber que es real, pero hay un frío que la rodea. Hay que cerrar los ojos y dejarse llevar. Si has llegado tan lejos ya habrás firmado el testamento, la liberación de responsabilidad, habrás repartido tus libros. Algunos están seguros que detrás de la puerta hay un nuevo comienzo. Para otros no hay nada más, y ahí está su esperanza.

Libros cerrados, con celofán y cintas de colores

Un libro no abierto, una promesa de lectura.

Encontrar un libro entre sus pares, un ejemplar generalmente voluminoso, de presencia sólida, de páginas limpias.

La tipografía debe ser ejemplar. El espacio entre los párrafos, el vacío de los márgenes, la pulcritud de un dibujo formado por sus glifos.

Sin ilustraciones, por favor. Sin la fotografía del autor, sin ex-libris que presuman una genealogía de mercado.

La portada en colores sobrios, apagados. Una pintura al óleo, un dibujo al carboncillo y nada más.

Un inicio que arrebate, una zambullida con zapatos puestos. Un largo recorrido que canse y obligue a la pausa que no llega. Un final que colme de melancolía todos los miércoles del año. Los días que ya fueron, el porvenir.

Un libro de poemas

Un libro de poemas sobre el tiempo que se agota.

Un libro de poemas sobre la ciudad y sus rincones, sus horas muertas.

Un libro de poemas sobre los cómics desparramados encima de los párpados.

Un libro de poemas sobre un dibujo interminable, que lo abarca todo.

Un libro de poemas sobre otro libro que no podrás leer, jamás.

Un libro de poemas sobre aquello que recuerdas de forma repentina antes de morir.

Un libro de poemas sobre el recuerdo de un sueño, algo que aferras en la primera vigilia, pronto arrancado de tu corazón por el ruido de los autos que pasan.

Un libro de poemas sobre los pronósticos del futuro, escritos hace siete décadas.

Un libro de poemas sobre los trabajadores de grandes almacenes, repartidores just-in-time, pizzas saliendo del horno directo a las manos de los clientes.

Un libro de poemas sobre los lápices caídos en las alcantarillas sin haber sido utilizados.

Un libro de poemas sobre antiguas revistas de moda que envejecen el rostro de sus modelos frágiles, adolescentes. Los dobleces y las grietas del papel como un espejo lejano de su piel actual.

Los cangrejos caminan sobre la isla

El terror a la tecnología, a la procreación y a la muerte.

Anatoly Dneprov escribió un relato basado en un experimento fallido que involucra militares, islas desiertas, reproducción en masa de artefactos semi-conscientes. Poco más de veinte páginas y un par de personajes. Tres, si contamos a los autómatas, que forman en realidad una sola conciencia. Después del experimento del Dr. Frankenstain y del Dr. Jekyll, ¿qué nos podemos esperar?

La ciencia ficción está plagada de este fuera-de-control, de autómatas (o sus creadores) que olvidan las tres leyes de la robótica, de espirales de la muerte. Un científico cuyo genio no percibe las obvias, inevitables consecuencias.

Pero, uno se pregunta, ¿y si el experimento fuera un éxito?

Nunca hay sol en los libros que recuerdo

Es un mal cuento haber crecido leyendo sobre las estepas rusas, sobre los largos inviernos que se extienden como un manto impoluto, y ver a tu alrededor el desierto que va rondando como una hiena la región donde habitas. El sol se levanta temprano. Límpido, redondo y puro. Es calor y es luz, es el renacimiento del mundo y una hoguera. Las ventanas de delgadas cortinas se encienden, los colores se avivan y parece que resurge el poder de un dios antiguo. La noche, con su oscuridad y su aire tímido se han olvidado. Quizá todo fue un sueño, la imaginación de un duende bajo una gruta profunda. En el mundo real no hay más que luz, un viento ardiente y un solitario árbol abajo, al final de la calle.

Escribo en el sótano de una oficina, con un rayo de sol cayendo sobre el piso. El clima artificial del lugar, con su aire frío y seco, me provocan un súbito cambio de aliento al entrar, tras haber caminado cincuenta metros hasta la tienda más cercana. A mi lado, tengo una botella de agua saborizada, también fría. Afuera, más de 30 grados centígrados, un sol atroz que aplasta a los hombres, las sombras deben ser los residuos que vamos dejando, una materia secundaria que gotea de los cuerpos sólidos por tanta luz.

 

 

Atanor: ese territorio para los comienzos

Todo comenzó tarde, como las cosas buenas de mi vida. En el principio, existieron las ganas de un grupo de adolescentes por contarse historias, ideas y proyectos. Existió también una mesa desde la cual imaginamos eso. Luego de muchos años, esos relatos y esa mesa terminaron por convertirse en un nuevo sueño llamado Atanor.

Su territorio, conformado por 337 posts, 909 comentarios, 135,755 visitantes, incontables imágenes, una novela on line inconclusa, una santa patrona, 10 blogs hermanos, 4 posts pendientes de publicación y un número infinito de posibles posts futuros, un par de colegas tránsfugas y dos residentes definitivos, por lo dicho y lo no dicho (Foucault dixit), ha sido cobijo de mis desvelos y chispazos creativos desde entonces.

Atanor también es depositario de un sinnumero de comienzos en mi vida: mi primer intento de ciberescritura, el primer “foro” relativamente abarrotado donde he mostrado mi poesía de adolescencia, mi primer confesionario público, el territorio en el que intermitentemente va creciendo mi intento de novela llamado “con olor a pasto”, el sitio que vio nacer mis burocuentos…

Ha sido, para decirlo en forma breve, mi patria virtual durante los últimos cuatro años. Desde aquí, los dos habitantes de este blog hemos derrotado demonios que antaño nos quitaban el sueño, nos hemos divertido y burlado del mundo y de nosotros mismos, hemos discutido y desmenuzado al universo para luego reconstruirlo y dejarlo intacto, nos hemos vuelto cómplices y también críticos de lo que el otro hace. En el trayecto, afortunadamente, hemos escapado de la trascendencia literaria, quizás porque nunca la pretendimos seriamente.

Ahora, es momento que Atanor sea fuente de nuevos principios: tal vez el comienzo de algunos finales (parafraseando a mi cantante favorito), tal vez la madre de nuevas rutas, tal vez tierra fértil para nuevos sueños… en todo caso, me gustaría que Atanor se convirtiera en el muelle al que inevitable e infinitamente se regresa antes de partir de nuevo.

Atanor, un blog, un proyecto

La escritura es un juego malvado que toma a dos sujetos desprevenidos, por más que intenten fingir lo contrario.

Por una parte, tenemos a quien juega a ser escritor, un tipo con vocación de diccionario, de abuelo parlanchín que espera que sus nietos aguarden un minuto quietos para asombrarlos con cantos de dragones. Pero la literatura sucede cuando el sujeto toma una ducha, o está en el mercado comprando vegetales. Algo se rompe, como una presa inacabada que ve llegar los días de tormenta, y entonces el escritor no encuentra a mano una hoja de papel donde volcar sus amados demonios.

El lector es una especie aún más incomprendida, alguien a quien le llega la literatura, la de verdad, a mitad de un recorrido en autobús, cuando una frase rota escuchada al pasar lo sorprende, o cuando un compañero de asiento abre un libro y uno tiene que llegar a su destino sin haber adivinado el nombre del autor o del volumen que hipnotiza a este hombre que pasa las hojas con una lentitud que asombraría al mismísmo Cronos.

Hace algunos años intentamos un experimento que no por repetido nos estaba vedado: abrir un blog. El objetivo, como suele serlo en los hombres que aman las letras, era al mismo tiempo sencillo y grandioso. Queríamos una voz que se multiplicara en este espacio virtual, queríamos la ubicuidad que proporcionan estas máquinas que hemos creado para el horror, el amor y el asombro. Queríamos escribir y escribirnos, una especie de correspondencia pausada, con personajes irreales. Pero ante todo, buscábamos entonces y ahora, lo que ya habíamos realizado en los primeros años: una mesa compartida entre amigos, donde poder leernos mutuamente aquellos párrafos maravillosos que hemos buscado desde el primer día.

¿Que hemos logrado? ¿Es Atanor una fragua ruidosa donde los dioses caprichosos construyen poesía a través de nuestras manos? ¿O es una humilde bitácora donde dos amigos escriben para deleite y sopor de sus atribulados lectores? Más lejos de lo primero, creo yo, no podríamos estar, pero confío en que existe alguna frase dichosa que fue gozo para quien pasó por ella. El resto es un experimento feliz y me doy por servido.

Consejo atanoreano

Etiquetas

,

Estimados miembros de Atanor:

Por medio del presente post queremos hacer de su conocimiento que el blog que ustedes tienen bajo encomienda cumplió 4 años este mes de septiembre y hasta la fecha no se ha presentado ni un informe de resultados o un balance de lo hecho hasta ahora y de los asuntos pendientes de mayor importancia. Para solventar esta grave irregularidad les solicitamos que en un plazo no mayor a 20 días naturales presente cada uno de ustedes un reporte, en un mínimo de un post por integrante, sobre lo logrado en Atanor, los asuntos por cumplimentar así como sobre cualquier proyecto o dirección futura que pretendan para este blog. Es preciso señalar que  cada uno de ustedes puede abordar uno o más de estos temas por post, siempre y cuando todos los asuntos queden solventados luego de la serie de escritos que hayan decidido para cumplir con este reequerimiento. Sin más por el momento, les enviamos un cordial saludo, esperando recibir noticias de ustedes.

EL CONSEJO ATANOREANO

Sobre la selección de un nuevo libro

A todas luces, la industria editorial está da capa caída. Incapaz de adaptarse a este brave new world, va dando traspiés y causando lástima. No obstante, se empecina en viejos modelos como las Ferias del Libro, donde distribuidores y posibles lectores se miran con recelo desde la línea que los separa.

El próximo mes se lleva a cabo en mi ciudad uno de estos ajetreos, y pienso zambullirme en su anacronismo y llevarme un par de ejemplares. ¿Cómo elegir, si ya tengo poco espacio en mi librero y menos dinero en mis bolsillos?

Tengo una idea fija en mi cabeza: Comprar dos libros, incluyendo una novela de Murakami. Pero eso deja un espacio libre, una vacante para otro autor, para otra historia.