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Lugares para comprar libros

febrero 17, 2011

1. Sobre la calle de Guillermo Purcell (el inglés que construyó una linda casa de pisos de madera a escasos metros de la Catedral de la ciudad, hace ya más de cien años), frente a una escuela de educación secundaria, un hombre ha montado una librería de viejo. Los ejemplares se elevan hasta lo alto de las estanterías que estorban el centro de una pequeña habitación, rodeada con mesas y mesas repletas de libros y algunas revistas antiguas. El hombre, que aparenta tener cerca de setenta años desde hace más de una década sin envejecer ni un poco, te deja estar durante veinte minutos recorriendo lomo a lomo todos los títulos, sin dirigirte la palabra, sin forzar una venta, sin mirarte siquiera. Es de agradecer. Los vendedores de mercadillo que atosigan a los marchantes son odiosos y distraen tu atención de lo único que te importa: encontrar un buen libro para pasar el rato.

Alguna vez compré: Treasure Island, de Robert Louis Stevenson.

2. No muy lejos de allí, una vieja casona del siglo XIX convertida en museo, cafetería y sabe dios cuántas cosas más, alberga una pequeña librería subvencionada por el gobierno central. A la par que ostentosos libros de 30×50 centímetros (de esos que sirven más para impresionar a las visitas que los observan en la mesa del bien iluminado loft) se encuentran económicas ediciones de bolsillo de literatura indígena y publicaciones de prestigiosas universidades también centrales. En el ambiente late una melodía de cierto grupo de jazz, y también encuentras, a la par que libros, otras expresiones culturales para llevar: discos, revistas, souvenirs.

Alguna vez compré: Historia Eclesiástica Indiana, de Fray Gerónimo de Mendieta.

2 comentarios leave one →
  1. Rodrigo permalink
    febrero 25, 2011 2:13 pm

    Mi estimado, me agrado este tema y coincidentemente, en gran parte, debido a que apenas hace un par de semanas, buscando el libro “El Necronomicon”, tan solo para poder darme una idea de que trata…pues resulta que por estas tierras potosinas, uno encuentra de pronto varios lugares donde vende libros usados

    Lo anecdotico esta en que, a diferencia del agrado visual de los lugares que comentas en tu nota, en algunos de estos lugares aca, hay veces que hasta el nombre del lugar va formando un extraño ambiente

    1. Suelen ponerles: libreria de libros (usados, pero esta palabra o no se distingue o no esta)…

    2. Hay gran variedad de libros usados que en ellas se pueden encontrar, desde libros de secundaria y otros escolares, hasta novelas clasicas e incluso alguna que otra rareza. Sin embargo, hay que ser paciente, ya que a veces, el acomodo de los mismo es simplemente el amontonamiento en alguna mesa o estante, literalmente, hay que echarse un clavado.

    3. Quienes atienden, algunas ocasiones cuando uno pregunta por algun titulo o area en especifica…la respuesta puede ser: “no sabria, si gusta buscarlo entre los que hay” (si uno anda con algo de tiempo disponible, se aligera la frustracion, sino, simplemente es dar una mirada estilo “flash”)

    Mas alla de todo lo ocurrido, es que asi es como por leyes de atraccion uno de pronto encuentra material diverso para alimentar la mente y como bien dices, al meno yo en eso coincido, la lectura a veces depende del animo, el tiempo o condiciones del lugar de lectura, asi como de los pendientes y actualidades de temas que uno quiere tomar
    Saludos

  2. febrero 26, 2011 1:38 am

    Rodrigo: Esta entrada pudo ir en mi otro blog, pero como no tenía apoyo fotográfico, la dejé por aquí. Por otra parte, te ha salido más un artículo con vida propia que un comentario, y eso es de agradecer.

    Mencionas un aspecto que me ha resultado muy cercano: yo hablo de vendedores que no venden, tu hablas de vendedores que no saben vender. Y tienes razón. Muchos dependientes de estos locales no tienen más noticia sobre su mercancía. Igual sería que tuvieran muebles viejos, un bazar, una tienda de discos. No saben qué elementos componen su mercancía.

    Eso me produce una imagen ficticia: imagino un hombre que coloca un puesto de libros usados. Tiene un catálogo que actualiza con esmero. Pasan los días y apenas alguien entra, menos aún compran. Nadie pide jamás el catálogo. El hombre olvida su lista de mercancías, luego da en olvidar el propósito del local. Al final, con apenas memoria de sí mismo, sale a la calle sin cerrar la puerta. Jamás se le vuelve a ver.

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