Inés despertó algo malhumorada, aturdida por el bullicio de la mañana y por el estruendoso despertador. Abandonó su cama, cobijada por una mezcla de sensaciones encontradas, entre la angustiosa punzada que la urgía a ir al baño y las infinitas ganas de permanecer acostada diez minutos más.

Si bien la prisa se desvaneció en cuanto aterrizó en la taza, no fue suficiente para disminuir su mal humor. Se dirigió al lavabo y comenzó a lavar sus manos mientras se observaba, furibunda y cansada, ante aquel espejo. Estuvo a punto de gritar pero se contuvo, aunque se le escapó una idea entre gruñidos: ¡Este virus tiene mi vida colapsada!

Tomó el cepillo de dientes y comenzó a frotarlo fuerte en su boca. Recordó, aún iracunda, un tiempo no tan lejano en el que podía salir a caminar por las mañanas, antes de comenzar la rutina cotidiana, y que, tras su paso, podía percibir el olor de las flores y sentir aquel frío de la mañana que le inundaba el pecho.

No tenía que angustiarse, como ahora, con ese maldito trozo de tela que, cual prisionero escurridizo, se le cae constantemente hasta el borde del labio superior y debe ir vigilando y reacomodando a cada paso. Su atención, en aquel tiempo que cada vez lucía más lejano en su memoria, estaba completamente centrada en la belleza del entorno, que se le mostraba todos los días, novedosa y fresca.

También añoraba esa posibilidad, siempre latente, de poder tocar a las personas. Sobre todo extrañaba a los amigos, poder intercambiar abrazos y jugueteos durante las reuniones en que festejaban a alguno de ellos; o esas charlas interminables sobre lo que iban descubriendo del mundo, y la certeza de saber que, aunque la alegría de los encuentros terminaría, más temprano que tarde se volverían a encontrar en otro espacio.

Eso último le pesaba en extremo. La distancia con respecto al mundo, que se le había impuesto sin posibilidad alguna de desacato. Los muros de aquella casa en la que ahora habitaba casi todo el día, le resultaban enormes e infranqueables ahora y, poco a poco, la iban asfixiando conforme avanzaban los días.

Comenzó a preguntar a su familia, desde semanas atrás, si sabían algo sobre un posible final del confinamiento, pero siempre recibía miradas de angustia y desilusión, que se acompañaban de un escueto: falta poco.

No es que antes de toda esta locura fuera libre por completo, pero sí añoraba esa facilidad con que podía avanzar por la vida sin necesidad de cuidar cada movimiento o de perder tiempo valioso con las medidas de higiene.

Aunque se sentía impotente, conforme fue repasando estos recuerdos e ideas se tranquilizó, pero todavía experimentaba algo de desesperanza y frustración. Regresó, de súbito, al momento presente. Casi había terminado de lavar los dientes y debía apurarse para desayunar.

Seleccionó un atuendo sencillo y fácil de poner. Total, cada vez le importaba menos lo que opinaran sobre su apariencia aquellos rostros detrás de la pantalla que le acompañaban en las labores durante la semana. Sólo le importaba un poco no lucir muy despeinada, así es que se esmeró en desenmarañar el cabello y mojarlo un ligeramente. Lo ató con una liga y torció un poco con las manos aquella cola resultante.

Vertió un poco de perfume sobre su cuerpo y se detuvo nuevamente frente al espejo. Casi no podía reconocerse ya. El encierro había vuelto más duro su rostro. No recordaba haber esbozado una sonrisa en estos meses. Observaba, más bien, una profunda tristeza que se había enraizado en sus pupilas. Extrañaba el optimismo espontáneo con que encaraba los días hasta hace no tanto tiempo.

Suspiró derrotada, pero con un dejo de resignación. Dedicó una última mirada a aquella silueta taciturna y se preparó para lo inevitable. Ni bien había avanzado dos pasos, escuchó aquella voz maternal, que había sido su remanso en este infierno, decirle: ¡Inés, ya ven a desayunar que vas a conectarte tarde a tu clase!

La niña siguió su paso, lento pero firme, mientras contestaba: ¡Ya voy, mamá, ya terminé de arreglarme!

Llegó a la mesa, aún sin muchas ganas, y se sentó a engullir aquel huevo revuelto que la esperaba, humeante. Su mamá le acarició una mejilla y le hizo un guiño. De pronto, la esperanza se había posado nuevamente sobre aquella chiquilla. Masticó con prisa, pero durante los siguientes minutos se sintió segura, envuelta en los mimos de aquella mujer.

Limpió su boca y se levantó rumbo al escritorio en el que, tras la pantalla, le esperaban inquietos los comparsas de esta fatídica representación escolar. Suspiró fuerte, al tiempo en que se preguntaba si era la única de su clase que tenía estos sentimientos. Giró la mirada al frente y saludó a la comitiva.