Amelia me espera en aquel café de la esquina. Nos conocimos hace tres días en una fiesta y, tras varias horas de coqueteo, acordamos vernos hoy para comer algo y luego irnos a un hotel.

Al llegar al lugar la encuentro sentada en una mesa junto a la barra. Bebe lentamente un capuchino mientras fija en el suelo su mirada distraída. La sensual estampa que acaba de regalarme ha detonado una explosión de calor en mi estómago. Estoy ansioso por llegar al hotel y recorrer ese misterioso territorio de su piel. Lleva puesta una falda a cuadros que deja ver sus rodillas ¡Adoro observar sus rodillas de forma clandestina, sin que imagine siquiera lo que pienso hacer con ellas!

Ordeno en la barra un café y una rebanada de pastel para compartir. Me aproximo a la mesa sigilosamente para no sacarla de su trance y poderla ver un poco más así, infranqueable. Me siento y unos segundos después intuye mi presencia. Levanta la cara y nos vemos fijamente pero no cruzamos palabra alguna. Así lo hemos convenido desde el principio.

Unos minutos después el mesero deposita en la mesa nuestro pedido y empezamos a comer mientras recorremos nuestros cuerpos con la mirada. Lleva la taza a su boca. Una gota se le escapa de los labios, aterriza en su pierna y se resbala hasta la rodilla, casi tan rápido como lo que ha tardado en recorrer con su dedo el mismo camino en dirección contraria para rescatar esa humedad prófuga que ahora se introduce en su boca. Un cosquilleo en todo el cuerpo acaba de asaltarme. Mis labios están secos y tomo un sorbo. Mi corazón amenza con fugarse del pecho si esto continúa. Ella mantiene intacta su concentración en mis ojos y en el bocado que acaba de dar.

De pronto, Amelia gira un poco su cuerpo y cruza la pierna. Su rodilla se ha flexionado aun más y se ve enorme y apetecible. Estoy tan excitado que ni siquiera puedo disimularlo. Amelia entiende la señal y deja de comer. Se para y me señala con los ojos la salida.

Voy a la barra y saco unos billetes de forma torpe y apresurada. El empleado me mira dos segundos y sonríe como si hubiera visto muchas veces esta escena. Alcanzo a Amelia en la puerta y caminamos rápido hacia el hotel. Al salir del elevador nos espera la habitación 315. Cierro la puerta y nos despojamos atropelladamente de la ropa. Mientras nos besamos, dirigmos nuestros cuerpos hacia la cama. Sus rodillas rozan a las mías constantemente. Mi respiración se desboca e inunda la suya. Ella no imagina aún de donde proviene tanta excitación, pero se suma gustosa a este huracán que forman nuestros cuerpos.

La siento al pie de la cama y empiezo a mordisquear sus rodillas -ella me observa sorprendida pero no me interrumpe-, mientras con mis dedos masajeo la parte posterior. Su expresión de sorpresa comienza de pronto a transformarse y sus glóbos oculares se elevan sin remedio. Los gemidos se le agolpan en la boca y escapan presurosos. Ha dejado de tener control de su cuerpo, que danza al ritmo de mis dedos. Acelero un poco y ella sólo alcanza a tomar mi cabeza con sus manos y echarse un poco para atrás. La melodía que ahora me regala resuena en toda la habitación y, de pronto, sus cantos alcanzan tesituras hasta ahora desconocidas por mí. Acelero más y parece que el tiempo se ha detenido. Estoy tan concentrado en su rodilla que incluso he dejado de escuchar a Amelia.

Súbitamente siento que su mano golpea mi hombro. Levanto la cara, y aunque observo su rostro enrojecido y una sonrisa grande, su mirada es inquisidora. Pareciera estarme diciendo: ¡Carajo Manuel, a que hora me piensas coger!

Me aproximo a su cuerpo y hacemos el amor. Al final de la batalla nos recostamos abrazados en posición fetal, agotados. No alcanzo a descifrar lo que está sintiendo, pero igual es probable que no la vuelva a ver. La abrazo por detrás mientras cobijo sus maravillosas rodillas con mis manos. Suspiro profundo y la observo flexionar sus piernas mientras duerme. A veces me preocupa que esto sea una obsesión.

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