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CON OLOR A PASTO VIII

marzo 26, 2009

Recién cumplidos los dieciocho, Ana empezó a soñar con cielos aderezados de colores. Cielos azules inmensos que incrementaban esa sensación de completud, de océanos que se desbordan y lo cubren todo; incluso la desesperanza. Esos azules incorruptibles que anunciaban la llegada de las grandes aventuras a su vida. Cielos grises que le recordaban el momento en que la primera gota de tormenta besa la tierra y luego ese ligero olor a humedad casi tan parecido al de la primera taza de café por las mañanas. Ese gris de impaciencia mientras se escuchaba al cielo advirtiendo diluvios que parecían no llegar. Cielos rojos de añoranza que narraban el final de los días. Particularmente los rojos le recordaban una época lejana y confusa en su mente. Más bien era una sensación de haber estado en otro lado antes. Rodeada de azules esperanza y grises impaciencia, pero sin pertenecerle como ahora. Ella había sido más bien de árboles y ramas secas. De conjuros. Pero también de una profunda tristeza ante lo inconcluso. ¿Su desesperanza ante lo incompleto era la misma ahora que entonces? 

Empezó a desarrollar un profundo interés por la magia y la brujería. Era como si buscara las líneas ocultas del relato que los cielos rojos le negaban en los sueños. Buscó cuanto libro pudo sobre rituales wiccan y similares. Le obsesionaba tanto que incluso comenzó a escribir su primer relato sobre una muchacha celta, habitante de la Escocia de principios de milenio, que tiene una extraña facilidad para comunicarse con las fuerzas de la naturaleza, lo que la mantiene en un constante conflicto. Ella no quiere tener esos poderes porque la alejan de lo común, de lo conocido. Al mismo tiempo le maravilla la simpleza con que las cosas comunican sus ideas y sentimientos. Odia lo complicado. 

La muchacha practica brujería en un bosque junto con su hermana menor y tiene una alucinación sobre un hombre que le dice que la está esperando. Al despertar del trance, su hermana le cuenta que ha visto lo mismo. Ambas regresan a su casa.

Ella no logra dormir durante días debido esa sensación extraña y no puede ver a su hermana a los ojos. Su hermana decide, después de un tiempo, emprender un viaje largo para curar su corazón, según le cuenta al despedirse. La muchacha siente que algo se le ha muerto con la partida de su hermana. Quisiera haber sido esa pequeña aventurera que no sabe si volverá a ver. La bruja se parece a Ana. La muchacha también reniega de lo complicado, aunque ama profundamente la complejidad. Por eso disfruta que en sus historias los múltiples detalles se aglutinen armónicamente, como canciones. Cada idea en su mente es una nota musical en búsqueda de tocar a otras, de recorrerlas suavemente y fundirse en una cópula monumental. Sólo le preocupa no descubrir el nombre de la muchacha celta ni de su hermana.

Recién cumplidos los dieciocho, Ana empezó a soñar con cielos aderezados de colores. Cielos azules inmensos que incrementaban esa sensación de completud, de océanos que se desbordan y lo cubren todo; incluso la desesperanza. Esos azules incorruptibles que anunciaban la llegada de las grandes aventuras a su vida. Cielos grises que le recordaban el momento en que la primera gota de tormenta besa la tierra y luego ese ligero olor a humedad casi tan parecido al de la primera taza de café por las mañanas. Ese gris de impaciencia mientras se escuchaba al cielo advirtiendo diluvios que parecían no llegar. Cielos rojos de añoranza que narraban el final de los días.

Particularmente los rojos le recordaban una época lejana y confusa en su mente. Más bien era una sensación de haber estado en otro lado antes. Rodeada de azules esperanza y grises impaciencia, pero sin pertenecerle como ahora. Ella había sido más bien de árboles y ramas secas. De conjuros. Pero también de una profunda tristeza ante lo inconcluso. ¿Su desesperanza ante lo incompleto era la misma ahora que entonces?

Empezó a desarrollar un profundo interés por la magia y la brujería. Era como si buscara las líneas ocultas del relato que los cielos rojos le negaban en los sueños. Buscó cuanto libro pudo sobre rituales wiccan y similares. Le obsesionaba tanto que incluso comenzó a escribir su primer relato sobre una muchacha celta, habitante de la Escocia de principios de milenio, que tiene una extraña facilidad para comunicarse con las fuerzas de la naturaleza, lo que la mantiene en un constante conflicto. Ella no quiere tener esos poderes porque la alejan de lo común, de lo conocido. Al mismo tiempo le maravilla la simpleza con que las cosas comunican sus ideas y sentimientos. Odia lo complicado.

La muchacha practica brujería en un bosque junto con su hermana menor y tiene una alucinación sobre un hombre que le dice que la está esperando. Al despertar del trance, su hermana le cuenta que ha visto lo mismo. Ambas regresan a su casa.

Ella no logra dormir durante días debido esa sensación extraña y no puede ver a su hermana a los ojos. Su hermana decide, después de un tiempo, emprender un viaje largo para curar su corazón, según le cuenta al despedirse. La muchacha siente que algo se le ha muerto con la partida de su hermana. Quisiera haber sido esa pequeña aventurera que no sabe si volverá a ver. La bruja se parece a Ana. La muchacha también reniega de lo complicado, aunque ama profundamente la complejidad. Por eso disfruta que en sus historias los múltiples detalles se aglutinen armónicamente, como canciones. Cada idea en su mente es una nota musical en búsqueda de tocar a otras, de recorrerlas suavemente y fundirse en una cópula monumental. Sólo le preocupa no descubrir el nombre de la muchacha celta ni de su hermana.

Después de un buen número de noches estériles, Ana no pudo escribir más. La historia parecía ocultársele insistentemente. Sin embargo, eso no parecía desesperarle. Confiaba plenamente en que el resto de la historia y de los personajes fluirían naturalmente hasta llegar a esas líneas que le narraban sus cielos azules. Decidió dejar el relato por un tiempo.

Una semana después, mientras caminaba rumbo a la librería vio pasar a un tipo alto que leía interesado un libro de poesía mientras esperaba el camión. Ella se acercó movida por una fuerza que escapaba a su entendimiento. No sabía qué decir, a pesar de estar acercándose cada vez más a este extraño. Sintió de nuevo esa hinchazón en los pulmones y claramente notó la ausencia de sonidos que se desprendía de todo lo que los rodeaba. Tragó saliva lentamente y lo abordó. -E s e l i b r o e s m u y b u e n o- dijo con mucho esfuerzo.

Pasaron 1527 milésimas de segundo antes de que el muchacho levantara la cabeza y la mirara. Cerró el libro y con paciencia paternal la observó y sonrió. -Te invito una taza de café y lo comentamos- le dijo. El mar despertó furibundo y atacó a esta arena apacible e indefensa que lo esperaba desde hace tanto. Todo se volvió música de agua y sal. Ana movió la cabeza afirmativamente y sonrió. Descubrió que él era un aspirante a escritor que renegaba del mundo. Era ese guerrero que ella había estado esperando. Durante los siguientes meses no existió en su mundo nada que no fuera él. Se llamaba Oleaje. Al menos así había decidido llamarle ella.

Ana y Oleaje pasaban muchas horas juntos en aquel café de la primera vez. Discutían sobre Literatura, Historia y Política. Los debates eran tan intensos que en varias ocasiones llegaron a interesar a los presentes, quienes se sentaban alrededor de la pareja para seguir los argumentos y contra argumentos que inundaban el ambiente. En una ocasión, Oleaje se desesperó tanto que empezó a gritarle a Ana, quien respondió de igual forma. Ambos callaron y los espectadores contuvieron el aliento ante ese par de miradas iracundas, a punto de explotar. Ana sonrió sensualmente y Oleaje se abalanzó sobre ella para besarla. Se abrazaron y no pronunciaron más palabras. Los presentes horrorizados volvieron a sus lugares. Los amantes enlazaron sus miradas desnudas por primera vez, pagaron lo consumido y salieron rápidamente.

Una extraña prisa los consumía. Esa sensación de aglomeración que tanto había sentido Ana parecía por fin encontrar salida. Entraron a un cuarto de hotel y lo que ahí sucedió pudo haber sido escrito en volúmenes épicos. No hubo más propiedad de los cuerpos. Cada centímetro de piel fue descubierto y conquistado. Bajo el aliento de Oleaje la floresta dormida de Ana reverdeció infinitamente. Al final, la muchacha sintió como todo alrededor desaparecía. Una luz profunda la cubrió y tras de ella, apareció el nombre tan anhelado: Tanwen. -Te amo, Ana- dijo Oleaje. -Tanwen, me llamo Tanwen- respondió la muchacha. -¿De que hablas?- cuestionó el muchacho. -Es un nombre que había estado buscando por mucho tiempo y lo acabo de descubrir. A partir de hoy me llamo Tanwen-. -Pues te amo, Tanwen-. Los cuerpos y las almas se recostaron un instante para sentir su respiración entrecortada.

2 comentarios leave one →
  1. abril 14, 2009 12:42 pm

    Un capítulo colorido y ruidoso. El aroma de la tierra mojada, en mi percepción, no se parece a nada más en el mundo.

  2. Edgar Sandoval Gutiérrez permalink*
    abril 14, 2009 1:51 pm

    colorido y ruidoso… mmhh espero eso no sea pariente de lo confuso, jajaja… tienes toda la razón, el olor de la tierra mojada no se parece a nada… por eso escribí que casi se parece el de la taza de café… es el olor más cercano que conozco, pero tal vez es por el tipo de recuerdos a los que vinculo ambas cosas.

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